Premios
1948
Es galardonado con el Premio de la "Fiesta del Romance" de Medina del Campo.
1950
Obtiene el Premio "Adonais", por el libro Dama de soledad, firmado por Juana García Noreña. Aunque José García Nieto nunca lo reconoció como suyo, se sospecha no obstante que su autor, según las iniciales del nombre y apellidos de la ganadora, es el propio García Nieto.
Su obra dramática en verso Daño y buen año del hombre es merecedora del Premio de la "Vendimia Jerezana".
El libro está dividido en tres partes; un total de treinta y ocho composiciones, de las cuales, la mitad exactamente son sonetos.
Lleva por lema dos versos de Shelley que le dan título:
"This isle and house are mine, and I have vowed / Thee to be lady of solitude."
Los pájaros descienden al tejado
de mi casa vacía. Llueve. Choca
la lluvia con las cosas. Y en mi boca,
la sed, la sed del manantial cegado.
¡Quién fuera este temblor, este cuidado
del agua persistente en cada roca,
que convierte en frescura cuanto toca
y en el erial hace nacer el prado!
O llorar, o llorar hasta que mojen
mis lágrimas las piedras o los pechos
que un olvido mortal endureciera.
Pero, solos, mis pájaros se acogen
al más abandonado de los techos
porque alguien llueve y no soy yo siquiera.
Su obra dramática en verso Daño y buen año del hombre es merecedora del Premio de la "Vendimia Jerezana".
Dama de Soledad
El libro está dividido en tres partes; un total de treinta y ocho composiciones, de las cuales, la mitad exactamente son sonetos.
Lleva por lema dos versos de Shelley que le dan título:
"This isle and house are mine, and I have vowed / Thee to be lady of solitude."
Pájaros bajo la lluvia
Los pájaros descienden al tejado
de mi casa vacía. Llueve. Choca
la lluvia con las cosas. Y en mi boca,
la sed, la sed del manantial cegado.
¡Quién fuera este temblor, este cuidado
del agua persistente en cada roca,
que convierte en frescura cuanto toca
y en el erial hace nacer el prado!
O llorar, o llorar hasta que mojen
mis lágrimas las piedras o los pechos
que un olvido mortal endureciera.
Pero, solos, mis pájaros se acogen
al más abandonado de los techos
porque alguien llueve y no soy yo siquiera.
1951
Se le concede el
Premio Nacional de Literatura "Garcilaso", por su libro Tregua.
No sé por qué esta rama renace en lo perdido
con cada primavera; por qué una muerte tiene
lo más recientemente florecido.
A este hueco del alma ¿no hay verdor que lo llene?
No son ciertas las hojas del árbol de aquel día.
¿Probó la mano fácil aquellos altos ríos?
Nadie tiene memoria del sueño que ponía,
diminuta y suavísima, sobre los ojos míos.
No soy aquél... Acaso me contaron. Recuerdo...
Sí; los pinares hondos, el perro grande, rosas...
No; no era yo. Leían una historia. Me pierdo.
Sólo existe este hombre de hoy entre las cosas.
Sólo existe este trozo de tierra que aún se mueve
y que dice palabras sin cesar y acabando...
Se quedaron los pájaros hundidos en la nieve,
niños, verdes, oscuros, antiguos, esperando...
RECORDAR...Recordar....
Recordar... recordar... Y no es la vida
lo que vuelve; es la muerte la que acosa;
es el frío de amor de cada cosa
ya sin remedio y en la sangre hundida.
¿Por qué a la sombra fue la amanecida,
a la ceniza el fuego de la rosa?
¿cómo no se hizo eterna la afanosa
mano en la fruta fácil y prohibida?
Recordar... recordar... Y no podemos
volver allí; no somos ni seremos
aquella libertad ni aquel abrazo.
¿Por qué no estar en todo todavía
hasta morir como se muere el día
mirando lo que amó en tan breve plazo?
RUEDA BRILLANTE DE LA NOCHE
Rueda brillante de la noche,
timón celeste desde el sueño,
donde la mano de Dios lleva
hombres de tierra hacia sus puertos.
No conocemos nuestro rumbo;
irremediablemente ciegos,
vamos, a tientas, golpeándonos
con los lugares del deseo.
Son los corales del pecado,
las algas -brazos- en el cieno,
y son las islas del olvido
y el arrecife de los besos.
Todo era hermoso en la distancia;
todo es mortal en el encuentro;
quedan arriba, inalcanzados,
fijos en el timón, sus dedos.
Solo está el hombre cuando escucha
su corazón en el silencio
y, ebrio de amor, bajo los astros,
sabe imposible su regreso.
Mis ojos van por estos árboles,
pájaros tristes del otoño,
desalentados, con memoria
de los verdores más remotos.
Dudan, avanzan, se confunden
entre los círculos de oro;
llegan ahora hasta las últimas
galerías del cielo absorto
para caer precipitados
en el camino frío y hondo;
llevan las alas malheridas
por un antiguo, oscuro plomo.
¿Dónde estarán aquellas sedas
de ayer, aquel aire sonoro?
¿la vecindad de aquellos nidos,
su humilde y delicado trono?
Sé que vendrán miradas, aves,
cuando yo sea sombra sólo
y buscarán entre las ramas
la antigua herida de mis ojos.
¿Hacia qué amor irá la noche?
¿Qué luz tendrá la tarde? ¿cómo
caerán entonces en mis techos
las hojas muertas del otoño?
Gracias, Señor, porque estás
todavía en mi palabra;
porque debajo de todos
mis puentes pasan tus aguas.
Piedra te doy, labios duros,
pobre tierra acumulada,
que tus luminosas lenguas
incesantemente aclaran.
Te miro; me miro. Hablo;
te oigo. Busco; me aguardas.
Me vas gastando, gastando.
Con tanto amor me adelgazas
que no siento que a la muerte
me acercas...
Y sueño...
Y pasas...
¡En un lugar cualquiera
de la tierra
muere un día un poeta.
(Se persiguen, volando
por el cielo cansado
del otoño, los pájaros.)
Y ¿qué es el verso?
¿Tiempo
de los hombres? ¿silencio
de las cosas? ¿misterio?
(Cae
la sombra de los árboles.
No la recoge nadie.
Sólo la muerte sabe
que buscan esas aves
por el aire.)
¿Nace un poeta o muere?
¿No serán estas hojas verdes
ahora de oro -siempre?
Premio Nacional de Literatura "Garcilaso", por su libro Tregua.
TREGUA
No sé por qué esta rama renace en lo perdido
con cada primavera; por qué una muerte tiene
lo más recientemente florecido.
A este hueco del alma ¿no hay verdor que lo llene?
No son ciertas las hojas del árbol de aquel día.
¿Probó la mano fácil aquellos altos ríos?
Nadie tiene memoria del sueño que ponía,
diminuta y suavísima, sobre los ojos míos.
No soy aquél... Acaso me contaron. Recuerdo...
Sí; los pinares hondos, el perro grande, rosas...
No; no era yo. Leían una historia. Me pierdo.
Sólo existe este hombre de hoy entre las cosas.
Sólo existe este trozo de tierra que aún se mueve
y que dice palabras sin cesar y acabando...
Se quedaron los pájaros hundidos en la nieve,
niños, verdes, oscuros, antiguos, esperando...
RECORDAR...Recordar....
Recordar... recordar... Y no es la vida
lo que vuelve; es la muerte la que acosa;
es el frío de amor de cada cosa
ya sin remedio y en la sangre hundida.
¿Por qué a la sombra fue la amanecida,
a la ceniza el fuego de la rosa?
¿cómo no se hizo eterna la afanosa
mano en la fruta fácil y prohibida?
Recordar... recordar... Y no podemos
volver allí; no somos ni seremos
aquella libertad ni aquel abrazo.
¿Por qué no estar en todo todavía
hasta morir como se muere el día
mirando lo que amó en tan breve plazo?
RUEDA BRILLANTE DE LA NOCHE
Rueda brillante de la noche,
timón celeste desde el sueño,
donde la mano de Dios lleva
hombres de tierra hacia sus puertos.
No conocemos nuestro rumbo;
irremediablemente ciegos,
vamos, a tientas, golpeándonos
con los lugares del deseo.
Son los corales del pecado,
las algas -brazos- en el cieno,
y son las islas del olvido
y el arrecife de los besos.
Todo era hermoso en la distancia;
todo es mortal en el encuentro;
quedan arriba, inalcanzados,
fijos en el timón, sus dedos.
Solo está el hombre cuando escucha
su corazón en el silencio
y, ebrio de amor, bajo los astros,
sabe imposible su regreso.
Mis ojos van por estos árboles,
pájaros tristes del otoño,
desalentados, con memoria
de los verdores más remotos.
Dudan, avanzan, se confunden
entre los círculos de oro;
llegan ahora hasta las últimas
galerías del cielo absorto
para caer precipitados
en el camino frío y hondo;
llevan las alas malheridas
por un antiguo, oscuro plomo.
¿Dónde estarán aquellas sedas
de ayer, aquel aire sonoro?
¿la vecindad de aquellos nidos,
su humilde y delicado trono?
Sé que vendrán miradas, aves,
cuando yo sea sombra sólo
y buscarán entre las ramas
la antigua herida de mis ojos.
¿Hacia qué amor irá la noche?
¿Qué luz tendrá la tarde? ¿cómo
caerán entonces en mis techos
las hojas muertas del otoño?
Gracias, Señor, porque estás
todavía en mi palabra;
porque debajo de todos
mis puentes pasan tus aguas.
Piedra te doy, labios duros,
pobre tierra acumulada,
que tus luminosas lenguas
incesantemente aclaran.
Te miro; me miro. Hablo;
te oigo. Busco; me aguardas.
Me vas gastando, gastando.
Con tanto amor me adelgazas
que no siento que a la muerte
me acercas...
Y sueño...
Y pasas...
¡En un lugar cualquiera
de la tierra
muere un día un poeta.
(Se persiguen, volando
por el cielo cansado
del otoño, los pájaros.)
Y ¿qué es el verso?
¿Tiempo
de los hombres? ¿silencio
de las cosas? ¿misterio?
(Cae
la sombra de los árboles.
No la recoge nadie.
Sólo la muerte sabe
que buscan esas aves
por el aire.)
¿Nace un poeta o muere?
¿No serán estas hojas verdes
ahora de oro -siempre?
1954
Obtiene el Premio "Tomás Morales" de Canarias, por su "Canto a Hispanoamérica desde el mar de Canarias".
Obtiene también el Primer Premio en el Certamen Hispanoamericano de la Coruña por su poema "Galicia bajo la lluvia" (Canto por Rosalía), recogido más tarde en el libro Geografía es amor.
Obtiene también el Primer Premio en el Certamen Hispanoamericano de la Coruña por su poema "Galicia bajo la lluvia" (Canto por Rosalía), recogido más tarde en el libro Geografía es amor.
1955
La Real Academia Española le otorga el Premio "Fastenrath", por el libro La red.
GEOGRAFÍA ES AMOR
DEDICATORIA
A mi hijo
Esto que tienes ante ti,hijo mío, es España.
No podría decirte –yo no puedo,
al menos con palabras-
cómo es su cuerpo duro,
cómo es su cara trágica,
cómo su azul cintura, extensamente
humedecida y agitada.
Su pecho, recio y de varón, respira
por las altas montañas;
la suave curvatura del regazo,
femenina, se ensancha
hasta la soledad de las arenas
múltiples y doradas;
los brazos de sus ríos acumulan
venas que acercan las gargantas
oscuras o los verdes valles,
arrancando la tierra, acariciándola.
Esto que tienes, que tenemos
ahora mismo, es España.
Es mía porque puedo
celosamente amarla,
tocar su piel y estremecerme,
mirarme en ella fijo, cara a cara,
sentirme antiguo, envejecer con ella,
o nuevo cada día y estrenarla.
Es tuya porque puedo
con pasión entregártela,
porque me la he ganado sin fronteras;
sin tener que acotarla,
la he traído a mi voz cuando he querido,
como a una oveja que paciente aguarda
el silbo del pastor.
No hay quien le ponga
puertas, y yo te invito a traspasarlas.
Mira; aprende a mirar con ella, aprende
a acompañarte de ella, acompañándola.
Tierra de andar y comprobar despacio,
huidiza de tan delgada,
difícilmente bella de tan sobria,
fina y calladamente regalada;
tierra para escuchar como una música,
para no echársela a la espalda.
Cuando puedas, lo digo desde ahora,
lo escribo desde ahora, por si falta
un día en tus oídos
la fe de mi palabra,
cuando puedas, y tengas el pie firme,
y claro el corazón, y abierta el alma,
sal al camino, cíñete la ropa,
hijo mío, y ándala.
El sol se pone para todos. Mira;
ahora lo está ocultando el Guadarrama;
el cielo es como un ópalo, como una
precipitación nacarada;
quedan azules, negras, las tranquilas
honduras de estas navas
que encienden sucesivamente
el racimo esperado de sus casas.
Arriba, las estrellas aparecen
“sin prisas y sin pausas”;
se pierden, numerosos, los senderos
y en la penumbra se unen las montañas.
Gigantesca, se espuma “La Peñota”;
suave, “El Montón de Trigo” se destaca;
afila “Siete Picos” en la sombra
su aguda dentellada;
quiebra “La Maliciosa” bruscamente
su plomiza atalaya,
y allí, en su cascarón de ávida nieve,
se hunde Navacerrada.
Esto que ves, que tienes, que te entrego,
hijo mío, es España.
Digo y escribo, y puede más su nombre
que la mano y la voz. Es como un agua
que desborda este vaso de mi verso
donde quiero encerrarla.
Bebe, hijo mío, bebe; el trago es tuyo,
tuya es la herencia, tuya la privanza.
Sobradamente te dará en los días
su variedad multiplicada.
Tú podrás elegir, como el que hunde
sus manos en el cofre que guardara
un tesoro en el tiempo acumulado,
la joya deseada.
Deja un día a tus ojos que se pierdan
en la redonda vega de Granada;
junto al silencio de sus torres rojas,
oye las fuentes de la Alhambra;
mira Toledo enamorando al Tajo,
el fresco prado hacia la mar cantábrica,
el cielo por los arcos de Segovia,
Ávila en su quietud amurallada,
Sevilla entre jazmines una noche,
Burgos de piedra donde el Cid cabalga,
Cádiz como una nieve mar adentro,
balcón de Tarragona, luz de Málaga,
cúpulas de la nave aragonesa,
orillas de la Huelva aventurada,
minera Asturias con el verde cuello,
Córdoba entre arcangélica y romántica,
Alicante con palmas hacia oriente,
Valladolid con la oración tallada,
coronado León entre los puertos,
Zamora altiva, Huesca pirenáica,
Galicia que la mano de Dios hizo,
rosa sillar nacida en Salamanca,
campos para la flor de Extremadura
donde la encina sin cesar batalla,
Madrid desde el palacio a la pradera,
Barcelona de las Atarazanas,
Valencia de las puertas y los puentes,
Alava señorial, Cuenca encantada,
Bilbao de hierro, Soria junto al frío,
Jaén del olivar, Murcia hortelana,
lejanísimas islas de fortuna,
islas de claridad mediterránea...
¿Ves, hijo mío? El vaso se desborda;
deja a tus labios apurar la gracia.
Esta es mi herencia; puedes hacer uso
de ella y proclamarla.
Lo que te doy en buena hora
que en buena hora lo repartas.
SORIA
(Con el libro de Gerardo Diego)
Soria en la lejanía,
y Soria aquí, Gerardo.
Una por mis recuerdos;
otra por ti, en mis manos.
De tu Soria a la mía,
la de entonces, qué varios
los motivos, los ojos
para mirar, los años...
De tu Soria a la mía,
las de hoy, por qué claros
cuerpos de voz se acerca
lo perdido, lo amado.
Gracias por esta Soria,
por aquélla, por tantos
golpes de sangre niña,
por ti recuperados;
gracias por tanta Soria
contigo de la mano.
TOLEDO, LA ENCARCELADA
Con los ojos cegados de oro
y los pies escondidos en agua,
al balcón, con el sol de la tarde,
sin querer, sin hablar, se asomaba.
La cigüeña, qué quieta en la torre,
y, en lo rojo del monte, las águilas
qué despacio cruzaban el aire...
La ciudad, desde lejos, miraba.
No podía salvar tanto puente,
tanto paso de muerte, entre tanta
noche fría por los cigarrales
donde un día cantó la cigarra.
Sólo el río podía, gozando
los más claros dominios del agua,
perseguir lentamente la rosa
de la madrugada.
1957
1958
El Círculo Catalán de Madrid le otorga el Premio "Englantina", por el poema "Canta el hombre de España".
1959
Obtiene el Premio Hispanidad de Buenos Aires y en ese mismo año el Premio de la Hispanidad de Cádiz.
1962
Es galardonado con el Premio IV Centenario "Lope de Vega".
1963
Obtiene el Premio Internacional de Poesía "Portugal” por el conjunto de su obra.
1966
Recibe el Premio "En honor a San Isidro" (Madrid).
1968
El Ayuntamiento de Barcelona le concede el Premio de Poesía Castellana "Ciudad de Barcelona” por su libro Hablando solo.
Su labor como periodista es reconocida con el Premio "Meliá" de Periodismo.
CINCO HOMENAJES A RUBÉN DARÍO
YA NO TENGO MIEDO
De noche,
algunas noches
hace mucho tiempo,
con miedo dentro de los ojos,
y entre las manos encontradas solas,
y en los labios,
sin la oración de pronto,
sin el beso todavía,
creía ver vacíos gigantes
que avanzaban
y pasaban hundiéndome.
Y estar solo era peor
que temblar bajo la planta
de los que llegaban.
Era hace mucho tiempo;
quiero decir, ayer por la mañana,
no hoy por la tarde
en que, acaso,
se acaba mi jornada de hombre.
Entrar en la tempestad,
en el concierto,
acogerse a sagrado en la mano
del padre, mirar a la cintura
de la madre,
aún esbelta, caminar
daba miedo;
aunque era todo tan hermoso
en la propiedad de los otros
que pretender un pedazo
de actividad, de compañía,
era temeridad o sueño.
¿Con qué,
de qué armas echar mano,
cómo incorporarse a la fila
sin que se notara, escandalosa,
mi bisoña amargura,
mi incapacidad para llegar
a aquella marca mínima,
para tocar
el puesto ambicionado?
Fuera, las arboledas,
aunque sangrantes, pobladas,
florecidas, cerraban celosas
los innumerables caminos
al abridor inerme.
Era mejor quedarse sin entrar;
no pedir, no empezar nunca
a disputar,
a desalmarse amando;
era mejor quedarse allí
donde el vacilante susurro
de una preparada hojarasca,
tendida como cuna,
proporcionaba un poco de música
al tímido desamparado.
Pero ya no tengo miedo.
Aunque he salido, no tengo miedo;
aunque estoy en plena corriente,
con mi balsa medio hundida y brillante
lúcida y desarticulada
por el furor del oleaje,
casi tocando el bajo fondo
de la arena sin nombre,
no tengo miedo,
o no tengo sentido del peligro
- sí, Dios mío, sí tengo -,
o la desesperanza
-¡qué extraño!- me sostiene.
He salido;
había que salir
y darle la cara a esto
que llamamos luz;
había que encontrarse con el día
solemne de los tributarios,
de los procesionales,
y de los disciplinantes.
Y aquí estoy en el centro
con la palabra en los labios
como una flor mordida con descuido,
o como el portor en el trapecio
que sabe que de sus dientes
puede pender la vida
de alguien.
No; no es soberbia;
tú me lo has enseñado,
tú que, humilde o poderoso,
no sé,
has vencido después de tener miedo,
has dado confianza a los hombres
en este destierro inaudito.
No tengo miedo, porque basta
una palabra para andar,
para rezar,
para unirse a Dios
o a los siervos;
una sola palabra pronunciada
con fe
ahuyenta la soledad
en el cuarto oscuro del niño,
en el cuarto oscuro del hombre,
en el cuarto oscuro del mundo.
LOS SONETOS DEL HOMBRE QUE VUELVE LA CABEZA
A PALOMA
Hoy he visto en tus ojos, niña delgada y mía,
la oscuridad primera del amor; en sus fuentes,
una arboleda hundida, con cien ramos crecientes,
alzaba su esperanza dulcemente sombría.
En tus ojos estaba toda la lejanía
de mi niñez. Pasaban por ellos tiempos, gentes,
que tenía olvidados... Hija mía, ¿no sientes
en su noche la estrella que a mí me guió un día?
No; no sigas. Las sendas, cegadas de maleza,
te harán caer. Y quiero detenerte. Y no puedo.
¡Qué poco vale el hombre que vuelve la cabeza!
Pero yo soy el daño, yo mismo la torpeza;
tengo miedo a mi sombra, tengo miedo a mi miedo,
a la herencia en tus ojos de mi propia tristeza.
Su labor como periodista es reconocida con el Premio "Meliá" de Periodismo.
HABLANDO SOLO
CINCO HOMENAJES A RUBÉN DARÍO
YA NO TENGO MIEDO
"Yo, silencioso, en un rincón
tenía miedo"
R.D.
No; ya no tengo miedo.tenía miedo"
R.D.
De noche,
algunas noches
hace mucho tiempo,
con miedo dentro de los ojos,
y entre las manos encontradas solas,
y en los labios,
sin la oración de pronto,
sin el beso todavía,
creía ver vacíos gigantes
que avanzaban
y pasaban hundiéndome.
Y estar solo era peor
que temblar bajo la planta
de los que llegaban.
Era hace mucho tiempo;
quiero decir, ayer por la mañana,
no hoy por la tarde
en que, acaso,
se acaba mi jornada de hombre.
Entrar en la tempestad,
en el concierto,
acogerse a sagrado en la mano
del padre, mirar a la cintura
de la madre,
aún esbelta, caminar
daba miedo;
aunque era todo tan hermoso
en la propiedad de los otros
que pretender un pedazo
de actividad, de compañía,
era temeridad o sueño.
¿Con qué,
de qué armas echar mano,
cómo incorporarse a la fila
sin que se notara, escandalosa,
mi bisoña amargura,
mi incapacidad para llegar
a aquella marca mínima,
para tocar
el puesto ambicionado?
Fuera, las arboledas,
aunque sangrantes, pobladas,
florecidas, cerraban celosas
los innumerables caminos
al abridor inerme.
Era mejor quedarse sin entrar;
no pedir, no empezar nunca
a disputar,
a desalmarse amando;
era mejor quedarse allí
donde el vacilante susurro
de una preparada hojarasca,
tendida como cuna,
proporcionaba un poco de música
al tímido desamparado.
Pero ya no tengo miedo.
Aunque he salido, no tengo miedo;
aunque estoy en plena corriente,
con mi balsa medio hundida y brillante
lúcida y desarticulada
por el furor del oleaje,
casi tocando el bajo fondo
de la arena sin nombre,
no tengo miedo,
o no tengo sentido del peligro
- sí, Dios mío, sí tengo -,
o la desesperanza
-¡qué extraño!- me sostiene.
He salido;
había que salir
y darle la cara a esto
que llamamos luz;
había que encontrarse con el día
solemne de los tributarios,
de los procesionales,
y de los disciplinantes.
Y aquí estoy en el centro
con la palabra en los labios
como una flor mordida con descuido,
o como el portor en el trapecio
que sabe que de sus dientes
puede pender la vida
de alguien.
No; no es soberbia;
tú me lo has enseñado,
tú que, humilde o poderoso,
no sé,
has vencido después de tener miedo,
has dado confianza a los hombres
en este destierro inaudito.
No tengo miedo, porque basta
una palabra para andar,
para rezar,
para unirse a Dios
o a los siervos;
una sola palabra pronunciada
con fe
ahuyenta la soledad
en el cuarto oscuro del niño,
en el cuarto oscuro del hombre,
en el cuarto oscuro del mundo.
LOS SONETOS DEL HOMBRE QUE VUELVE LA CABEZA
A PALOMA
Hoy he visto en tus ojos, niña delgada y mía,
la oscuridad primera del amor; en sus fuentes,
una arboleda hundida, con cien ramos crecientes,
alzaba su esperanza dulcemente sombría.
En tus ojos estaba toda la lejanía
de mi niñez. Pasaban por ellos tiempos, gentes,
que tenía olvidados... Hija mía, ¿no sientes
en su noche la estrella que a mí me guió un día?
No; no sigas. Las sendas, cegadas de maleza,
te harán caer. Y quiero detenerte. Y no puedo.
¡Qué poco vale el hombre que vuelve la cabeza!
Pero yo soy el daño, yo mismo la torpeza;
tengo miedo a mi sombra, tengo miedo a mi miedo,
a la herencia en tus ojos de mi propia tristeza.
1972
La Confederación Española de Cajas de Ahorros le otorga el Premio "Hucha de Oro" por su cuento: Teo y el autocar de las ocho quince.
1973
Obtiene el Premio de Poesía "Juan Boscán”, del Instituto Catalán de Cultura Hispánica, por su libro Súplica por la paz del mundo y otros "collages".
casi por esa mano que sostiene
mi cuerpo en la ladera agotadora.
Mis pies resbalan en la piedra húmeda,
manchada con la sangre de los héroes.
Yo mismo araño el suelo, arranco piedras
y tierra, que ahora caen en mis hermanos.
En la mitad de la montaña hablo,
pidiendo luz que ya no pueden darme
las ventanas, los ojos de los muertos.
Sobre el pretil de una azotea habían
puesto una piedra solimán. A ella
iban llegando todas las hormigas,
y, en probando a comer, caían muertas.
Y, como si enviaran mensajeras
a las que estaban como a media legua
y hasta una alrededor, para invitarlas
al solimán, veíanse caminos
llenos de ellas viniendo al monasterio.
Madre que caes, Ofelia niña, hija,
sombras del caracol, golpes sin música
de la campana hundida; catedrales,
barcos de sal, botellas a la nada,
desolación de las mensajerías,
sé que la voz no os llega, que no sirve
decir los nombres del amor.
¡Valedme!
Devolvedme la fe, la fe en el hombre,
la fe en el lobo, solo en el desierto,
criatura de Dios que acaso miedo
tiene del hombre y mata por el hombre.
Un corro de verdura había; tengo
la mirada en la casa que no existe,
las manos en la fuente que no vuelve,
y si la toco es sangre en las acequias.
No quiero ser el hombre; no, no quiero
ser el brazo que se arme contra el brazo,
el horror que entre horrores se confunda.
No quiero ser el pozo de mi mismo,
la herida de mi mismo desangrándose;
ni quiero desertar del hormiguero
donde toda armonía se destruye,
toda belleza cae, toda estatura
termina ciegamente violentada.
No quiero ser el hombre si he de serlo
fuera del techo de la paz. El hombre
que por matar al hombre se ha creído
inmortal a las puertas de la muerte.
LA SOLEDAD DE UN ROSTRO
de lo que fue hace siglos, mas sin gente.
Como contigo, un alba me rodea;
como a tu lado, oscura está mi frente.
Por otro cuerpo vas, por una idea
que trae su agudo rayo de repente,
y todo lo enriquece y lo verdea
al viento matinal, junto a la fuente.
Voy a tocar el agua, como un ciego
que sigue el muro del ayer, y luego
al ver mi rostro de hoy, hundido y triste,
cierro los ojos sobre el tiempo mío
para dejar tan solo en el vacío
brillar más puro el resplandor que fuiste.
SÚPLICA POR LA PAZ DEL MUNDO Y OTROS "COLLAGES"
VI
Desde el vértigo hablo, abandonadocasi por esa mano que sostiene
mi cuerpo en la ladera agotadora.
Mis pies resbalan en la piedra húmeda,
manchada con la sangre de los héroes.
Yo mismo araño el suelo, arranco piedras
y tierra, que ahora caen en mis hermanos.
En la mitad de la montaña hablo,
pidiendo luz que ya no pueden darme
las ventanas, los ojos de los muertos.
Sobre el pretil de una azotea habían
puesto una piedra solimán. A ella
iban llegando todas las hormigas,
y, en probando a comer, caían muertas.
Y, como si enviaran mensajeras
a las que estaban como a media legua
y hasta una alrededor, para invitarlas
al solimán, veíanse caminos
llenos de ellas viniendo al monasterio.
Madre que caes, Ofelia niña, hija,
sombras del caracol, golpes sin música
de la campana hundida; catedrales,
barcos de sal, botellas a la nada,
desolación de las mensajerías,
sé que la voz no os llega, que no sirve
decir los nombres del amor.
¡Valedme!
Devolvedme la fe, la fe en el hombre,
la fe en el lobo, solo en el desierto,
criatura de Dios que acaso miedo
tiene del hombre y mata por el hombre.
Un corro de verdura había; tengo
la mirada en la casa que no existe,
las manos en la fuente que no vuelve,
y si la toco es sangre en las acequias.
No quiero ser el hombre; no, no quiero
ser el brazo que se arme contra el brazo,
el horror que entre horrores se confunda.
No quiero ser el pozo de mi mismo,
la herida de mi mismo desangrándose;
ni quiero desertar del hormiguero
donde toda armonía se destruye,
toda belleza cae, toda estatura
termina ciegamente violentada.
No quiero ser el hombre si he de serlo
fuera del techo de la paz. El hombre
que por matar al hombre se ha creído
inmortal a las puertas de la muerte.
LA SOLEDAD DE UN ROSTRO
(Con versos de Luis Cernuda)
Todo está igual, aunque una sombra seade lo que fue hace siglos, mas sin gente.
Como contigo, un alba me rodea;
como a tu lado, oscura está mi frente.
Por otro cuerpo vas, por una idea
que trae su agudo rayo de repente,
y todo lo enriquece y lo verdea
al viento matinal, junto a la fuente.
Voy a tocar el agua, como un ciego
que sigue el muro del ayer, y luego
al ver mi rostro de hoy, hundido y triste,
cierro los ojos sobre el tiempo mío
para dejar tan solo en el vacío
brillar más puro el resplandor que fuiste.
1974
El Ayuntamiento de Madrid le otorga el Premio "Francisco de Quevedo" por su libro Sonetos y revelaciones de Madrid.
LA PALOMA EQUIVOCADA
de otra torre venida, desnortada,
de balcón a balcón - tibia nevada -
lenta se esconde, tímida se asoma.
"No todos los caminos van a Roma",
piensa ya la paloma equivocada.
El poeta lo sabe. (¡Casi nada
sabe el poeta ya del daca y toma!).
Pero a la nieve nadie la sujeta;
libre se cree, desde el tejado al plinto,
como si fueran sus caminos diarios.
Y esto no lo sabrá nunca el poeta
ni la paloma ni su laberinto,
sino mi corazón y sus contrarios.
SONETOS A LA ALAMEDA DE OSUNA
Le ha nacido un jardín en la cabeza
a la esfinge silente, arrodillada,
y un concierto de música dorada,
tras de la verja, sin cerrar, empieza.
Golpea otoño aquí. La fortaleza
del llamador no alcanza la posada.
"¡Ah, de la casa...!" Y nadie. No; no hay nada
que despierte a la piedra en su belleza.
Desnuda espalda en la muchacha ungida;
hombros nunca vencidos por la muerte:
labios que han entregado un solo beso...
Tiene nombre quien nunca tuvo vida,
y el agua al repetirlo nos advierte
que eso es la gloria y que el amor es eso.
SONETOS EN EL MUSEO DEL PRADO
EL GRECO
Desde niños nos hemos conocido.
Yo te tenía miedo. Eras la llama
de la muerte, el sarmiento, la retama:
siempre ardiendo de amor, siempre ofrecido.
Había visto a Dios por ti, transido,
hecho hombre por ti; roja la rama
de un árbol infinito, del que ama
muriendo y en la muerte halla sentido.
Hoy que te encuentro aquí, sigues clamando,
mueres para seguir resucitando
y más me dueles cuanto más te admiro.
Ya, de niños, nos vimos en Toledo.
Tú eras el cielo y te tenía miedo,
y hoy tengo miedo al cielo si te miro.
SONETOS Y REVELACIONES DE MADRID
LA PALOMA EQUIVOCADA
A Rafael Alberti.
Norte, sur, este, oeste... Una palomade otra torre venida, desnortada,
de balcón a balcón - tibia nevada -
lenta se esconde, tímida se asoma.
"No todos los caminos van a Roma",
piensa ya la paloma equivocada.
El poeta lo sabe. (¡Casi nada
sabe el poeta ya del daca y toma!).
Pero a la nieve nadie la sujeta;
libre se cree, desde el tejado al plinto,
como si fueran sus caminos diarios.
Y esto no lo sabrá nunca el poeta
ni la paloma ni su laberinto,
sino mi corazón y sus contrarios.
SONETOS A LA ALAMEDA DE OSUNA
Le ha nacido un jardín en la cabeza
a la esfinge silente, arrodillada,
y un concierto de música dorada,
tras de la verja, sin cerrar, empieza.
Golpea otoño aquí. La fortaleza
del llamador no alcanza la posada.
"¡Ah, de la casa...!" Y nadie. No; no hay nada
que despierte a la piedra en su belleza.
Desnuda espalda en la muchacha ungida;
hombros nunca vencidos por la muerte:
labios que han entregado un solo beso...
Tiene nombre quien nunca tuvo vida,
y el agua al repetirlo nos advierte
que eso es la gloria y que el amor es eso.
SONETOS EN EL MUSEO DEL PRADO
EL GRECO
Desde niños nos hemos conocido.
Yo te tenía miedo. Eras la llama
de la muerte, el sarmiento, la retama:
siempre ardiendo de amor, siempre ofrecido.
Había visto a Dios por ti, transido,
hecho hombre por ti; roja la rama
de un árbol infinito, del que ama
muriendo y en la muerte halla sentido.
Hoy que te encuentro aquí, sigues clamando,
mueres para seguir resucitando
y más me dueles cuanto más te admiro.
Ya, de niños, nos vimos en Toledo.
Tú eras el cielo y te tenía miedo,
y hoy tengo miedo al cielo si te miro.
1976
El día 16 de julio el Ministerio de Marina le concede el Premio "Alforjas para la Poesía".
1977
Obtiene el Premio "Alcaraván" de Poesía, con el poema "Visión de Rilke sobre el Tajo”, presentado bajo el lema "Puente de Alcántara", poema en tercetos publicado en la Estafeta Literaria, nº 266, 15 de octubre de 1977, pág. 17.
1978
El Ayuntamiento de Sevilla le concede el
Premio "Ángaro” de Poesía, por su libro Los cristales fingidos.
JUEGOS ALLÁ ABAJO
Está sonando
una guitarra.
Muchachos
y muchachas,
cantando,
la acompañan.
Suben las voces
acordadas,
distintas,
hasta mi ventana.
Ahora son ciertos los cristales
por todo lo que separan.
Su juventud y su música
y mi música callada.
Aparecen las frescas
mejillas rosadas
bajo esta nieve
asomada
a las sienes del hombre
que se resiste a afrontarla
con la cabeza
alta.
Los muchachos hacen una rueda
y cantan.
De pronto la rueda
se para,
y alguien sale del corro
hacia una muchacha
a la que besa
en la cara
como en un rito, como en una
ceremonia sagrada.
No ceden,
no bajan
los ojos de él y de ella;
exaltan
el triunfo
que se alcanza
en los días que ya no vuelven nunca.
Las cartas,
precipitadamente servidas,
marcan
la cifra ciega
de la esperanza.
¿Qué sentirá esa boca
mañana?
Vendrán otras bocas
a besarla,
a hundirse como náufragos
entre la piel dorada.
Ahora sigue sonando
la guitarra
al lado del círculo.
Y nadie la salva,
nadie puede
salvarla
de su música
dramática.
Para el que mira
todo, allí abajo, canta.
Y aquí, en los cristales
ciertos, la mirada
del hombre
se afana
por llegar a la entrada
de la tienda prohibida
y levantada
ante sus ojos.
Todos parece que se aman,
y no lo saben, ni saben
que el solitario habla
desde una torre
alta,
ya casi
derrumbada.
El sabe bien que nadie escucha,
que a nadie importa su palabra.
LOS CRISTALES FINGIDOS
Aquellos lejanísimos cristales
¿se han roto, oh Dios, o se han oscurecido?
Entre sombras camina el que ha perdido
del cielo azul las únicas señales.
Ayer de mis más altas catedrales;
ayer del corazón y su sentido;
ayer de un sueño hermoso y compartido,
con Él siempre asomado a los vitrales,
¿qué fue del hombre, qué de aquel sustento
tan traído y llevado por el viento
con cada día de la primavera....?
¿O nada era verdad? Oscuro, oscuro,
golpeó el ciego impenetrable muro.
No era la luz, pero el cristal sí era.
OTRA VEZ (I)
Otra vez, padre mío , en el recuerdo,
en la desolación del desterrado.
!Qué poco, padre mío, te he llorado!
Voy a pensar en ti... Dudo; me pierdo.
Me cobijo en un bosque sin salida.
¡Gritad, pinos de Soria! Él nos espera
en no sé qué imposible primavera
donde el amor renacerá a la vida.
Renacerá a la vida, a la costumbre.
De tí me llegará la nueva lumbre
que libere al hogar de tanto frío.
Tú no me ves; no estás. Vuelve a nacerme,
vuelve con tu gran mano a adormecerme.
¡Qué poco te he llorado, padre mío!
LOS CRISTALES FINGIDOS II
Escribo, los. Tres letras no son nada,
ni tres reyes, ni tres tabas de hueso,
ni los labios unidos por el beso,
ni los cielos que traen la madrugada.
¿Y esos cristales? Carne atravesada
por la espada de un sol sin voz ni peso.
Memoria del cristal... Decid ¿qué es eso?
Ruinas de una ciudad abandonada.
Abandonada, incierta por fingida.
Fingir, cuidar y sostener a un hombre,
impedirle que vuelva la cabeza,
hacia la vida. Pero ¿qué es la vida?
Los cristales fingidos de mi nombre
que apenas dan a un patio sin belleza.
Premio "Ángaro” de Poesía, por su libro Los cristales fingidos.
LOS CRISTALES FINGIDOS
JUEGOS ALLÁ ABAJO
Está sonando
una guitarra.
Muchachos
y muchachas,
cantando,
la acompañan.
Suben las voces
acordadas,
distintas,
hasta mi ventana.
Ahora son ciertos los cristales
por todo lo que separan.
Su juventud y su música
y mi música callada.
Aparecen las frescas
mejillas rosadas
bajo esta nieve
asomada
a las sienes del hombre
que se resiste a afrontarla
con la cabeza
alta.
Los muchachos hacen una rueda
y cantan.
De pronto la rueda
se para,
y alguien sale del corro
hacia una muchacha
a la que besa
en la cara
como en un rito, como en una
ceremonia sagrada.
No ceden,
no bajan
los ojos de él y de ella;
exaltan
el triunfo
que se alcanza
en los días que ya no vuelven nunca.
Las cartas,
precipitadamente servidas,
marcan
la cifra ciega
de la esperanza.
¿Qué sentirá esa boca
mañana?
Vendrán otras bocas
a besarla,
a hundirse como náufragos
entre la piel dorada.
Ahora sigue sonando
la guitarra
al lado del círculo.
Y nadie la salva,
nadie puede
salvarla
de su música
dramática.
Para el que mira
todo, allí abajo, canta.
Y aquí, en los cristales
ciertos, la mirada
del hombre
se afana
por llegar a la entrada
de la tienda prohibida
y levantada
ante sus ojos.
Todos parece que se aman,
y no lo saben, ni saben
que el solitario habla
desde una torre
alta,
ya casi
derrumbada.
El sabe bien que nadie escucha,
que a nadie importa su palabra.
LOS CRISTALES FINGIDOS
Aquellos lejanísimos cristales
¿se han roto, oh Dios, o se han oscurecido?
Entre sombras camina el que ha perdido
del cielo azul las únicas señales.
Ayer de mis más altas catedrales;
ayer del corazón y su sentido;
ayer de un sueño hermoso y compartido,
con Él siempre asomado a los vitrales,
¿qué fue del hombre, qué de aquel sustento
tan traído y llevado por el viento
con cada día de la primavera....?
¿O nada era verdad? Oscuro, oscuro,
golpeó el ciego impenetrable muro.
No era la luz, pero el cristal sí era.
OTRA VEZ (I)
Otra vez, padre mío , en el recuerdo,
en la desolación del desterrado.
!Qué poco, padre mío, te he llorado!
Voy a pensar en ti... Dudo; me pierdo.
Me cobijo en un bosque sin salida.
¡Gritad, pinos de Soria! Él nos espera
en no sé qué imposible primavera
donde el amor renacerá a la vida.
Renacerá a la vida, a la costumbre.
De tí me llegará la nueva lumbre
que libere al hogar de tanto frío.
Tú no me ves; no estás. Vuelve a nacerme,
vuelve con tu gran mano a adormecerme.
¡Qué poco te he llorado, padre mío!
LOS CRISTALES FINGIDOS II
Escribo, los. Tres letras no son nada,
ni tres reyes, ni tres tabas de hueso,
ni los labios unidos por el beso,
ni los cielos que traen la madrugada.
¿Y esos cristales? Carne atravesada
por la espada de un sol sin voz ni peso.
Memoria del cristal... Decid ¿qué es eso?
Ruinas de una ciudad abandonada.
Abandonada, incierta por fingida.
Fingir, cuidar y sostener a un hombre,
impedirle que vuelva la cabeza,
hacia la vida. Pero ¿qué es la vida?
Los cristales fingidos de mi nombre
que apenas dan a un patio sin belleza.
1979
Se le concede el Premio Internacional de Poesía Religiosa "San Lesmes Abad” (Burgos), por su libro
El arrabal.
Estas manos que tienen aún memoria,
que alojan la pasión y han provocado
un bosque, un fuego, un viento arrebatado
¿qué son sino temblor, cárcel y escoria...?
Una tierra adelantan, una orilla
del arrabal, del terraplén oscuro;
arañan azucenas en un muro
de cal donde se asoma ya la arcilla.
Estas manos que alzaron la belleza,
que hicieron del amor su fortaleza
y eran la eternidad de un tiempo breve,
torpes, y abandonadas, y distantes,
pasan sobre la nieve, como antes,
y ahora saben del frío de la nieve.
y me dijiste: "Mira, este es el hombre".
Me diste la pasión y con su nombre
la posibilidad del alfarero.
Imagen era tuya y semejanza
de Ti mismo. Creé como creaste;
tomé del mismo barro que tomaste
y alcé una criatura a la esperanza.
Hace ya mucho tiempo. ¿Merecía
la pena hacerse dios de cualquier modo
para acabar en estos sueños vanos?
¡Qué hermoso fue crear cuando creía!
En mis manos estuvo el amor todo
y todo se me ha ido de las manos.
Esta muchacha y su hermosura antigua
y su ademán de enamorada calle
que va con las ventanas de sus ojos
hacia los arcos del amor triunfante,
¿de qué lugar del sueño se ha escapado?,
¿de qué reino en que estuve hace un instante?
Hace mil años ya, pero conozco
de su piel encendida las señales.
Pasa con sus navíos por el agua;
abre sus velas; sabe de cien mares:
quieren dejarse hundir por su madera
y hacer brillar cien veces sus metales.
En la penumbra, un arenal sombrío
intenta recordar los cuerpos ágiles.
Aquí estaban un día, pero el viento
borró la oscura huella de la sangre.
La letra se refugia en la costumbre...
¡Adelante los nombres; adelante!
¿Quiénes sois? ¿Dónde estáis, sílabas muertas?
Es memoria falaz la de la carne.
Esos cabellos sueltos, esos brazos,
esos pies que se hunden, leves, graves,
esa pierna que avanza irrepetible,
ese velado pecho inalcanzable,
¿qué tejados tendrán?, ¿qué fina lluvia
harán caer en un pinar sin nadie
donde algún corazón sienta sus pasos
y estremezca los nidos al mojarse?
Señor, Tú eres el agua que ha anegado
los caminos de oro en esta tarde.
Conocían mi huella entre los pinos
que confunde la noche al acercarse.
Tenía la belleza por fortuna;
tenía un cielo azul por hospedaje,
una plaza cuadrada con palomas
y un palomar donde habitaba el aire.
Arriba estabas Tú con la mañana
llena de sol. Tu mano, dulce y grande,
se apoyaba en los hombros de la tierra,
bajaba a mis balcones a tocarme.
Hoy se han oscurecido de repente
los troncos dibujados de los árboles
donde a tientas persigo inútilmente
el testimonio de las iniciales.
No ver. Y no tocar. ¿Y oír? ¿Quién habla?
O ¿quién calla?. El silencio es tu mensaje.
Eres Tú quien escribe lo no escrito,
Tú que jamás repites lo que sabes.
Aledaños de escoria - no escoriales -
la mano, férrea, inevitable, altiva,
llamando en una puerta siempre-viva,
siempre-muerta... ¡Qué cerca las señales
del Dueño que aminora los caudales
de aquél edén con flor que nadie liba,
con agua escasa, y mísera, y cautiva
de los siete pecados capitales!
El arrabal se crece en su estrechura;
toda ciudad y toda criatura
se presentan prohibidas y distantes.
Las banderas, rasgadas por el viento,
no son en las almenas del lamento
ni sombra ya de lo que fueron antes.
El arrabal.
EL ARRABAL
"...Todo se torna graveza
cuando llega al arrabal
de senectud".
Jorge Manrique
ESTAS MANOScuando llega al arrabal
de senectud".
Jorge Manrique
Estas manos que tienen aún memoria,
que alojan la pasión y han provocado
un bosque, un fuego, un viento arrebatado
¿qué son sino temblor, cárcel y escoria...?
Una tierra adelantan, una orilla
del arrabal, del terraplén oscuro;
arañan azucenas en un muro
de cal donde se asoma ya la arcilla.
Estas manos que alzaron la belleza,
que hicieron del amor su fortaleza
y eran la eternidad de un tiempo breve,
torpes, y abandonadas, y distantes,
pasan sobre la nieve, como antes,
y ahora saben del frío de la nieve.
II
En la tarea fuiste Tú el primeroy me dijiste: "Mira, este es el hombre".
Me diste la pasión y con su nombre
la posibilidad del alfarero.
Imagen era tuya y semejanza
de Ti mismo. Creé como creaste;
tomé del mismo barro que tomaste
y alcé una criatura a la esperanza.
Hace ya mucho tiempo. ¿Merecía
la pena hacerse dios de cualquier modo
para acabar en estos sueños vanos?
¡Qué hermoso fue crear cuando creía!
En mis manos estuvo el amor todo
y todo se me ha ido de las manos.
Esta muchacha y su hermosura antigua
y su ademán de enamorada calle
que va con las ventanas de sus ojos
hacia los arcos del amor triunfante,
¿de qué lugar del sueño se ha escapado?,
¿de qué reino en que estuve hace un instante?
Hace mil años ya, pero conozco
de su piel encendida las señales.
Pasa con sus navíos por el agua;
abre sus velas; sabe de cien mares:
quieren dejarse hundir por su madera
y hacer brillar cien veces sus metales.
En la penumbra, un arenal sombrío
intenta recordar los cuerpos ágiles.
Aquí estaban un día, pero el viento
borró la oscura huella de la sangre.
La letra se refugia en la costumbre...
¡Adelante los nombres; adelante!
¿Quiénes sois? ¿Dónde estáis, sílabas muertas?
Es memoria falaz la de la carne.
Esos cabellos sueltos, esos brazos,
esos pies que se hunden, leves, graves,
esa pierna que avanza irrepetible,
ese velado pecho inalcanzable,
¿qué tejados tendrán?, ¿qué fina lluvia
harán caer en un pinar sin nadie
donde algún corazón sienta sus pasos
y estremezca los nidos al mojarse?
Señor, Tú eres el agua que ha anegado
los caminos de oro en esta tarde.
Conocían mi huella entre los pinos
que confunde la noche al acercarse.
Tenía la belleza por fortuna;
tenía un cielo azul por hospedaje,
una plaza cuadrada con palomas
y un palomar donde habitaba el aire.
Arriba estabas Tú con la mañana
llena de sol. Tu mano, dulce y grande,
se apoyaba en los hombros de la tierra,
bajaba a mis balcones a tocarme.
Hoy se han oscurecido de repente
los troncos dibujados de los árboles
donde a tientas persigo inútilmente
el testimonio de las iniciales.
No ver. Y no tocar. ¿Y oír? ¿Quién habla?
O ¿quién calla?. El silencio es tu mensaje.
Eres Tú quien escribe lo no escrito,
Tú que jamás repites lo que sabes.
Aledaños de escoria - no escoriales -
la mano, férrea, inevitable, altiva,
llamando en una puerta siempre-viva,
siempre-muerta... ¡Qué cerca las señales
del Dueño que aminora los caudales
de aquél edén con flor que nadie liba,
con agua escasa, y mísera, y cautiva
de los siete pecados capitales!
El arrabal se crece en su estrechura;
toda ciudad y toda criatura
se presentan prohibidas y distantes.
Las banderas, rasgadas por el viento,
no son en las almenas del lamento
ni sombra ya de lo que fueron antes.
1980
El artículo "Las dos plazas", de José García Nieto, publicado en la Hoja el Lunes de Madrid, el 16 de julio de 1979, obtiene el Premio "Mariano de Cavia” de Periodismo.
1984
1986
El Instituto Hispano-Árabe de Cultura le concede el Premio de Poesía "Ibn Zaydun” por su libro Galiana.
En el amor no vence nadie. El hombre
no vence en el amor. El amor vence
sin nadie, sobre nadie. Es el olvido
quien pisa su coraza luminosa
un día, y luego sombra, y luego nada...
Yo no fui el vencedor. De aquel Toledo
no queda nada ya, ni de aquel niño.
El barro aquél, la tarde aquella, el tiempo
no eran verdad. La niña rubia, arriba,
no era verdad. Y yo soy la leyenda
que permanece en la penumbra, y duda.
Y nadie sabe. Y no existió Galiana,
ni el oro enfrente o la muchacha en brazos
de los balcones. Y la mano escribe
sobre otra mano pálida y distante
que se perdió en la turbiedad del río...
Aquí está aquella Puerta de Bisagra,
y el dintel, y los arcos de herradura,
la fila de troneras, las almenas
donde el azul se vuelve gris y plomo;
el Cristo de la Luz, las califales
cúpulas diferentes; la mezquita
de El Salvador, la piedra y el ladrillo;
las Tornerías y los Baños árabes;
los saledizos rojos de Santiago
del Arrabal, el Cristo de la Vega
y el cementerio musulmán; las aves
negras en el campo de oro del Corral
de Don Diego, sus muros esmerados;
las filigranas de las yeserias
con el nombre de Alá multiplicándose.
Y Galiana, y su ruina, y su memoria...
Pero te busco y tú no estás, Galiana.
Nunca fuiste. Ni yo soy. Ni mi triunfo
sirvió de nada.
Dicen que vencido
fue mi rival, y que tu mano dulce
fue el premio de mi audacia y de mi robo,
y de mi guerra y de mi duelo. Es cierto.
Es cierto: de mi duelo, sí, del duende
que me persigue, de la queja insomne
que corre, peregrina, por el río
y entristece a Toledo y lo rodea.
Eso sí permanece: la escritura
en el oído atento, el alarido
inacabable, prolongado, el fondo
de Dios que el amor tiene, y esas manos
tendidas hacia el agua que extremadas
fueron su gozosa regalía.
A veces la palabra es el silencio,
la maldición, la calma sobre el bosque;
y la huida en el mar encadenado,
y el vaso, la mortal forma de agua.
No alcanza ya el amor quien ha tenido
el amor, y al amor aquel se vuelven
los amarillos besos, y los labios
con memoria amarilla en su marchita
rosa amarilla que la edad deshace...
¿Te llamabas Galiana? ¿Se llamaba
Galiana aquella dama que corría
entre las clases por el sol del patio
y rompía las cuestas de Toledo
y abría el trigo por los cobertizos?
¿Quién es el vencedor? Y me pregunto,
el vencido ¿quién es? ¿Tú, que en la noche
gritas por el amor que yo he olvidado?
¿Tú, olvido mismo, que te enseñoreas
en esta soledad abandonada
que yo he buscado a espaldas de los dioses?
¿O esos hombros que esquivan la belleza
a esa otra mano a la que pertenecen?
(Sobre el hombro derecho se leía:
"Estoy hecha por Dios para la gloria")
Ya no se va tu santo al cielo; el río
espera inútilmente aquellos peces
rojos, precipitados, del verano:
espera al niño que endulzó la tierra
con su propio sabor. Y su albedrío
bastaba a la esperanza y al deseo.
¿O soy yo el vencedor? Los vencedores
apiñan sus trofeos, sudorosos.
No duermen. Les desvelan los laureles.
Miran en torno y están solos. Lloran
con las manos vacías de victoria,
con el hastío en las mejillas pálidas.
Los vencedores, los supervivientes,
en su torre de luz encarcelados
muestran las indelebles cicatrices
del arma moribunda, del acero
del contrario, que brilla en la alta luna
desde los ojos de su calavera.
Abren el memorial de los desastres,
las atalayas que mantiene el viento
y las arboladuras sobre el casco
del barco, destrozadas y solemnes.
Pero los señalados aún insisten:
aman sobre el amor de una mortaja
y otra mortaja. Los resucitados,
frenéticos, son muertos y lo saben.
La mano inconcebible de la nieve,
la mano diminuta del rocío,
la mano paulatina de la lluvia,
y el trueno con su voz indescifrable,
y el beso del relámpago, furtivo,
y del sol extremado, extenuante,
y el de la estrella más allá del éxtasis...
Todos son signos del amor, Galiana,
sobre el osario de los torreones,
todo labios mojados, resbaladas
gotas que la deshecha piedra absorbe.
Ya no sé dónde estaba la escalera;
no hay apoyo en la tierra ni en el cielo
para llegar a ese peldaño último
donde un cuerpo de luz y otro de sombra
inventan la armonía estremeciéndose.
Un desterrado es el amante, y tierra
la lejana mentira de su patria.
El vencedor se mira y no conoce
el barro aquel, la tarde aquella, el niño
aquel, la piel espléndida y dorada
y el sufriente silencio esperanzado.
Amar después fue comprobar el hueco
de un pozo, y un abismo, y una soga
en el cuello viviente y estrechado.
Pudo más el vencido en su agonía;
murió de amor diciéndolo, gritándolo,
y el grito permanece sobre el tiempo.
Es verdad la leyenda, y es mentira
la sucesión amante de las noches
y el canto repetido del que ama.
Es verdad la leyenda, el alarido
de un dios que desafía a Dios quejándose.
Sube el grito a las calles de Toledo;
vuelve a bajar al río y nunca cesa.
Ahora se acerca, navegado y cómplice,
vengador y rehén y testimonio.
El perdedor es un adelantado
de su propio final.
Y yo soy otro.
Soy el vencido, el que termina amando
la soledad de todos los silencios.
Las aves humilladas son más altas
que nunca, se tropiezan, se deshacen,
se arrastran como dioses que regresan.
Y aquella voz, Galiana, que es el río,
la ronca voz del río interminable,
está sonando en mí y entre los besos
que no me pertenecen y me envuelven.
Choca en el arrecife de los astros,
desprendidos de las constelaciones,
El mascarón de proa es tu desnudo.
(La voz de la paloma en el boscaje
repite su canción de rama en rama).
En las cuadernas suenan nuestros huesos.
Mis olas te acarician sobre el mar.
Galiana, amor, Galianas mías, mías,
y de la muerte ya por vencedoras.
GALIANA
"Si tú me dices que es posible subir al cielo
digo que sí y que sé donde está la escalera"
EL COLLAR DE LA PALOMA
¿Quién es el vencedor?, ¿quién el vencido?digo que sí y que sé donde está la escalera"
EL COLLAR DE LA PALOMA
En el amor no vence nadie. El hombre
no vence en el amor. El amor vence
sin nadie, sobre nadie. Es el olvido
quien pisa su coraza luminosa
un día, y luego sombra, y luego nada...
Yo no fui el vencedor. De aquel Toledo
no queda nada ya, ni de aquel niño.
El barro aquél, la tarde aquella, el tiempo
no eran verdad. La niña rubia, arriba,
no era verdad. Y yo soy la leyenda
que permanece en la penumbra, y duda.
Y nadie sabe. Y no existió Galiana,
ni el oro enfrente o la muchacha en brazos
de los balcones. Y la mano escribe
sobre otra mano pálida y distante
que se perdió en la turbiedad del río...
Aquí está aquella Puerta de Bisagra,
y el dintel, y los arcos de herradura,
la fila de troneras, las almenas
donde el azul se vuelve gris y plomo;
el Cristo de la Luz, las califales
cúpulas diferentes; la mezquita
de El Salvador, la piedra y el ladrillo;
las Tornerías y los Baños árabes;
los saledizos rojos de Santiago
del Arrabal, el Cristo de la Vega
y el cementerio musulmán; las aves
negras en el campo de oro del Corral
de Don Diego, sus muros esmerados;
las filigranas de las yeserias
con el nombre de Alá multiplicándose.
Y Galiana, y su ruina, y su memoria...
Pero te busco y tú no estás, Galiana.
Nunca fuiste. Ni yo soy. Ni mi triunfo
sirvió de nada.
Dicen que vencido
fue mi rival, y que tu mano dulce
fue el premio de mi audacia y de mi robo,
y de mi guerra y de mi duelo. Es cierto.
Es cierto: de mi duelo, sí, del duende
que me persigue, de la queja insomne
que corre, peregrina, por el río
y entristece a Toledo y lo rodea.
Eso sí permanece: la escritura
en el oído atento, el alarido
inacabable, prolongado, el fondo
de Dios que el amor tiene, y esas manos
tendidas hacia el agua que extremadas
fueron su gozosa regalía.
A veces la palabra es el silencio,
la maldición, la calma sobre el bosque;
y la huida en el mar encadenado,
y el vaso, la mortal forma de agua.
No alcanza ya el amor quien ha tenido
el amor, y al amor aquel se vuelven
los amarillos besos, y los labios
con memoria amarilla en su marchita
rosa amarilla que la edad deshace...
¿Te llamabas Galiana? ¿Se llamaba
Galiana aquella dama que corría
entre las clases por el sol del patio
y rompía las cuestas de Toledo
y abría el trigo por los cobertizos?
¿Quién es el vencedor? Y me pregunto,
el vencido ¿quién es? ¿Tú, que en la noche
gritas por el amor que yo he olvidado?
¿Tú, olvido mismo, que te enseñoreas
en esta soledad abandonada
que yo he buscado a espaldas de los dioses?
¿O esos hombros que esquivan la belleza
a esa otra mano a la que pertenecen?
(Sobre el hombro derecho se leía:
"Estoy hecha por Dios para la gloria")
Ya no se va tu santo al cielo; el río
espera inútilmente aquellos peces
rojos, precipitados, del verano:
espera al niño que endulzó la tierra
con su propio sabor. Y su albedrío
bastaba a la esperanza y al deseo.
¿O soy yo el vencedor? Los vencedores
apiñan sus trofeos, sudorosos.
No duermen. Les desvelan los laureles.
Miran en torno y están solos. Lloran
con las manos vacías de victoria,
con el hastío en las mejillas pálidas.
Los vencedores, los supervivientes,
en su torre de luz encarcelados
muestran las indelebles cicatrices
del arma moribunda, del acero
del contrario, que brilla en la alta luna
desde los ojos de su calavera.
Abren el memorial de los desastres,
las atalayas que mantiene el viento
y las arboladuras sobre el casco
del barco, destrozadas y solemnes.
Pero los señalados aún insisten:
aman sobre el amor de una mortaja
y otra mortaja. Los resucitados,
frenéticos, son muertos y lo saben.
La mano inconcebible de la nieve,
la mano diminuta del rocío,
la mano paulatina de la lluvia,
y el trueno con su voz indescifrable,
y el beso del relámpago, furtivo,
y del sol extremado, extenuante,
y el de la estrella más allá del éxtasis...
Todos son signos del amor, Galiana,
sobre el osario de los torreones,
todo labios mojados, resbaladas
gotas que la deshecha piedra absorbe.
Ya no sé dónde estaba la escalera;
no hay apoyo en la tierra ni en el cielo
para llegar a ese peldaño último
donde un cuerpo de luz y otro de sombra
inventan la armonía estremeciéndose.
Un desterrado es el amante, y tierra
la lejana mentira de su patria.
El vencedor se mira y no conoce
el barro aquel, la tarde aquella, el niño
aquel, la piel espléndida y dorada
y el sufriente silencio esperanzado.
Amar después fue comprobar el hueco
de un pozo, y un abismo, y una soga
en el cuello viviente y estrechado.
Pudo más el vencido en su agonía;
murió de amor diciéndolo, gritándolo,
y el grito permanece sobre el tiempo.
Es verdad la leyenda, y es mentira
la sucesión amante de las noches
y el canto repetido del que ama.
Es verdad la leyenda, el alarido
de un dios que desafía a Dios quejándose.
Sube el grito a las calles de Toledo;
vuelve a bajar al río y nunca cesa.
Ahora se acerca, navegado y cómplice,
vengador y rehén y testimonio.
El perdedor es un adelantado
de su propio final.
Y yo soy otro.
Soy el vencido, el que termina amando
la soledad de todos los silencios.
Las aves humilladas son más altas
que nunca, se tropiezan, se deshacen,
se arrastran como dioses que regresan.
Y aquella voz, Galiana, que es el río,
la ronca voz del río interminable,
está sonando en mí y entre los besos
que no me pertenecen y me envuelven.
Choca en el arrecife de los astros,
desprendidos de las constelaciones,
El mascarón de proa es tu desnudo.
(La voz de la paloma en el boscaje
repite su canción de rama en rama).
En las cuadernas suenan nuestros huesos.
Mis olas te acarician sobre el mar.
Galiana, amor, Galianas mías, mías,
y de la muerte ya por vencedoras.
1987
Es galardonado con el Premio de Periodismo "César González Ruano” por su artículo "Con Gerardo en el Café Gijón", publicado en el diario ABC el 4 de octubre de 1986. Obtiene también ese mismo año el Premio "Atlántida”, concedido por el Gremio de Editores de Cataluña.
1988
Se le concede el VI Premio de Poesía Mística "Fernando Rielo" por su libro Carta a la madre
CARTA A LA MADRE
¡Cuánto amor hay debajo de la tierra!
Te escribo, madre mía
mirando al aterido
desnudo del crepúsculo,
en una tarde en la que ya no estás
ni puedes apoyarte en mi costumbre,
cuando unas nubes tenues, sin destino,
pretenden aliviar, inútilmente,
con un destello de color lejano
el dolor de este cielo que me sigue
o me precede, perro fidelísimo.
He arrojado muy lejos mi memoria,
y él vuelve jadeante,
sin nada entre los dientes
agresivos y blancos;
otras veces el perro del recuerdo
se queda atrás, y vuelvo la cabeza
y no hay nadie esperándome
¿Nadie ha vivido nunca en estos ojos...?
"Todavía mi queja
es una rebelión;
su mano pesa sobre mi gemido".
Tú, ¿dónde estás? No sales a tu hora.
Estrella mía, aliento
cristalizado, barro ilustre, piedra
hacia tu destrucción inevitable;
moneda de oro atesorado y mío,
ennegrecido y ciego, fría escoria
y desembocadura
de un río caudaloso
que no va a retornar hacia sus fuentes.
Te escribo desde un árbol y una rama
y en un paisaje donde estabas quieta
como una hoja perenne,
sin estación, ni nieve, ni cellisca,
ni vendaval. Estabas. Y eso es todo.
Te escribo y sé que escribo
para que no me leas;
las cartas - ya lo sabes -
son del que las escribe.
Y llora el propietario de esta carta
en la desoladora
tristeza de su verso;
el avaro de amor, lleno de espanto,
golpea muros, puertas y ventanas
ante la oscuridad del cuarto oscuro.
Mientras escribo, madre,
con cuidado, tú puedes asomarte
- aunque yo sé que nunca oiré tus pasos -
por detrás de mi hombro
para que en mí te veas prolongada
con palabras tardías y sangrantes
debajo de los astros veladores.
¿Quién va a medir mi tiempo desde ahora,
la huida levantada de los pájaros,
la inexorable perdición del sueño,
la carcoma que activa los relojes?
Porque tú eras el aire y su finísima
trama, como el arroyo en su discurso
que, cuando menos fuerza lleva, y pasa,
deja ver los diamantes de su fondo.
Si te acercas, asómate con tiento,
camina de puntillas por si acaso;
que no te vea caminar, lo mismo
que no te vi morir ayer -"ven muerte
tan escondida"- y lee un poco si puedes,
si te dejan tus ojos y separas
un momento la tierra que los cubre.
Habían ya perdido su exquisita
ventana azul y la certera espada
que llegaba a mi pecho sin herirme.
1996
Obtiene el Premio "Cervantes" de Literatura, máximo galardón de las letras hispanas, por el conjunto de su obra.




