Premio Nacional de Literatura
Obtiene el Premio Nacional de Literatura "Garcilaso", por el libro
"Tregua", en el año 1951.
Y también obtiene el Premio Nacional de Literatura, en el año 1957, por su libro "Geografía es Amor".
TREGUA
No sé por qué esta rama renace en lo perdido
con cada primavera; por qué una muerte tiene
lo más recientemente florecido.
A este hueco del alma ¿no hay verdor que lo llene?
No son ciertas las hojas del árbol de aquel día.
¿Probó la mano fácil aquellos altos ríos?
Nadie tiene memoria del sueño que ponía,
diminuta y suavísima, sobre los ojos míos.
No soy aquél... Acaso me contaron. Recuerdo...
Sí; los pinares hondos, el perro grande, rosas...
No; no era yo. Leían una historia. Me pierdo.
Sólo existe este hombre de hoy entre las cosas.
Sólo existe este trozo de tierra que aún se mueve
y que dice palabras sin cesar y acabando...
Se quedaron los pájaros hundidos en la nieve
niños, verdes, oscuros, antiguos, esperando...
RECORDAR...Recordar....
Recordar... recordar... Y no es la vida
lo que vuelve; es la muerte la que acosa;
es el frío de amor de cada cosa
ya sin remedio y en la sangre hundida.
¿Por qué a la sombra fué la amanecida,
a la ceniza el fuego de la rosa?
¿cómo no se hizo eterna la afanosa
mano en la fruta fácil y prohibida?
Recordar... recordar... Y no podemos
volver allí; no somos ni seremos
aquella libertad ni aquel abrazo.
¿Por qué no estar en todo todavía
hasta morir como se muere el día
mirando lo que amó en tan breve plazo?
RUEDA BRILLANTE DE LA NOCHE
Rueda brillante de la noche,
timón celeste desde el sueño,
donde la mano de Dios lleva
hombres de tierra hacia sus puertos.
No conocemos nuestro rumbo;
irremediablemente ciegos,
vamos, a tientas, golpeándonos
con los lugares del deseo.
Son los corales del pecado,
las algas -brazos- en el cieno,
y son las islas del olvido
y el arrecife de los besos.
Todo era hermoso en la distancia;
todo es mortal en el encuentro;
quedan arriba, inalcanzados,
fijos en el timón, sus dedos.
Solo está el hombre cuando escucha
su corazón en el silencio
y, ebrio de amor, bajo los astros,
sabe imposible su regreso.
Mis ojos van por estos árboles,
pájaros tristes del otoño,
desalentados, con memoria
de los verdores más remotos.
Dudan, avanzan, se confunden
entre los círculos de oro;
llegan ahora hasta las últimas
galerías del cielo absorto
para caer precipitados
en el camino frío y hondo;
llevan las alas malheridas
por un antiguo, oscuro plomo.
¿Dónde estarán aquellas sedas
de ayer, aquel aire sonoro?
¿la vecindad de aquellos nidos,
su humilde y delicado trono?
Sé que vendrán miradas, aves,
cuando yo sea sombra sólo
y buscarán entre las ramas
la antigua herida de mis ojos.
¿Hacia que amor irá la noche?
¿Qué luz tendrá la tarde? ¿cómo
caerán entonces en mis techos
las hojas muertas del otoño?
Gracias, Señor, porque estás
todavía en mi palabra;
porque debajo de todos
mis puentes pasan tus aguas.
Piedra te doy, labios duros,
pobre tierra acumulada,
que tus luminosas lenguas
incesantemente aclaran.
Te miro; me miro. Hablo;
te oigo. Busco; me aguardas.
Me vas gastando, gastando.
Con tanto amor me adelgazas
que no siento que a la muerte
me acercas...
Y sueño...
Y pasas...
¡En un lugar cualquira
de la tierra
muere un día un poeta.
(Se persiguen, volando
por el cielo cansado
del otoño, los pájaros.)
Y ¿qué es el verso?
¿Tiempo
de los hombres? ¿silencio
de las cosas? ¿misterio?
(Cae
la sombra de los árboles.
No la recoge nadie.
Sólo la muerte sabe
que buscan esas aves
por el aire.)
¿Nace un poeta o muere?
¿No serán estas hojas verdes
ahora de oro -siempre?
GEOGRAFÍA ES AMOR
DEDICATORIA
A mi hijo
Esto que tienes ante ti,hijo mío, es España.
no podría decirte –y no puedo,
al menos con palabras-
cómo es su cuerpo duro,
cómo es su cara trágica,
cómo su azul cintura, extensamente
humedecida y agitada.
Su pecho, recio y de varón, respira
por las altas montañas;
la suave curvatura del regazo,
femenina se ensancha
hasta la soledad de las arenas
múltiples y doradas;
los brazos de sus ríos acumulan
venas que acercan las gargantas
oscuras o los verdes valles,
arrancando la tierra, acariciándola.
Esto que tienes, que tenemos
ahora mismo, es España.
Es mía porque puedo
celosamente amarla,
tocar su piel y estremecerme,
mirarme en ella fijo, cara a cara,
sentirme antiguo, envejecer con ella,
o nuevo cada día y estrenarla.
Es tuya porque puedo
con pasión entregártela,
porque me la he ganado sin fronteras;
sin tener que acotarla,
la he traído a mi voz cuando he querido,
como a una oveja que paciente aguarda
el silbo del pastor.
No hay quien le ponga
puertas, y yo te invito a traspasarlas.
Mira; aprende a mirar con ella, aprende
a acompañarte de ella, acompañándola.
Tierra de andar y comprobar despacio,
huidiza de tan delgada,
difícilmente bella de tan sobria,
fina y calladamente regalada;
tierra para escuchar como una música,
para no echársela a la espalda.
Cuando puedas, lo digo desde ahora,
lo escribo desde ahora, por si falta
un día en tus oídos
la fe de mi palabra,
cuando puedas, y tengas el pie firme,
y claro el corazón, y abierta el alma,
sal al camino, cíñete la ropa,
hijo mío, y ándala.
El sol se pone para todos. Mira;
ahora lo está ocultando el Guadarrama;
el cielo es como un ópalo, como una
precipitación nacarada;
quedan azules, negras, las tranquilas
honduras de estas navas
que encienden sucesivamente
el racimo esperado de sus casas.
Arriba, las estrellas aparecen
“sin prisas y sin pausas”;
se pierden, numerosos, los senderos
y en la penumbra se unen las montañas.
Gigantesca, se espuma “La Peñota”;
suave, “El Montón de Trigo” se destaca;
afila “Siete Picos” en la sombra
su aguda dentellada;
quiebra “La Maliciosa” bruscamente
su plomiza atalaya,
y allí, en su cascarón de ávida nieve,
se hunde Navacerrada.
Esto que ves, que tienes, que te entrego,
hijo mío, es España.
Digo y escribo, y puede más su nombre
que la mano y la voz. Es como un agua
que desborda este vaso de mi verso
donde quiero encerrarla.
Bebe, hijo mío, bebe; el trago es tuyo,
tuya es la herencia, tuya la privanza.
Sobradamente te dará en los días
su variedad multiplicada.
Tú podrás elegir, como el que hunde
sus manos en el cofre que guardara
un tesoro en el tiempo acumulado,
la joya deseada.
Deja un día a tus ojos que se pierdan
en la redonda vega de Granada;
junto al silencio de sus torres rojas,
oye las fuentes de la Alhambra;
mira Toledo enamorando al Tajo,
el fresco prado hacia la mar cantábrica,
el cielo por los arcos de Segovia,
Ávila en su quietud amurallada,
Sevilla entre jazmines una noche,
Burgos de piedra donde el Cid cabalga,
Cádiz como una nieve mar adentro,
balcón de Tarragona, luz de Málaga,
cúpulas de la nave aragonesa,
orillas de la Huelva aventurada,
minera Asturias con el verde cuello,
Córdoba entre arcangélica y romántica,
Alicante con palmas hacia oriente,
Valladolid con la oración tallada,
coronado León entre los puertos,
Zamora altiva, Huesca pirenaica,
Galicia que la mano de Dios hizo,
rosa sillar nacida en Salamanca,
campos para la flor de Extremadura
donde la encina sin cesar batalla,
Madrid desde el palacio a la pradera,
Barcelona de las Atarazanas,
Valencia de las puertas y los puentes,
Alava señorial, Cuenca encantada,
Bilbao de hierro, Soria junto al frío,
Jaén del olivar, Murcia hortelana,
lejanísimas islas de fortuna,
islas de claridad mediterránea...
¿Ves, hijo mío? El vaso se desborda;
deja a tus labios apurar la gracia.
Esta es mi herencia; puedes hacer uso
de ella y proclamarla.
Lo que te doy en buena hora
que en buena hora lo repartas.
SORIA
(Con el libro de Gerardo Diego)
Soria en la lejanía,
y Soria aquí, Gerardo
una por mis recuerdos;
otra por ti, en mis manos.
De tu Soria a la mía,
la de entonces, qué varios
los motivos, los ojos
para mirar, los años...
De tu Soria a la mía,
las de hoy, por qué claros
cuerpos de voz se acerca
lo perdido, lo amado.
Gracias por esta Soria,
por aquélla, por tantos
golpes de sangre niña,
por ti recuperados;
gracias por tanta Soria
contigo de la mano.
TOLEDO, LA ENCARCELADA
Con los ojos cegados de oro
y con los pies escondidos en agua,
al balcón, con el sol de la tarde,
sin querer, sin hablar, se asomaba.
La cigüeña, qué quieta en la torre,
y, en lo rojo del monte, las águilas
qué despacio cruzaban el aire...
La ciudad, desde lejos, miraba.
No podía salvar tanto puente,
tanto paso de muerte, entre tanta
noche fría por los cigarrales
donde un día cantó la cigarra.
Sólo el río podía, gozando
los más claros dominios del agua,
perseguir lentamente la rosa
de la madrugada.




