Obra / Libros
Víspera hacia ti. Madrid, 1940.
Autorización para su publicación
Víspera hacia ti
Doblaban en el viento las banderas
de todos los adioses que esperabas.
Caían copos blancos de chilabas
por una despedida de palmeras.
Dormida en las arenas de tu cuna
quedó una huella de tus pies perdidos.
Se levantaban ecos escondidos
en las ciudades de color de luna.
Marcó el mar entre espumas tu partida;
iba por una brisa la arrogancia
de tu mirada limpia hacia otra vida.
Se suicidaron, lejos, muy pequeñas,
cerca del horizonte de tu infancia,
dos nubes de blanquísimas cigüeñas.
AL MAR. Navíos varados.
Ruta abierta. Fiesta plena.
Dorada de toda arena,
tú. Dos mundos a los lados
de tu figura: costados
de dos colores. Llegar
a tu lado y encontrar
todo lo que ya no aleja.
Horizonte, cauda vieja
de la tarde, ¡al mar, al mar!
¡Campanas altas! ¡Campanas!
Bronce y viento. Claridad.
Al fin cubren mi ciudad
tus cigüeñas más lejanas.
Regreso a todo. Mañanas
de canción libre. Ahora sí.
Ya las flores que perdí
llenan de luz el rosal
y abre tu rosa final
de mi víspera hacia ti.
Poesía. Retrato del autor por Rafael Pena. Madrid, Ediciones de la Revista "Garcilaso", 1944.
POESÍA
No sé si soy así, ni si me llamo
así como me llaman diariamente;
sé que de amor me lleno dulcemente
y en voz a borbotones me derramo.
Lluvia sin ocasión, huerto sin amo
donde el fruto se cae sobradamente
y donde miel y tierra, juntamente,
suben a mi garganta, tramo a tramo.
Suben y ya no sé donde coincide
mi angustia con mi júbilo, ordenando
esta razón sonora y sucesiva.
Y estoy condecorado, aunque lo olvide,
por un antiguo nombre en que cantando
voy a mi soledad definitiva.
LLUVIA EN LA NOCHE
Llueve mientras se espera la mañana.
Sonidos diminutos se han llevado
un sueño y otro sueño me han dejado.
¡Qué dulce cae la lluvia en mi ventana!
Me trae la flor del agua su lejana
lección con un rumor deletreado.
Se mojan en la torre y en el prado
la caña de maíz y la campana.
Grano en mi corazón, grano y ruido
esperan que traspase techos, muros,
agua multiplicada, dividida.
El fruto sueña y sueña sin sentido,
se abren dentro los surcos más oscuros,
y llueve, llueve, llueve por mi vida.
JOVEN PARA LA MUERTE
Arrojado a tu luz madrugadora,
me muero niño y soy todo un deseo
de varón en continuo jubileo
hacia tu corazón de ruiseñora.
De trino escalador junto a la aurora
eres, y voy a ti, y hay un torneo
donde la algarabía del gorjeo
triunfa de mí y en mí se condecora.
Arrancados de un sueño o de una fuente,
por tu espada los límites del nardo
me mintieron temprana primavera.
Y estoy ahora por ti tempranamente,
como nadie, de amor herido, y tardo
en morirme de amor como cualquiera.
MUERTO EN FLOR
Junto al árbol del amor,
sin yo saberlo, mi amada,
me lo mató el cazador.
Junto a la rama florida
florida de flor morada,
me lo han matado, mi vida.
Al alba, junto a la flor,
sin pólvora y sin espada
me lo mató el cazador.
El cazador de luceros
lo mató una madrugada
sin halcones ni monteros.
Mi sueño mejor crecido
murió en la rama delgada
del árbol mejor florido.
Junto al árbol del amor,
sin otoño y sin nevada,
me lo mató el cazador.
Versos de un huesped de Luisa Esteban. Madrid, Ediciones de la Revista "Garcilaso", 1944.
VERSOS DE UN HUESPED
DE LUISA ESTEBAN
LLEGADA
La luna de agosto viene
en hombros del Guadarrama.
Tus tejados, Luisa Esteban,
hace tiempo que la aguardan.
La luna parece un río
desbordado por Las Navas.
Quién me diera un San Cristóbal
que a la puerta de tu casa,
con un pino por cayado,
dulcemente me llevara.
¡Que me ahogo, Luisa Esteban,
en esta luna de agua!
Con un anillo en el cuello
me revolvía en tus sábanas
que aullaban en mis oídos
como el viento entre las ramas.
Por una tierra de lobos
me sorprendió la mañana.
SONETO DE LA NIEVE TODAVÍA
Mira cómo se quema el Guadarrama
en sus torres azules. Esa loma
tiene un poco de nieve, una paloma
que ha librado sus alas de la llama.
Que desierta de pájaros la rama
donde a la luz mi corazón se asoma,
como un clavel de invierno sin aroma,
como un campo segado de retama.
Crezco de amor bajo este sol tendido,
y crecen las montañas imitando
el hielo que mi ardor no te ha deshecho.
Bajo un ave de nieve estoy vencido
y están sus alas frías coronando
una sierra de sangre por mi pecho.
DESPEDIDA
Vuelvo a mi casa, más alta
que la tuya, Luisa Esteban,
pero sin una ventana
que dé al atrio de la iglesia.
- ¡Adiós, adiós! -
Y no oyes,
Luisa Esteban.
No levantarás el cántaro,
por mí, de su cantarera,
con el agua del algibe,
sonora, delgada y fresca.
En tu cama de altos hierros
no dormiré más la siesta.
Ni en tus sábanas de hilo,
Luisa Esteban.
Porque a mí me llevan - mira,
tú que no oyes, mi pena -
amores de otras ciudades
hasta otra calle cualquiera
que no es ésta con un toro
descansando ante tu puerta.
Tú y yo sobre la tierra. Barcelona, (Entregas de Poesía), Núm.10, octubre de 1944.
TÚ Y YO SOBRE LA TIERRA
Te he llamado esta noche -cuatro de la mañana-
cuando mi insomnio hacía su balance sin cifras,
cuando estaban los álamos -¡tan lejos de mi almohada!-
diciéndole a la luna su verso delgadísimo.
Te he llamado esta noche y he abreviado distancias
con mis ojos abiertos, casi desorbitados,
buscadores de oro, donde la sombra, entera,
derramaba su vino capaz e interminable.
Te he llamado esta noche con la voz que me nace
con alas y con remos desde mi cuerpo inmóvil
para buscar tu sueño deseado y distante.
Si un día te llegara, aunque ahora lo desee,
yo no sería nunca para ti más que un ruido
de otoño derramado dentro de tus cabellos.
No le digas a nadie que me hastía la rosa;
cuando llega a los labios, su verdad me subleva
que el pétalo no tenga tu seda primitiva
o que esté en una torre distinta a tu cintura.
No le digas a nadie que júbilos y páginas
y dolores del tiempo para mi piel, resbalan
sin dejar una lágrima o un mundo diminuto
donde se encierre toda tu ausencia indeclinable.
Pero vendrás un día cuando todos los libros
te esperen a la puerta de su primer capítulo
para que tú les digas: "Abrid; ya soy llegada".
Y entonces aves, mundos, silencios y adjetivos
llenarán a la rosa de esencias y evidencias
por ti y en ti, a tu lado, maravillosamente.
He venido a la tierra hoy - nueve de septiembre -
buscándote en la puerta de este otoño vacío.
Nadie sabe que tengo menos años que nunca
y que sólo conozco tu contorno inmediato.
He venido a la tierra, arrancado de un sueño
donde hacía contigo los lagos y las frutas,
donde la tela tersa de todas las mañanas
buscaba enamorados dardos de nuestros dedos.
Y tú no estás o vives fuera de mi costumbre.
Lejanías te roban, te someten; te cercan
litorales ajenos a mi fácil llegada.
He perdido mi viaje, mi pulso y mi camino,
y encuentro ahora en todo lo que te amó y amaste
el ala y la mirada de tu paso de estrella.
Retablo del ángel, el hombre y la pastora. Madrid, Ediciones de la Revista "Garcilaso" (Escenario de J.G. Ubieta, ilustraciones de Rafael Pena. Viñeta de Liébana), 1945. Fue estrenado en el Teatro Español de Madrid, en ese mismo año.
RETABLO DEL ÁNGEL, EL HOMBRE Y LA PASTORA
FRAGMENTO FINAL
Cae el hombre de rodillas, y la Doncella, como despertando de un sueño se levanta y camina hacia la montaña.
A su paso se van enfriando las piedras, y el Hombre, detrás, pisa seguro.
Éste se vuelve al Ángel, que le sonríe a las primeras luces del alba.
HOMBRE
¿Por qué dejaste, por qué,
que consiguiera mi intento?
Corta mi voz y mi aliento
por la rama que corté.
¿Cómo le devolveré,
buen Ángel, doncellería?
Ángel, ¿por qué robaría
lo que ahora sube en las andas
del alba, casi en volandas
hasta mi alta montería?
ÁNGEL
Hombre, tu amor te ha salvado
y yo salvé a la Doncella.
Tu brazo no llegó a ella.
Sobre el deseo exaltado
yo puse un sueño pesado
que en el umbral te abatió.
La tierra no floreció
para el mal y su recreo.
HOMBRE
¡Estoy ciego a lo que veo!
¿Quién cambió mis ojos?
DONCELLA
Yo.
HOMBRE
¿Y ahora...?
DONCELLA
Sube a los alcores,
vencedor de primaveras.
Yo clavaré tus banderas
sobre mis palos mayores.
Ya llegan los cazadores,
anunciadores del alba,
quemando pólvora en salva
de bienvenida y saludo.
El día es un niño mudo
que aprende a hablar en la malva.
Llega rotundo el día entre los disparos de madrugada de los cazadores.
JARA
Que mi pecho se abra,
y guarde el corazón de mi semilla
tu primera palabra.
RÍO
Señal de tu rodilla
daré multiplicada por mi orilla.
MONTAÑA
Daré de loma en loma
la noticia de amor de la Doncella;
sus ojos de paloma
que ha encendido una estrella,
su mejilla de almendro y de grosella.
ZARZAMORA
No tocaré su piel
cuando su mano tienda a mis espinas.
ROMERO
Mi aroma para él.
HOMBRE
Para ella, la más fina
lágrima del arroyo y la resina.
LIRIO
Hombre, cuando tú vengas
se rendirán mis lanzas a tu paso.
AMAPOLA
Doncella, haré que tengas
el labio en que me abraso
y el tacto delicado de mi raso.
Las malas flores, arrepentidas, ofrecen sus gracias a la Doncella.
ZARZAMORA
¡Pide!
LIRIO
¡Pide!
ROMERO
¿Qué quieres?
DONCELLA
Pastor, sólo te quiero y nada pido;
Quiero verte como eres
y soñar con un nido
donde ante Dios te tenga por marido.
HOMBRE
Señor, Señor. Tu gracia me convida
a ser de miel ganada y verdadera.
Dame el trabajo diario de la cera
sobre el panal difícil de la vida.
Señor, si vi los bordes de la herida,
la espada de mi anhelo, tan primera,
en trance de esperada primavera
quedó alzada en el aire y ya vencida.
Todo el rumor del bosque se me adentra,
me dice de tu voz, y dice el río
de una ruta y un fin que Tú señalas.
Ya te pide mi boca y ya te encuentra
mi mirada en la luz, y el paso mío
se ciñe a la costumbre de tus alas.
(Guiado por el Ángel, el Hombre alcanza la cumbre del monte de donde bajó, pisando por las huellas de amor de la Doncella.)
Toledo. Madrid, Ediciones de la Revista "Fantasía", Núm.3, 1945.
TOLEDO
CANCIÓN DE AMOR DESDE LEJOS
Toledo en mi corazón
y en mi soledad tus ojos
¿memoria de qué, mi amor?
¿Memoria de qué batalla,
ganada en qué dura almena,
levantada en qué mañana?
Madrugador el castillo,
dormido el río en la vega,
y tú soñando conmigo.
Para decirte, mi amor,
donde empiezan mis caminos,
a Toledo he de volver
con tus ojos por testigo.
FÁBULA
dos caballeros.
Uno era peregrino
y otro guerrero.
Por el río y el puente
van dos muchachas.
Una busca una estrella
y otra una espada.
Por el puente y el río
dos celosías.
Una, tierra caliente,
y otra, agua fría.
soldado y santo.
Uno marcha a la guerra
y otro a Santiago.
Por el puente y el río,
lunas y peces.
Dos doncellas, heridas
de amores, vuelven.
AUSENCIA DE TOLEDO
las nuevas aves de la primavera,
y un sueño mío irá por la ribera
del río que adelanta la mañana.
Ya escalará la hierba más temprana
piedras de San Servando. ¡Oh, la primera
aventura de amor, la azul ladera,
y el paisaje de ayer en mi ventana!
Guardará el cigarral su sombra, y tanto
retrasará la tarde su relevo
que caerán las estrellas de repente.
Y en esta soledad donde te canto
llega también la voz que a ti te debo
como un agua delgada por un puente.
ciudad, lleva este verso en que termino
mi voz de ti heredada, como un vino
que es ya rubor sobrado en la mejilla.
Cómo creces sin mí, cómo se humilla
mi sien a tu recuerdo. No hay camino
que a ti no me conduzca, y falta lino
para enjugar mi llanto por tu orilla.
¡Oh, ascendido refugio de campanas!
Tú ordenaste mi pie, y encuentro bajo
mi huella los rumores de tus bronces.
Cómo añora la luz de mis mañanas
al claro, curvo y descansado Tajo,
hoy buscador de mi niñez de entonces.
Del campo y soledad. Madrid, Ediciones Rialp, (Colección Adonais, Núm. XXV). Comprende también Versos de un huésped de Luisa Esteban, págs. 55 a 71, 1946.
DEL CAMPO Y SOLEDAD
PRIMAVERA DE UN HOMBRE
(Primer recuerdo de Soria)
Por Soria está ya la sierra pura
enseñando su azul entre la nieve,
y entre el bajo pinar el cielo breve
tendrá otro azul: aquel de mi ventura.
Sala de la niñez, fresca hermosura
que abril a levantar en mí se atreve;
aire de ayer que al pecho de hoy conmueve,
gota de luz entre mi sangre oscura.
Cómo volver los ojos, hacia dónde,
si a este grito de Dios nadie responde,
del Dios niño que todo lo podía.
A Soria llegará la primavera.
Siempre hay tiempo de amor para el que espera:
¡Señor, di que no es tarde todavía!
SI NO EN MIS OJOS...
(Segundo recuerdo de Soria)
Si no en mis ojos, en mi sangre queda,
Soria, tu corazón entero y frío,
dando silencio y soledad al mío
que se aleja de ti y en ti se enreda.
¡Qué hielos desde Urbión a Covaleda
y qué honda el agua en el pinar umbrío!
La carreta de leña sobre el río,
el grave leñador junto a la rueda.
Allí, empezaba todo, allí las alas
entraban libres, locas, en las salas
de la tierra salvando su relieve.
Era un niño jugando entre los leños
del bajo hogar. Las llamas y los sueños
morirían en flor junto a la nieve.
EL AMOR
SONETO
Quiero que estés en mí cuando yo muera,
que tu labio anhelante y apretado
sea luego una flor que haya logrado
desde la oscuridad mi calavera.
Que haga posible al fin tu primavera
a costa de mi polvo machacado,
y lo que con la vida no te he dado
con la muerte te dé de otra manera.
Que busque entre los huesos de mi frente
una cueva que guarde tu semilla
y responda en abril a tus llamadas.
Y que sea a tus pies, eternamente,
aunque tierra, la tierra sin orilla
que hoy te niegan mis venas limitadas.
EL AMOR
SONETO
Soy esto sólo, un grito que se ordena
para cantarte a ti recién venida,
un ala inesperada y decidida
que roza en esa piel, en esa arena
de tus hombros, y ciega se encadena
al brillo de tu pelo, donde anida
la nieve más alzada y escogida
de tu frente: la sien o la azucena.
Y nada más y nada menos, eso
que a tanta luz responde, a gracias tantas
que el aire lo resuelve en un murmullo;
un momento de ardor, un libre beso,
una ceniza ya que tú levantas
de un fuego más antiguo que éste tuyo.
Dama de soledad, Madrid, Ediciones Rialp, 1950. Premio Adonais. Fimado por Juana García Noreña.
LOS NOMBRES
¿Y ésta...?, ¿y ésta...?
-Y me decías
los nombres, o te inventabas
los nombres.
-¿Y esta pequeña...?
¿y esta azul...?, ¿y aquella blanca?-.
Te preguntaba por flores
y tú siempre contestabas. Ahora sé mejor que nadie
del mundo cómo se llaman
la soledad y el romero,
la indiferencia y la jara,
el cantueso y el olvido,
y la menta y la esperanza.
A las flores que dejaste
les doy los nombres que faltan.
Juego de los doce espejos. Santander, Colección Hordino, 1951.
JUEGO DE LOS DOCE ESPEJOS
A UN ESPEJO SIN MARCO
POR este endecasílabo que empiezo,
piedra primera, a vadear tu río
quiero llegar al inefable frío
que te sirve de puerta y de aderezo.
Esta segunda estrofa que encabezo
llevando hasta tu verso el verso mío,
quiero que fuerce, cierre y te de brío,
cielo entre cuatro ramas de cerezo.
Ya sostenido estás, ya eres completo,
y me anego en la obra terminada
antes de conseguir este terceto.
Poco te di: mi apoyo que no es nada,
con mi débil madera trabajada
por las justas orillas de un soneto.
A UN ESPEJO DONDE SE VA A MIRAR UNA NIÑA FEA
¡Cuidado! No; no sigas. Huye, ciega
tu pupila feroz. ¿No ves que ahora
todo se romperá y habrá una aurora
más triste que esta noche en que se anega?
Vuélvete y niega sus mejillas, niega
sus cabellos sin brillo, y elabora
un rostro milagroso en esta hora
en que todo el misterio se te entrega.
Creen tus duendes claros la belleza,
cierren su luminosa fortaleza
a ese trigal oscuro y desgranado.
Haz rojo el labio y finge blanco el seno,
y abre una nueva estrella sobre el cieno
donde se asome el ángel que ha soñado.
Primer libro de poemas. Madrid, Afrodisio Aguado, S.A., Colección Más Allá, Núm. 97. 1951. Comprende Víspera hacia ti y Poesía.
Segundo libro de poemas. Madrid, Afrodisio Aguado, S.A., Colección Más Allá, Núm. 98, 1951. Comprende Tú y yo sobre la tierra; Retablo de ángel, el hombre y la pastora; Toledo; Juego de los doce espejos; Del campo y soledad y Versos de un huésped de Luisa Esteban.
Tregua. (Premio Nacional de Literatura "Garcilaso" 1951). Viñeta de Estruga. Madrid. Tipográficas Martínez Chumillas. 1951.
TREGUA
No sé por qué esta rama renace en lo perdidocon cada primavera; por qué una muerte tiene
lo más recientemente florecido.
A este hueco del alma ¿no hay verdor que lo llene?
No son ciertas las hojas del árbol de aquel día.
¿Probó la mano fácil aquellos altos ríos?
Nadie tiene memoria del sueño que ponía,
diminuta y suavísima, sobre los ojos míos.
No soy aquél... Acaso me contaron. Recuerdo...
Sí; los pinares hondos, el perro grande, rosas...
No; no era yo. Leían una historia. Me pierdo.
Sólo existe este hombre de hoy entre las cosas.
Sólo existe este trozo de tierra que aún se mueve
y que dice palabras sin cesar y acabando...
Se quedaron los pájaros hundidos en la nieve,
niños, verdes, oscuros, antiguos, esperando...
RECORDAR...Recordar....
Recordar... recordar... Y no es la vida
lo que vuelve; es la muerte la que acosa;
es el frío de amor de cada cosa
ya sin remedio y en la sangre hundida.
¿Por qué a la sombra fue la amanecida,
a la ceniza el fuego de la rosa?
¿cómo no se hizo eterna la afanosa
mano en la fruta fácil y prohibida?
Recordar... recordar... Y no podemos
volver allí; no somos ni seremos
aquella libertad ni aquel abrazo.
¿Por qué no estar en todo todavía
hasta morir como se muere el día
mirando lo que amó en tan breve plazo?
RUEDA BRILLANTE DE LA NOCHE
Rueda brillante de la noche,
timón celeste desde el sueño,
donde la mano de Dios lleva
hombres de tierra hacia sus puertos.
No conocemos nuestro rumbo;
irremediablemente ciegos,
vamos, a tientas, golpeándonos
con los lugares del deseo.
Son los corales del pecado,
las algas -brazos- en el cieno,
y son las islas del olvido
y el arrecife de los besos.
Todo era hermoso en la distancia;
todo es mortal en el encuentro;
quedan arriba, inalcanzados,
fijos en el timón, sus dedos.
Solo está el hombre cuando escucha
su corazón en el silencio
y, ebrio de amor, bajo los astros,
sabe imposible su regreso.
Mis ojos van por estos árboles,
pájaros tristes del otoño,
desalentados, con memoria
de los verdores más remotos.
Dudan, avanzan, se confunden
entre los círculos de oro;
llegan ahora hasta las últimas
galerías del cielo absorto
para caer precipitados
en el camino frío y hondo;
llevan las alas malheridas
por un antiguo, oscuro plomo.
¿Dónde estarán aquellas sedas
de ayer, aquel aire sonoro?
¿la vecindad de aquellos nidos,
su humilde y delicado trono?
Sé que vendrán miradas, aves,
cuando yo sea sombra sólo
y buscarán entre las ramas
la antigua herida de mis ojos.
¿Hacia qué amor irá la noche?
¿Qué luz tendrá la tarde? ¿cómo
caerán entonces en mis techos
las hojas muertas del otoño?
Gracias, Señor, porque estás
todavía en mi palabra;
porque debajo de todos
mis puentes pasan tus aguas.
Piedra te doy, labios duros,
pobre tierra acumulada,
que tus luminosas lenguas
incesantemente aclaran.
Te miro; me miro. Hablo;
te oigo. Busco; me aguardas.
Me vas gastando, gastando.
Con tanto amor me adelgazas
que no siento que a la muerte
me acercas...
Y sueño...
Y pasas...
¡En un lugar cualquiera
de la tierra
muere un día un poeta.
(Se persiguen, volando
por el cielo cansado
del otoño, los pájaros.)
Y ¿qué es el verso?
¿Tiempo
de los hombres? ¿silencio
de las cosas? ¿misterio?
(Cae
la sombra de los árboles.
No la recoge nadie.
Sólo la muerte sabe
que buscan esas aves
por el aire.)
¿Nace un poeta o muere?
¿No serán estas hojas verdes
ahora de oro -siempre?
La red. (Premio "Fastenrath" de la Real Academia Española en 1955). Madrid, Editorial Ágora, 1955. Segunda edición: 1956.
LA RED
LA PARTIDA
Contigo, mano a mano. Y no retiro
la postura, Señor. Jugamos fuerte.
Empeñada partida en que la muerte
será baza final. Apuesto. Miro
tus cartas, y me ganas siempre. Tiro
las mías. Das de nuevo. Quiero hacerte
trampas. Y no es posible. Clara suerte
tienes, contrario en el que tanto admiro.
Pierdo mucho, Señor. Y apenas queda
tiempo para el desquite. Haz Tú que pueda
igualar todavía. Si mi parte
no basta ya por pobre y mal jugada,
si de tanto caudal no queda nada,
ámame más, Señor, para ganarte.
ODA A UN PELOTARI
vuelan y tornan,
llevan heridas
sus cuatro sombras"
F. García Lorca.
donde el cuarto no podía abrir sus puertas tentadoras,
ante el fondo mismo del mar donde los ojos eran más tierra que nunca,
más allá de la levísima trama
que encarcelaba -Tántalo- la tierra prometida,
cuatro sombras, no sombras, cuatro cuerpos sin ella,
poseen río, brillo, ciudad, puente,
cruzan con vigilada avidez
la delirante selva.
Son cuatro claridades dos a dos distinguidas,
porque allí donde el cuerpo se quiebra,
donde el giro de la carne cobrará su más improvisada armonía,
en las cuatro cinturas donde la gracia nace,
una cinta de sangre o una cinta azulada
hay.
Ya suena el mar;
afuera suena el torvo huracán que aventura;
tentáculos y gritos tiene el mar,
cruzados intereses, encontradas direcciones,
cifras que se repiten y en el aire se ahogan,
gargantas llameantes que se afanan y apagan de pronto,
ojos de turbadora avaricia,
lenguas que la sal de la impaciencia reseca, algas de nervios,
mejillas de calcárea palidez temerosa,
medusas de cabellos que se mueven,
tiene el mar.
Mientras, dentro, las manos van probando el puño de la espada,
las cuatro espadas iguales;
las cuatro guitarras que sólo el verdor podrá distinguir en su hachazo,
las cuatro guitarras iguales,
las cuatro lanzas por donde el corazón extenderá su sobresalto,
las cuatro banderas que van a ondear enloquecidas,
los cuatro espejos que se pasarán un rayo de luz fulgurante,
las cuatro redes prontas a atrapar la durísima y veloz mariposa.
Van prolongando el brazo delicado,
van haciéndose brazo, mano,
allí en el final donde el destino no puede hablar por líneas
porque las cuerdas se cruzan en un enigma equidistante.
Ya es la hora. ¡Cuidado!
Fácil parece el viento y despejado el bosque.
Marioneta que cien ojos quisieran mover con su ahilada pupila,
balanza que un acuciante juego de contrarios sitúa en mágico equilibrio,
reina observada por un bullente avispero,
tú, blanca y olvidada de la mujer que conduces,
preparando cada uno de tus tiempos, cada uno de tus músculos,
cada uno de tus árboles de sangre,
dueña ya de otra gracia que no es esa que llevas por los días,
esa con la que andas, o besas, o acaso te tiendes en la noche,
parecida de pronto al pez, al bruto, al ángel exterminador,
lanzas -¿de dónde a dónde, davídica guerrera?- tu piedra única
ante el gigantesco claro de luna.
Y ya no descansan los ojos
porque quieren taladrar para ver más la nada misma del espacio;
ya el pecho no descansa porque ha de ajustar su marea
a la réplica justa, aunque el ejercicio de vivir
--de respirar he dicho--
sea postergado al golpe inminente del pulso enfebrecido.
Y ya no descansa el brazo en el puño de la espada,
en el astil de la lanza, en el mango del espejo,
batiendo, alanceando, reflejando;
siervo de la implacable esfera diminuta
que se deja oír entre los gritos
como una gota de agua de sonido inmortal.
Y es ahora un corazón latiendo incesante,
y como, fuera, preguntan las voces,
el corazón contesta -estaba contestando- desde el tiempo.
Entre cuatro mandáis su tac-tac de sonámbulo;
entre cuatro nevadas, un balazo en el bosque;
entre cuatro caballos, un sólo latigazo;
entre cuatro naufragios, una sola burbuja;
entre cuatro silencios, una sílaba sólo
entre cuatro Dianas tirando enfurecidas,
el fénix que levanta su vuelo en cada muerte.
A veces un encuentro sordo, un grito metálico,
y el ave cae a plomo llorando el desacierto.
Pero no es el águila herida la que sangra:
son vuestros cazadores y núbiles discursos,
son vuestras cuatro sombras que, heridas, vuelan, tornan;
eres tú a quien deseo como a un ascua de efímero reinado,
tú, que no volverás a repetir jamás, ni en el amor,
ni siquiera ante la muerte,
ese miedo anhelante de acorralada cebra
que, de pronto, en sí misma se crece como un estandarte
apoyado en el viento de la batalla.
Eres tú herida, sí, mortalmente tocada;
tú, volviendo abatida ahora con los ojos en la arena de la lucha,
tal un guerrero desarmado,
acercando la rosa de tu mano a la barricada inmensa
como buscando la mano paralela que te alce del suelo de derrota.
O cuando la estrella, desenfrenada, traza
esa órbita mágica que le ha dado tu brazo en la noche de oro,
cuando nadie, sino tú de nuevo
puede recoger la difícil fruta del cercado,
tú eres quien me mueve,
tú que apenas consigues mitigar la fuente del cabello,
tú que, de puntillas en tus ojos brilladores,
escuchas sin mirar a la gente de tierra
y recuerdas -tan cerca- el borbotón de gracia que acabas de crear,
y adivinas tu estatura sin techos por el triunfo,
y sabes que eres bella, más bella que tú misma, en las miradas.
Canto por no alcanzarte,
canto por las cadenas que a mi cuello pusiste,
por ese libro -búscalo- donde estarán escritos tus caminos de lava,
por todo el tiempo antiguo que has sabido poblar de trayectorias
que ya nadie recuerda,
como el agua que estará andando ahora por una subterránea soledad,
como el metal que desde siglos enriquece la sombra,
como el jaguar que apresurado sublevó la quietud de la selva,
como la hoja rozada por su piel de relámpago,
moviéndose, meciéndose sin que nadie la viera.
LA PALABRA
Sientes mi sangre y bien te siente ella
por la senda que voy, palabra mía.
Después de tanto andar, ¿cómo podría
dejarte eternidad en cada huella...?
Ya sé que eres mortal. Y tu doncella
vestidura será memoria un día
sin sombra de verdor... ¡Si todavía
hablaras, oh, por mí, luz sin estrella!
Si pudiera olvidar lo que madura
dentro de ti... Tocada de hermosura
hoy, te miras mañana ya distante.
Voz que en la flor del labio se amortaja,
fuego que una ceniza torpe ataja,
grito que amor me dio para un instante.
LA RED
Son los hilos aquellos. Se han trabado
mejor -¿mejor? -. Que dura es la salida
con el mar que amanezca. Y cuánta herida,
y cuánta amarga sal por cualquier lado.
Oh, dedos que la red han anudado;
cárcel de amor doliente y escogida;
vientos esperanzados de partida
cuando todo en el alma ha regresado.
Retorno a la pasión de cada viaje;
arrastro, cargo y hundo mi cordaje
para volverlo a recoger vacío.
Tú en el centro, Señor de las batallas;
yo, gladiador inerme entre las mallas,
y el agua fugitiva, el verso mío.
Elegía en Covaleda, Madrid, Ediciones Punta Europa, Cuaderno IV de Poesía, 1959.
ELEGÍA EN COVALEDA
hasta el propio rincón donde te haces
tierra sin descansar. Nunca hay descanso
para el cuerpo que cae.
Avanza, ahonda, se destruye, pasa
ríos oscuros, cauces,
horas de lucha inextinguible, guerras
sin ruido, horribles vecindades;
se mueve, si, se deshabita, y deja
fundirse, penetrarse...
He llegado hasta aquí después de muchos
años de andar, y puedo ahora mirarte
frente a frente, de hombre
a hombre. ¿Me ves...? No hay nadie
entre los dos; ni el viento
que apenas roza, ni el dolor que casi
se siente porque viene de otro tiempo
o es tiempo mismo ya.
Te miro, padre,
de hombre a hombre, de muerte
a muerte; sí, de carne a carne.
Porque es igual que tú seas la tierra
de hoy o yo esa tierra ya esperándome
-somos como una caña que en el agua
se quiebra al espejarse,
como dos campanadas sucesivas
de la hora de un linaje:
tú, alejando en la noche tu sonido,
yo, detrás y acercándome-,
porque el cuerpo que se alza todavía
va a durar un instante
de pie; tú me lo dices de hombre a hombre,
de muerto a muerto ya, de sangre a sangre.
Está fresco el pinar de Covaleda
en la mañana grave;
Urbión cuida celoso de su nieve;
unos caballos pacen;
un niño canta, un niño
canta, un niño que pasa canta... ¿Nace
la vida? ¿Empieza todo?
(Todo sigue, Dios mío entre las márgenes
doradas, bajo el agua que madruga,
sobre la luz temprana de los árboles.
Pero aquí está mi muerto, aquí mi árbol
tendido ayer: el hacha es implacable).
Te estoy contando... ¿Oyes...?
Soy el desconocido; ya sé. Sabes,
también tú, que soy otro: el extranjero
en esta tierra, tuya de guardarte;
el hijo pródigo que vuelve
cansado, y no hay quién calce
sus sandalias, y no hay quien sacrifique
el becerro mejor... No; nadie sale
a mi encuentro. Tú casa no es mi casa.
Aún menos que tuviste tienes hoy para darme.
("Iré a mi padre y le diré..."
"Y el padre, levantándose...")
Pero ¿qué idioma hablo?. Si me escuchas
¿a qué te suena mi lenguaje...?
Hoy que tengo los años que tenías,
los que has tenido para siempre, padre,
me pregunto cómo hice ya el camino
que en ti me parecía interminable.
Un hombre soy, y te lo digo ahora,
como aquel que tú un día completaste.
Y de hombre a hombre -¿oyes?- frente a frente
te estoy mirando y en ti estoy mirándome...
Canta un niño a lo lejos, canta un niño
que pasa, canta un niño dulcemente distante.
El Parque pequeño. Madrid, Ediciones Punta Europa, 1959.
EL PARQUE PEQUEÑO
Todo parece igual que ayer,
que aquel día oscuro y primero
que vine aquí y encontré sólo
la tosca sequedad del suelo.
No veía en la caja el lado
sin cubrir: tu lugar, tu hueco.
Los hombres no vemos la trampa
por donde llegas. La sabemos
vagamente, la sospechamos,
y un día...
Las voces, los juegos
de los niños fueron, despacio,
dando sentido al patio, fueron
dando totalidad al aire,
suficiencia a la tierra. El centro
del mundo, de su mundo, era
éste. ¿Y lo es?, pregunto, pienso...
Los niños inventan, recrean,
fingen y truecan, y hacen cierto
lo imposible, y lo entregan siempre:
dan al sueño lo que es del sueño.
Saben volver lanzas las cañas,
duendes las sombras de los dedos,
caballos las sillas inmóviles,
trenes sus sucesivos cuerpos.
Apenas hablan y ya tienen
la bautismal gracia en el verbo,
la lengua de un poblado suyo,
de un paraíso extraño el eco.
Nadie les dijo; lo nombraron
un día porque eran sus dueños,
porque en sus labios cada cosa
empezaba a nacer de nuevo,
porque Tú les favorecías
desde un lejanísimo empeño,
porque eran como tus acólitos
ayudando a tu ministerio.
Nadie sabe como empezaron
a llamarle el Parque Pequeño.
Desde entonces, todos decimos
como dicen, como dijeron.
Con la palabra fue más dulce
la vecindad, más blando el suelo.
Y, al solo nombre pronunciado
y repetido - ¡ábrete, sésamo! -,
fueron más claras las paredes,
más buscado y amable el cerco,
más entendida la pobreza,
el tributo sentido menos...
Una mañana, a los tejados,
a las hojas del árbol fresco,
por ese lado de la caja,
Señor, eternamente abierto,
se acercaron, multiplicándose,
los grises gorriones domésticos.
Para vosotros, hijos míos,
este fue el diálogo del vuelo.
Y ¿es suficiente? Es suficiente;
hoy lo sé bien, hoy lo compruebo,
cuando nos traen sonando el día,
cuando se acercan respondiendo
a la mano que siembra el pan,
cuando cobijan su silencio
bajo las tejas con la lluvia,
cuando bajan de los aleros
hasta el manjar disputadísimo,
voraces, tímidos, inquietos...
No se dejan coger. No quieren,
hijo mío. Huyen arriba
cuando te acercas, cuando intentas
afirmar tu planta indecisa
para hacer frente a su desvío
como protesta de la huída.
Después te tomo de la mano
y caminas, oh Dios, caminas
sin que yo sepa quién provoca
nuestros pasos y quién nos guía.
Se pierde tu mano en mi mano
como un racimo entre las viñas,
como otro pájaro en un nido
de torpe carne entretejida.
Vamos juntos y no podemos
hablarnos. La palabra mía
no tiene paso hacia tu mundo
no tiene formas que te sirvan.
Yo llevo un mar dentro del pecho;
tú, una fuente clara y purísima;
a mí me puebla un cieno oscuro
de torvos peces que se abisman;
en ti la arena se remansa,
a ti las aves te transitan.
Suéltame, déjame en el lodo,
tú que la luz me comunicas,
tú que has hecho buena mi sangre,
nueva mi imagen y distinta.
Suéltame, suéltame, libérate.
¿No sientes la antorcha encendida
de mi brazo, que la laguna
de tu mano apenas mitiga?
¿no escuchas esta alta tormenta,
que en mi corazón se cobija?
¿no entiendes la desesperanza
que desde mis ojos te mira,
regresada de tanta muerte,
de tanto amor, tanta mentira,
de lo que ya no es ni recuerdo
de lo que no te dejó noticia?
¿No sientes miedo de mi ayuda
que apenas es esa cohibida
vigilancia del labrador
por el agosto de la espiga,
sin poder convocar la lluvia,
ni pararla, ni repartirla...?
La mano aprieta su puñado
¿por qué? ¿qué defiende? ¿qué cuida?
Crece, jugoso, dentro, el fruto;
fuera, la cáscara se obstina;
hierve y golpea el vino joven
las paredes de la vasija.
Como el perro que trae la caza
en los dientes y no lastima
la pieza, así los dedos hacen
uno el rigor y la caricia.
Caminamos por esta caja
ya tan andada, tan medida;
tú no sabiendo que hay distancia,
yo creyendo que no es precisa.
Tiras de mí. Vuelven los pájaros.
¿Es suficiente? ¿No serían
mas gratas otras alas? ¿otro
vuelo mejor? Mi hastío olvida
que hay otras aves, otras cosas
que un día fueron causas mías.
Espera... ¿dónde vas? No estamos
ya solos -yo sí; aunque tu orilla
toque el clamor sordo del mar
y acerque su arena finísima-;
sé que no estamos solos, aunque
seas tú la soledad mía.
Camino ahora, ¿de qué mano...?
Hay un río, hay un bosque. Todo
se vuelve claro. Me conducen
por una orilla verde. Toco
la hierba. Soy un niño triste.
El Duero pasa. Hay un remoto
sonar, cantar. Lejos, la nieve.
Todo es perfecto ante los ojos:
los bueyes lentos en la tarde,
el campesino y el rastrojo,
el leñador y la resina,
el pez, el águila y el corzo.
A mi me llevan... ¿No es ahora?
¿No soy el niño temeroso
de la tormenta, el mismo niño
de aquel llanto, de aquel asombro
ante el dolor, ante la muerte?
¿Y aquella mano que de pronto
desde la rama la soltaron
contra la tierra, sin retorno
posible...? El pueblo se encendía
con el sol. El camino de oro
llevaba a la fiesta, a la caza,
llevaba a la inquietud, al ocio,
llevaba a la ciudad, llevaba
a la vida de cualquier modo;
Pero la mano, aquella mano;
su dureza, su testimonio,
su vecindad y su cuidado,
su abrigo justo, su acomodo
¿dónde están? ¿dónde estás? ¿o eres
la misma mano que ahora toco?
¿Soy yo la guarda o lo guardado ?
¿doy o recibo el patrimonio?
¿te llevo o tú me llevas, hijo?
Estos árboles del otoño
¿son aquellos bajo el Urbión?
¿No sale este patio del fondo
de aquel pinar de Covaleda?
¿no están en él aquellos chopos...?
Ven, hijo mío, padre mío.
Triste es el tiempo, pero hermoso.)
Sonetos por mi hija. Madrid, Edición no venal, Viñeta de Molina Sánchez.
SONETOS POR MI HIJA
TODAVÍA EN SILENCIO
Te han nacido los ojos con preguntas,
y sin cesar me asedias preguntando.
Y yo sin contestar... Hija ¿hasta cuándo
mudos tú y yo: dos ignorancias juntas?
¿Hasta cuándo en silencio irán las yuntas
de tu asombro y mi amor; de mí, temblando,
y de ti, poco a poco, asegurando
música sin palabras...? Sé que apuntas,
en brotes de miradas, rosas rojas
que un día se harán voz contra mi pecho
y tendré con la voz que responderte.
Se turbará mi otoño entre tus hojas,
y las mías serán un vasto lecho
donde al hundir tu pie suene mi muerte.
EL HACEDOR
Entra en la playa de oro el mar y llena
la cárcava que un hombre antes, tendido,
hizo con su sosiego. El mar se ha ido
y se ha quedado, niño, entre la arena.
Así es este eslabón de tu cadena
que como el mar me has dado. Y te has partido
luego, Señor. Mi huella te ha servido
para darle ocasión a la azucena.
Miro el agua. Me copia, me recuerda.
No me dejes, Señor; que no me pierda,
que no me sienta dios, y a Ti lejano...
Fuimos hombre y mujer, pena con pena,
eterno barro, arena contra arena,
y sólo Tú la poderosa mano.
EL MOTIVO
Porque eres tú quien cumple la medida
de mi sueño mortal; porque tu clara
fuente es mi trago ya; porque tu cara
me copia -¡oh, Dios, cuánta inocencia urdida!-;
porque se hace costumbre de mi vida
la flor de tu brazado con su rara
evidencia de carne; porque ampara
más tu desvalimiento, en el que anida
un fuego de mañana, que esta tarde
que soy, donde tu luz primera arde
señalando el camino; porque el beso
tiene un temblor no usado; porque el día
despierta y abre en otra melodía,
he vuelto a hablar, casi a cantar... por eso.
MATERNIDAD
Como flecha en el arco del arquero,
espiga en los trigales del verano,
palabra en el cantar del hortelano,
tú en su regazo, pero tú primero;
porque en el corazón es más certero
el blanco y no es oficio de la mano,
porque apenas sin ser estás ya en grano,
porque está sin decir tu verso entero.
Y qué ligero el aire por la flecha,
qué dorado el agosto en la cosecha
qué alta la copla al descansar el brazo...
Pero entre ligereza tan volada,
oro total o música alcanzada,
tú, hija mía, más bella en su regazo.
Geografía es amor. (Premio Nacional de Literatura en 1957). Madrid, Gráficas Oscar, Colección (Palabra y Tiempo), Vol. I, en 1961. Nueva edición aumentada. Madrid. Editorial Kalíope, 1969.
GEOGRAFÍA ES AMOR
DEDICATORIA
hijo mío, es España.
No podría decirte –yo no puedo,
al menos con palabras-
cómo es su cuerpo duro,
cómo es su cara trágica,
cómo su azul cintura, extensamente
humedecida y agitada.
Su pecho, recio y de varón, respira
por las altas montañas;
la suave curvatura del regazo,
femenina, se ensancha
hasta la soledad de las arenas
múltiples y doradas;
los brazos de sus ríos acumulan
venas que acercan las gargantas
oscuras o los verdes valles,
arrancando la tierra, acariciándola.
Esto que tienes, que tenemos
ahora mismo, es España.
Es mía porque puedo
celosamente amarla,
tocar su piel y estremecerme,
mirarme en ella fijo, cara a cara,
sentirme antiguo, envejecer con ella,
o nuevo cada día y estrenarla.
Es tuya porque puedo
con pasión entregártela,
porque me la he ganado sin fronteras;
sin tener que acotarla,
la he traído a mi voz cuando he querido,
como a una oveja que paciente aguarda
el silbo del pastor.
No hay quien le ponga
puertas, y yo te invito a traspasarlas.
Mira; aprende a mirar con ella, aprende
a acompañarte de ella, acompañándola.
Tierra de andar y comprobar despacio,
huidiza de tan delgada,
difícilmente bella de tan sobria,
fina y calladamente regalada;
tierra para escuchar como una música,
para no echársela a la espalda.
Cuando puedas, lo digo desde ahora,
lo escribo desde ahora, por si falta
un día en tus oídos
la fe de mi palabra,
cuando puedas, y tengas el pie firme,
y claro el corazón, y abierta el alma,
sal al camino, cíñete la ropa,
hijo mío, y ándala.
El sol se pone para todos. Mira;
ahora lo está ocultando el Guadarrama;
el cielo es como un ópalo, como una
precipitación nacarada;
quedan azules, negras, las tranquilas
honduras de estas navas
que encienden sucesivamente
el racimo esperado de sus casas.
Arriba, las estrellas aparecen
“sin prisas y sin pausas”;
se pierden, numerosos, los senderos
y en la penumbra se unen las montañas.
Gigantesca, se espuma “La Peñota”;
suave, “El Montón de Trigo” se destaca;
afila “Siete Picos” en la sombra
su aguda dentellada;
quiebra “La Maliciosa” bruscamente
su plomiza atalaya,
y allí, en su cascarón de ávida nieve,
se hunde Navacerrada.
Esto que ves, que tienes, que te entrego,
hijo mío, es España.
Digo y escribo, y puede más su nombre
que la mano y la voz. Es como un agua
que desborda este vaso de mi verso
donde quiero encerrarla.
Bebe, hijo mío, bebe; el trago es tuyo,
tuya es la herencia, tuya la privanza.
Sobradamente te dará en los días
su variedad multiplicada.
Tú podrás elegir, como el que hunde
sus manos en el cofre que guardara
un tesoro en el tiempo acumulado,
la joya deseada.
Deja un día a tus ojos que se pierdan
en la redonda vega de Granada;
junto al silencio de sus torres rojas,
oye las fuentes de la Alhambra;
mira Toledo enamorando al Tajo,
el fresco prado hacia la mar cantábrica,
el cielo por los arcos de Segovia,
Ávila en su quietud amurallada,
Sevilla entre jazmines una noche,
Burgos de piedra donde el Cid cabalga,
Cádiz como una nieve mar adentro,
balcón de Tarragona, luz de Málaga,
cúpulas de la nave aragonesa,
orillas de la Huelva aventurada,
minera Asturias con el verde cuello,
Córdoba entre arcangélica y romántica,
Alicante con palmas hacia oriente,
Valladolid con la oración tallada,
coronado León entre los puertos,
Zamora altiva, Huesca pirenáica,
Galicia que la mano de Dios hizo,
rosa sillar nacida en Salamanca,
campos para la flor de Extremadura
donde la encina sin cesar batalla,
Madrid desde el palacio a la pradera,
Barcelona de las Atarazanas,
Valencia de las puertas y los puentes,
Alava señorial, Cuenca encantada,
Bilbao de hierro, Soria junto al frío,
Jaén del olivar, Murcia hortelana,
lejanísimas islas de fortuna,
islas de claridad mediterránea...
¿Ves, hijo mío? El vaso se desborda;
deja a tus labios apurar la gracia.
Esta es mi herencia; puedes hacer uso
de ella y proclamarla.
Lo que te doy en buena hora
que en buena hora lo repartas.
SORIA
(Con el libro de Gerardo Diego)
Soria en la lejanía,
y Soria aquí, Gerardo.
una por mis recuerdos;
otra por ti, en mis manos.
De tu Soria a la mía,
la de entonces, qué varios
los motivos, los ojos
para mirar, los años...
De tu Soria a la mía,
las de hoy, por qué claros
cuerpos de voz se acerca
lo perdido, lo amado.
Gracias por esta Soria,
por aquélla, por tantos
golpes de sangre niña,
por ti recuperados;
gracias por tanta Soria
contigo de la mano.
TOLEDO, LA ENCARCELADA
Con los ojos cegados de oro
y los pies escondidos en agua,
al balcón, con el sol de la tarde,
sin querer, sin hablar, se asomaba.
La cigüeña, qué quieta en la torre,
y, en lo rojo del monte, las águilas
qué despacio cruzaban el aire...
La ciudad, desde lejos, miraba.
No podía salvar tanto puente,
tanto paso de muerte, entre tanta
noche fría por los cigarrales
donde un día cantó la cigarra.
Sólo el río podía, gozando
los más claros dominios del agua,
perseguir lentamente la rosa
de la madrugada.
Corpus Christi y seis sonetos, Toledo. Impr. Gómez Menor, Biblioteca Toledo, Vol. 8, 1962.
CORPUS CHRISTI Y SEIS SONETOS
CORPUS EN TOLEDO
Fue aquel día. Aquel niño fue. Tendía
sus lienzos, en el sol, el sol. Estaba
quieto el río, lentísimo, yacente;
enhebrando los puentes, muelle, el agua.
Castillos a la escucha. Ay, ¿hacia dónde?
Enhiesto San Servando, áureo Galiana,
torres con el gran tiempo recogido,
patios de soledad, cifra almenada.
Fue aquel día, aquel día. Puertas graves
y lúcidas abrían su mañana.
Fue aquel día, Señora de los Valles,
al otro lado del milagro alzada;
aquel día, Jesús sobre la Vega,
que la mano de amor desenclavabas;
aquel día con rosas de Casilda,
con oros de Ildefonso en las espaldas,
con la piedra de luz ante su Cristo
por los cascos del potro resbalada…
Fue aquel día. Y yo, niño, conocía
por vez primera a Dios. Y comenzaba
el misterio, el encuentro; oh sí, esperado
con la indecisa claridad del alba;
ya en el lecho despierto, ya vigía
de Dios, entre la sombra la mirada.
Entró la luz, y yo labraba cuna,
tela tejía, templo levantaba,
mesa cubría de ávidos manteles,
alimentaba en el hogar la brasa.
Fue aquel día teniendo todo el pecho
con un trigal naciente; toda el alma,
como un bosque de innúmeros caminos
y en la umbría, la miel ensimismada;
un bosque traspasado de resina,
un bosque con la hundida y fácil agua,
un bosque con los nidos palpitantes
y con la verde hierba intimidada.
En mí tenía a Dios por vez primera:
Dios origen, anuncia, forma, causa,
Dios quebrado por mí, para mí entero,
clave de mi infinita resonancia,
secreto de mi paso entre los hombres,
senda para mi pie facilitada.
Fue aquel día, y quemaba Dios delgado,
Dios vecino, mi Dios que en Sí se estaba.
Tenía yo en el tiempo, por fortuna,
la redondez frutal de aquella plaza.
Veía mis balcones en el aire
como una exaltación, una atalaya
para mirar a Dios desde su altura,
al Dios que descendía y se entregaba.
En el azul intenso algunas nubes,
portadoras de Dios y navegadas
por Dios, hacia mis puertos de ventura
dirigían su quilla inmaculada.
Era Zocodover un crisol vivo;
las calles, de violeta, despeñaban
ríos de sombra de las altas velas
-Toledo era una nave empavesada-,
que, heridas por el viento, dulcemente,
unían los tejados de las casas.
Todos los mediodías, estallando
de luz sobre la luz, se arracimaban;
todas las gracias de Toledo iban
pidiendo a Dios su apetecida gracia,
buscando a Dios, rendidas y tremantes,
soñando a Dios, humildes y unitarias.
Un arco, el río, con la plata viva;
una razón, la catedral flechada;
una paleta de amarillos cálidos
el Tránsito que el Greco transitaba;
un peto de guerrera piedra altiva
por los estribos y el arzón de Alcántara;
por San Martín, un cigarral bajando,
cantando y desgranando sus cigarras;
un momento posible de la espuma
jugando por los Baños de la Cava;
por San Juan de los Reyes, las cadenas
sueltas de amor y desencadenadas;
por los ojos del Tajo miradores,
el Miradero abriendo sus acacias,
y en las hoces, que al cabo se extendían
hacia las tierras rojas de la Sagra,
versos de Garcilaso sosegando
precipicios que Góngora cantara…
Fue aquel día, aquel día. El niño mío,
el niño yo, niño anhelante, estaba
sobresaltando de pasión las cosas
de la tierra de Dios, por Dios. La guarda
del corazón montaba su vigilia
y por los pulsos se me esperanzaba:
guerrero en una arena sin contrarios,
esperaba impaciente la batalla;
mesnadero de Dios, iba gozando
de mi mesnadería y mi mesnada.
El niño que yo era se sabía
niño de Dios y, entre la gente, el ascua,
el incendio de Dios iba creciendo
y en sus lenguas ardientes me estrechaba.
Allí estaba el Señor. La calle era
la residencia que Él glorificaba.
¿Qué hora puntual de Dios iba en mi pecho
creciéndome la fe entre campanadas?
¿Qué silencio del mundo quieto en torno?
¿Qué acogimiento en lo que contemplaba…?
Pasaba Dios; pasaba el árbol mágico
de la casa de Dios. Dentro, Él estaba.
El artificio escalador del oro
se sucedía y se multiplicaba;
se dividía para hacerse mínimo
cerca de Dios con su oración tallada.
Porfiados encajes de columnas
ascensiones en flor se disputaban;
todo el deslumbramiento no podía
entenebrar la cereal crisálida.
Dios era Dios; bullía entre los oros,
nacía entre los oros, derramaba
sobre los hombres gratitud. Dios era
Dios. Veía en mi Dios arder la llama.
Dios era Dios, y dentro de mi pecho
todo su incendio se justificaba.
¿Fue aquel niño, Toledo? ¿Es aquel niño
de ayer el que hoy pregunta, espera, pasa
junto a este amor que Tú, sobre los días,
creces, esparces, amaneces, lanzas?
¿La ciudad elegida, permanece
-Puerta del Sol y del Cambrón, Bisagra-
cerrando, custodiando lo guardado
entre las primaveras renovadas…?
Y este hombre, mi Dios, y este Toledo,
heridos en el tiempo, di, ¿te cantan,
te tienen, como entonces, cobijado?
¿Qué es un hombre ante Ti? ¿Y un niño que habla?
Pasa de nuevo. Naces, oh Dios, siempre;
Niño Dios, Hombre Dios, sin cesar, pasas.
Junio va hacia un estío toledano;
Son las doce de Dios en esta plaza.
Se abre mi corazón entre las ruinas
-oh, renacidas torres del Alcázar-;
libre mi corazón encarcelado
-oh, salvadora fe de Leocadia-;
vuelve a las venas el temblor antiguo,
vuelve la sangra que perdí –Posada
de la sangre, mi Cristo de la Sangre:
crucificada orilla de mi casa-,
y la voz que nació con aquel día
vuelve con aquel día a la palabra.
Dios está aquí. Mi Dios aquí me encuentra.
Dios está aquí. Yo soy el que aquí estaba.
AMIGOS DE LA INFANCIA
Son todos vuestros años la denuncia
de mi tiempo en la tierra, amigos míos,
orillas que recuerdo, deltas, ríos
donde el acabamiento ya se anuncia.
No hay elección posible; no hay renuncia
posible. No hay regreso de estos fríos,
aunque busquen los tristes ojos míos
la niñez que en los vuestros se pronuncia.
Y no soy yo. Sabéis que el retratado
es otro. Os esforzáis en ver copiado
aquél que fui en el aire de Toledo.
No busquéis más. No me miréis. Os pido
que ceguéis en las sombras del olvido,
ojos que me asustáis desde mi miedo.
INVIERNO EN ZOCODOVER
No amar a nadie en esta tarde fría,
no amar a nadie, y de ternura
llenarlo todo, todo de amargura
por esta sed de amante todavía.
Plaza de mi niñez vieja y vacía,
donde mi triste corazón perdura,
como esa rama sensitiva y pura
que amenaza el invierno en su porfía.
No amar de amor a nadie. Y mirar cielos,
árboles y ventanas, techos, suelos,
donde el amor, amor, te sujetabas,
donde toda esperanza hallaba nombre.
No amar, y que en la tarde no se asombre
nadie… Zocodover, tú me mirabas.
Circunstancia de la muerte, Sevilla, (La Muestra), 1963.
CIRCUNSTANCIA DE LA MUERTE
COPLAS POR JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
EN EL ANIVERSARIO DE SU MUERTE
pie de romance octosílabo..."
J.R.J.
pie de romance octosílabo.
Pero, pies ¿para qué os quiero
a esta altura del camino?
Manos son las que nos duelen
por todo lo que han tenido,
por todo lo que estrenaron,
por todo lo repetido.
Juan Ramón, loco de luz,
viejo loco amigo mío;
de tanto amor, dando vueltas
al amor sobre ti mismo.
¿Quién mira lo que has mirado
con tanto afán de infinito?
¿qué carbones sustituyen
hoy a tus ojos extintos?
De una mano, de un pié sólo,
tenías a Dios cogido
de una minúscula "d",
pero igual en su sonido.
Ocho sílabas me pides;
con ocho sílabas digo:
"Loco ¿dónde estás ahora,
alienado, alejadísimo?"
Vamos contando, cantando:
Narciso, tú; yo, narciso,
y el agua a los pies se rompe
cuando te miras, me miro...
"Aún hay otros", te decían.
"Habla por ellos", me han dicho.
Y tú, solo entre los solos,
y yo, entre todos, solícito.
Malos pies, buenos pies, verso
libre, terco endecasílabo.
Da igual. La "D" es lo que importa
con su peso enorme o mínimo.
Pobre tú, pobre yo, pobres
de ocho por tres veinticinco;
pobres de solemnidades,
más pobres que el propio rico.
Pies que el alma acostumbrásteis
al cantar intransitivo;
pie quebrado, alma quebrada;
luego, pan repartidísimo.
Yo que aprendí tu balanza
- un brazo, en tierra, preciso,
y el otro,arriba , tanteando
el peso desconocido -,
te estoy preguntando ahora,
cuando por pies has salido,
si tu "d" o mi "D" te han puesto
paz en el otro platillo.
ORACIÓN POR LEOPOLDO PANERO
EN LA ERMITA DEL CRISTO DE GRACIA
Busco tu compañía en esta ermita
donde he entrado a rezar por ti, tocado
de soledad, herido y asombrado
por todo lo que un golpe precipita.
Y tú no estás. ¿O no era aquí la cita?
Estoy solo. Pasaba. Me han llamado.
Y era tu voz; la voz del desterrado
que en el desierto del poema grita.
Torre de hombría, paz andante, lumbre
cautiva, acostumbrada pesadumbre:
¡cuánto valor sin sitio y tan aparte!
Rezo sin entender... ¿Cómo podía
haber sido...? En la Cruz, Él me decía
que lo mejor estaba de su parte.
La hora undécima. Madrid. Gráficas Oscar, Colección (Palabra y Tiempo), Núm. XIV, 1963.
LA HORA UNDÉCIMA
DIOS EN LA TARDE
Como cuando era niño, Dios parece
que es el sol que enrojece ahora la tapia
y que extiende su aliento hacia nosotros
y que temblamos en su vaharada.
Si pudiera poner en esta tarde
mi corazón tendido a la ventana,
y pudiera apresar ese sol último
hasta que entre mi sangre se quedara.
Plátanos que alargáis la sombra amiga,
elegida prisión de mi jornada,
patio de soledad con Dios caído,
abatido clavel, bandera arriada.
Si pudiera decirme de una vez
y no volviera a hablar, y Tú me hablaras
sólo una vez también; ¡ay, labio mudo,
beso sin acercar, fuente sin agua!
Dios vecino de mí, desconocido,
vacío que en mi culpa se amuralla;
busco en la tierra el grano y picoteo
contra la piedra y la desesperanza.
Yo tuve un día el trigo y lo conozco,
y la gota del vino rojo... Estabas
como en mi soledad estás ahora
y con mi soledad me desamparas.
Si pudiera dejar el alma mía
"entre las azucenas olvidada",
y ella olvidara el tiempo y la memoria,
y Tú en mi corazón me recobraras...
LA HORA UNDÉCIMA
que se aleja un instante - para siempre -
y es de dos todo el aire todavía
que en la distancia la retiene.
Y queremos llamar, y las palabras
sabidas no obedecen...
Si; era como la espalda de la amada,
donde ya se ha hecho tarde, donde crece
la sombra de la tarde, donde el día
se gusta aún, y no puede
volver... Era la espalda acariciada...
¡Adiós!¡Adiós!...Y solo el viento tenue,
en las ramas movidas, contestando;
sólo las manos juntas, confidentes,
contestando, perdiéndose...
¿O era el niño de oro, caminero,
allá entre los olivos...? (Una fuente.
Batres, el triste adobe ante el castillo;
señoríos hundiéndose.
Garcilaso, del pecho bien herido,
y no de amor la muerte...)
El niño mira, sí, nos va mirando,
nos acecha, sostiene
nuestros ojos; nos mira combatiendo
y se sabe más fuerte...
¿Era el niño de Batres que miraba
- y fue un momento solamente-,
aun mirando, mirándonos y dándonos
de su pan, de su suerte...?
¿Era el niño apoyado en unas piedras;
comiendo en unas piedras; suficiente
de luz, bien asistido
de la luz...?
Y no entiende
la sed de pronto alzada como un lobo,
la envidia con la lágrima, los dientes
con los dientes.
Amigos de aquel día,
¿visteis algo en mis ojos?, ¿se presiente
la luz?, ¿se ve la luz al mismo tiempo?,
¿puede alguien compartir la luz?, ¿beberse
la luz con los demás...?
Miraba el niño
a no sé qué praderas mías, verdes
todavía; sus puños diminutos
golpeaban mis paredes
de silencio, mis piedras de abandono,
mi cegada colmena, la simiente
del corazón, allí, entre la cizaña,
perdida, malcreciendo, confundiéndose...
Digo, quiero decir, que era la espalda
de lo que nos vacía y nos devuelve
a un reino en que los solos gritan solos.
Digo, quiero decir: junto a la fuente
de Batres, una tarde había un niño
comiendo de su pan, y yo fui huésped
de su casa, invitado de su mesa,
y vi una enorme mano sosteniéndole...
Y me volví, desalentado y solo,
ciego de luz ante la luz hiriente.
Memorias y compromisos. Madrid, Editora Nacional. (Colección "Poesía"), 1966.
MEMORIAS Y COMPROMISOS
COMPROMISOS ANTIGUOS
Tengo algunos antiguos compromisos de los que quisiera
liberarme ahora recordando.
Por ejemplo aquel con el niño pobre y no sé si mi amigo
de Covaleda solo y rubio y ralo de pelo atento ante la
nieve y nuestra puerta haciéndome envidiar su rueda
fresca con la llanta de corteza oscura y el corazón
amarillo hecha del tronco de un pino joven serrado
limpiamente.
O aquel con el perro que vigiló la muerte de mi padre y
se quedó luego mucho tiempo terco y gruñendo bajo
la caricia temblorosa en el mismo lienzo que sos-
tuvo la caja mirándome hondo y transparente y
acuoso mejor que yo le miraba.
O aquel con el asistente de mi tío a quien daba ver-
güenza mirar a las criadas y quería compartir
mi tristeza poniéndose muy serio después.
O aquel con la niña a quien quise regalar un frasco
de colonia que cogí vacío no sé dónde y que me
llenaron en la droguería mientras yo apartaba
los ojos del suceso y sobraba un poco y yo
creo que dije no importa y luego no se lo di a
ella porque quedaba triste y feo en el estuche
viejo con tiempo y polvo entre el terciopelo
rojo que no fui capaz de adecentar.
O aquel con el titiritero de largo cabello nazareno
de cuya sangre espesa huí asustado y con asco
porque le salía de la boca.
O aquel con el muchacho que forcejeó conmigo
en lo alto de una peña cerca de San Servando
por evitar que yo colocara la bandera pirata
mientras otros le arengaban desde lejos y se
dejó vencer yo sé que se dejó en el momento justo.
O aquel con la morena bailarina delgada en la escalera del
carro de la feria sonriendo apenas cuando yo pasaba
después de las clases de la tarde y un día
separando la cortina con los dedos pintados cerca
de la cama donde dormiría y se alejaba.
O aquel con el librero de viejo que después que otros dos
se negaron aceptó los libros del curso ya aprobado
y me dio unas monedas y mi madre esperaba fuera.
Tengo algunos otros compromisos antiguos de los que no me
acuerdo y de los que entonces sé que no podré
nunca liberarme.
EL LAZARILLO
Mi abuelo estaba ciego.
¿Era noviembre...?
Pensaba yo en el árbol que él oía
en una contemplación desorbitada,
cuando alteraban los pájaros
las ramas chirriantes,
había sido árbol en su vida,
árbol en su juventud.
Salíamos siempre juntos.
"Sube", decía yo, al llegar a los escalones
del Arco de la Sangre...
Y luego: "Baja un poco". Era el bordillo
ya cerca de aquel banco de madera.
Él apenas hablaba.
Reñía con mi abuela por Don Carlos.
Mi abuela era navarra;
mi abuelo, liberal.
Cuando les escuchaba me parecía raro
que se casaran un día
y que llegaran a acostarse juntos
en aquella cama alta con hierros dorados,
para que pudiera nacer mi madre,
y luego yo...
Mi abuelo, para oírme, se inclinaba.
Había tenido los ojos azules.
Y yo, con una oscura y dirigida voluntad,
y una fe ciega -ciega-,
contaba exactamente aquellas gotas
con que le distraíamos los ojos
blanquecinos y muertos
y muy fijos.
Mi abuelo no contaba cuentos.
Yo, sentado y muy quieto,
escuchaba con él las mismas ramas
violentadas desigualmente
por los inquietos gorriones.
A veces -cuántas veces-
en el otro lado del banco
una mujer y un hombre se estrechaban.
Si él se acercaba más,
la mujer le advertía.
El hombre, con un gesto, señalaba a mi abuelo
para tranquilizarla.
Era ciego.
Y ella, a mí.
Más tarde, entre los dos, una sonrisa.
Yo apretaba la manga
del abrigo del ciego,
que era gris, y era áspera, y me tapaba.
Y así algún tiempo...
"Hace frío, ¿nos vamos...?"
El hombre y la mujer se separaban,
cómplices de una espera
trémula y prometedora.
Mi abuelo, al levantarse,
tanteaba el respaldo del banco,
y acaso, torpemente,
rozaba aquella mano que abandonaba un punto
el hombro desprendido
de la temerosa muchacha.
Mi abuelo tocaba también
la tabla donde había estado
como si tuviera siempre miedo
de olvidar algo que nunca llevaba...
"¿Vamos...?"
La manga del abrigo estaba fría.
Yo escurría por ella la cabeza
para volver los ojos al banco
donde ya se juntaban
de nuevo las dos sombras...
"Sube un poco...", decía, mirando atrás.
Y luego: "Baja...", mirando atrás.
Y seguía mirando,
y me hundía mirando,
mientras pasábamos el Arco
que cobijaba a Cristo
y daba a nuestra calle.
Era como si la plaza se elevara
con aquellas cabezas
cortadas y fundidas...
"Es pecado, pecado", me decía.
Y mi abuelo: "¿Qué pasa? Me vas a hacer caer"...
Mi abuelo estaba ciego y no miraba.
SÓLO UNA FRUTA
Mis hijos son pequeños todavía.
Diariamente en la mesa,
llega la hora de la fruta,
y tengo que pelar una manzana
o una naranja.
Yo tengo prisa por terminar de comer.
Para mí la mesa suele ser una obligación
no demasiado grata.
Pienso que pierdo el tiempo
pelando esta manzana que miro silencioso.
Pero tomo el cuchillo y enseguida mi oficio
cobra una dimensión de no sé qué importancia.
(Me acuerdo de aquel jefe que tuve
hace ya muchos años.
Era muy alto, y me parecía
menos hostil que otros.
Allá arriba, en las sienes, le brillaba
el blanco cabello inicial
como a ciertos actores de cine
de tópica atracción entre muchachas
aún adolescentes.
Tenía yo entonces poco más de veinte años.
Y él hablaba así - mientras yo escuchaba -
con otros compañeros:
"Yo creo que el hogar
es sentarse a la mesa diariamente
y pelar fruta para cuatro"...
Otro día se murió;
sí, joven todavía.
Y cuando me dijeron que había muerto
yo solamente pensé en la mesa enorme de su casa,
sola con unos cuantos frutos
esperando aquel ademán cotidiano
y un débil malhumor que ya no volvería.)
Ahora, todos los días tomo el cuchillo, y tengo
que pelar la manzana o la naranja.
Me molesta, me aburre.
Siento que pierdo el tiempo,
que debo levantarme de la mesa
para hacer algo que creo más importante.
Pero me acuerdo de aquel hombre,
y cojo el cuchillo,
como agarrándome a la vida
que tengo todavía
entre estos niños y junto a estas frutas.
1936 - 1939
Como quien desatara ahora un paquete de cartas para decir
al nuevo amante "quiero que sepas que no me importa
nada el otro tiempo, que ya no hay huella alguna, que
ya no reconozco lo que me hizo sufrir", abro aquella
ventana de la cárcel donde ni siquiera "la mentira y
la envidia" me tuvieron encerrado.
Yo sé lo que es el miedo, y el hambre, y el hambre de mi madre
y el miedo de mi madre; yo sé lo que es temer la muerte,
porque la muerte era cualquier cosa, cualquier equivocación
o una sospecha; porque la muerte era un accidente en la
primavera, una pared contra la ternura, un día con boca de
muerte, y dientes de muerte y esperanza mortuoria.
Yo sé lo que es enfermar en una celda, y defecar entre ratas que
luego pasaban junto a tu cabeza por la noche...
¿Qué me decís ahora los que creíais que sólo me han movido a
cantar los lirios de un campo imaginario, y la rosa de papel,
y la novia como Dios manda...?
¿qué me decís los que me visteis pronto limpio y peinado, como un
niño que quiere llegar con puntualidad al colegio sin que
nadie adivine el estrago de su corazón familiar?
Aunque también os digo que todo era hermoso cerca de la muerte
menos la muerte misma.
Respirar, y amar de lejos, y morder un pedazo de pan era hermoso.
Y era hermoso que me prepararan un hato de ropa limpia, y que
me hiciera llorar el olor que traían las sábanas.
Y todo era como nacer cada día, y cada día era más bello que la
propia esperanza, y reír tenía un valor más profundo que el
profundo pozo de la inquietud, que la oscura caverna de la
impotencia...
Gracias, Señor, por haberme dejado sin heridas en el alma y en el
cuerpo, por haberme dado la salida sin odio, por no tener
lista de enemigos, ni lugares donde llorar por el propio
desamparo...
Yo sé lo que es amor; de lo demás no sé.
Quito el balduque porque ahora es tiempo.
He leído en un periódico: "Voici enfin les lettres de Víctor Hugo
á Juliette Drouet".
Se abren ahora porque ya no importa.
Así yo quiero abrir mi corazón, desatando la cuidada cinta que le
rodeaba sin herirle, y quiero que leáis estas cartas antiguas
que el mar violento de mi patria trajo hasta el arenal de mi
juventud absorta e invadida.
Os juro que no hay una sola gota de sangre que haya querido
conservar fresca sobre el tiempo; que quisiera haberme
dolido más para ofrecer ahora reparación con mi olvido,
o mejor, con mi memoria reclinada en la triste memoria de
mi hermano, como aquel que en la noche del invierno se
junta al caminante, y no pregunta, y une su frío al frío como
alivio... ¿No oís cuánto he callado? ¿Qué piedra iba yo a
arrojar contra los añicos de vuestros cristales? ¿qué cuenta
podía pasar a los muertos o a los hijos de los muertos?
Ahora quito la cinta de las cartas. Leed; leamos. Son amor vencido.
Tiempo del corazón. Males del hombre. Golpes de España...
Quemo lo que es mío. Yo, solo, me he quitado "el dolorido
sentir".
Hablando solo. (Premio de Poesía Castellana "Ciudad de Barcelona". 1967. Madrid, Ediciones Cultura Hispánica. Segunda edición aumentada, 1971 Colección (La encina y el mar), Núm. 41, 1968.
HABLANDO SOLO
CINCO HOMENAJES A RUBÉN DARÍO
YA NO TENGO MIEDO
tenía miedo"
R.D.
De noche,
algunas noches
hace mucho tiempo,
con miedo dentro de los ojos,
y entre las manos encontradas solas,
y en los labios,
sin la oración de pronto,
sin el beso todavía,
creía ver vacíos gigantes
que avanzaban
y pasaban hundiéndome.
Y estar solo era peor
que temblar bajo la planta
de los que llegaban.
Era hace mucho tiempo;
quiero decir, ayer por la mañana,
no hoy por la tarde
en que, acaso,
se acaba mi jornada de hombre.
Entrar en la tempestad,
en el concierto,
acogerse a sagrado en la mano
del padre, mirar a la cintura
de la madre,
aún esbelta, caminar
daba miedo;
aunque era todo tan hermoso
en la propiedad de los otros
que pretender un pedazo
de actividad, de compañía,
era temeridad o sueño.
¿Con qué,
de qué armas echar mano,
cómo incorporarse a la fila
sin que se notara, escandalosa,
mi bisoña amargura,
mi incapacidad para llegar
a aquella marca mínima,
para tocar
el puesto ambicionado?
Fuera, las arboledas,
aunque sangrantes, pobladas,
florecidas, cerraban celosas
los innumerables caminos
al abridor inerme.
Era mejor quedarse sin entrar;
no pedir, no empezar nunca
a disputar,
a desalmarse amando;
era mejor quedarse allí
donde el vacilante susurro
de una preparada hojarasca,
tendida como cuna,
proporcionaba un poco de música
al tímido desamparado.
Pero ya no tengo miedo.
Aunque he salido, no tengo miedo;
aunque estoy en plena corriente,
con mi balsa medio hundida y brillante
lúcida y desarticulada
por el furor del oleaje,
casi tocando el bajo fondo
de la arena sin nombre,
no tengo miedo,
o no tengo sentido del peligro
- sí, Dios mío, sí tengo -,
o la desesperanza
-¡qué extraño!- me sostiene.
He salido;
había que salir
y darle la cara a esto
que llamamos luz;
había que encontrarse con el día
solemne de los tributarios,
de los procesionales,
y de los disciplinantes.
Y aquí estoy en el centro
con la palabra en los labios
como una flor mordida con descuido,
o como el portor en el trapecio
que sabe que de sus dientes
puede pender la vida
de alguien.
No; no es soberbia;
tú me lo has enseñado,
tú que, humilde o poderoso,
no sé,
has vencido después de tener miedo,
has dado confianza a los hombres
en este destierro inaudito.
No tengo miedo, porque basta
una palabra para andar,
para rezar,
para unirse a Dios
o a los siervos;
una sola palabra pronunciada
con fe
ahuyenta la soledad
en el cuarto oscuro del niño,
en el cuarto oscuro del hombre,
en el cuarto oscuro del mundo.
LOS SONETOS DEL HOMBRE QUE VUELVE LA CABEZA
A PALOMA
Hoy he visto en tus ojos, niña delgada y mía,
la oscuridad primera del amor; en sus fuentes,
una arboleda hundida, con cien ramos crecientes,
alzaba su esperanza dulcemente sombría.
En tus ojos estaba toda la lejanía
de mi niñez. Pasaban por ellos tiempos, gentes,
que tenía olvidados... Hija mía, ¿no sientes
en su noche la estrella que a mí me guió un día?
No; no sigas. Las sendas, cegadas de maleza,
te harán caer. Y quiero detenerte. Y no puedo.
¡Qué poco vale el hombre que vuelve la cabeza!
Pero yo soy el daño, yo mismo la torpeza;
tengo miedo a mi sombra, tengo miedo a mi miedo,
a la herencia en tus ojos de mi propia tristeza.
Los tres poemas mayores. Madrid, Ediciones Oriens, Colección (Arbolé), Núm. 8, 1970. Comprende El parque pequeño, Elegía en Covaleda y La hora undécima.
Facultad de volver. En Toledo, Madrid, Palma de Mallorca, Papeles de Son Armadans, Núm. CLXXV, 1970.
FACULTAD DE VOLVER
La ciudad se termina junto a un río sin sueño
baja, con su costumbre de muchacha de campo,
a mirarse en el agua, a dejar que en el agua
desemboquen los ríos más chicos de sus brazos.
La ciudad aún se olvida de su actual estatura
en estos terraplenes donde el tibio regazo
de la arena conserva restos, muertes, memorias,
últimas iniciales, vestigios despreciados;
la ciudad está hundida de amor en su cintura
y ama serenamente lo que ha sido ya amado...
Aquí el furor parece que ha mellado sus armas,
aquí el tiempo se puebla de enmudecidos cantos;
se creería posible ver el suelo cubierto
con la arboleda innúmera de los frutos vedados.
No suena el agua, calla su desnudez doncella;
se va buscando un poco de ternura, buscando
los ojos de los puentes, las redes de los juncos,
la caña abanderada, la sed de los caballos...
Mas todo lo que huye deja un rastro de fuego,
deja cuellos heridos, cabellos enredados;
lo que se va nos deja silencios que ensordecen
nuestro sosiego un día sorprendido y lejano.
Pasa el agua tremante, desvelada, sonámbula
va gozando una orilla donde no brillan astros,
donde sólo los cuerpos se besan con los cuerpos,
donde casi se acercan las riberas, los labios.
Sí; todo lo que huye, como un dios elegido,
nos mira y se eterniza en todo lo mirado.
Se va el agua y nos deja la ciudad en lo hondo,
¡oh, pozo de Toledo, con Toledo manando!
Aquí estás. Tu caída nos arrastra contigo;
tu grito sin respuesta nos encuentra gritando
una tarde entre formas de silencio entre ramas
voladoras y unánimes de un gigantesco árbol.
Somos sólo una orilla; una orilla el quebrado
calor de los almendros, con el oculto timbre
de la cigarra -¿dónde la oí primero, cuándo...? -.
Estoy en la atalaya del Miradero; miro
cómo se acerca el río, tan quieto en sus meandros,
cómo piden ternura las torres de Galiana,
cómo eleva su pecho de oro San Servando...
Llegan ya los infantes de mi infancia; la pierna
desnuda entre los musgos; el pie hundiéndose blando
en el limo rojizo donde la hierba toca
las finas espadañas y el surco prolongado.
Bajo una clara urdimbre de nubes ligerísimas,
hacia Sanfont se tienden mis ojos, alanceando
los novillos del agua, que aceptarán sin queja
el yugo inevitable de los puentes romanos.
Alcántara en sus hombres jóvenes lleva al día,
y a trechos enrojece los pliegues de su manto;
San Martín que galopa bajo los cigarrales,
repartirá su capa de sombra lado a lado...
Ciudad, que en tus barandas me ves solo y atento,
que ni siquiera piedra soy desde mis estragos,
nada puedo ofrecerte que no sean palabras,
ciegas palabras...
Teo y el autocar de las ocho quince. (Premio "Hucha de Oro"). Madrid, (Ilustraciones: Munoa) Confederación Española de Cajas de Ahorros. Editorial. Nºregistro 936 Alcalá Madrid, 1972.
"Teo y el autocar de las ocho quince", estaba formado por:
Excmo. Sr. D. Emilio García Gómez, de la Real Academia Española.
Vocales:
D. Manuel Alcántara.
D. Vicente Botella Altube.
Dª. Carmen Conde.
D. Antonio Gallego Morell.
D. Francisco García Pavón.
D. Bartolomé Mostaza.
D. Ángel Palomino.
D. Agustín de Saralegui e Ibarra.
D. Antonio Vilanova.
D. Luis Ángel de la Viuda.
Secretario:
D. Francisco Fernández-Jardón.
Taller de arte menor y cincuenta sonetos. Madrid, Editorial Doncel, Colección (Libro joven de bolsillo), 1973.
TALLER DE ARTE MENOR Y CINCUENTA SONETOS
AMOR ES LA PALABRA
HABLAR no vale, Dios mío;
sé que hablar no vale.
Que no vale escribir porque estamos envolviendo, ocultando,
cegando la palabra que nos delate.
Sólo una vez -y no recordamos cuándo-
nos la encontramos en una esquina, fácil;
la sorprendemos en una garganta,
todavía sangre,
sombra todavía,
poco antes de pronunciarse.
Acaso la vimos un día desnuda
en los labios de alguien,
o en una frente, una ventana,
donde quería asomarse.
(Surcos de miedo nos detienen, sujetan el corazón,
como ante una puerta que se abre
y da al vacío,
da a la palabra, ¿o da más bien al aire?)
Tú me oyes, tímido conmigo;
forzado conmigo, y anhelante.
Yo te hablo, hombre; podríamos gritar ahora,
a un tiempo, la palabra, y la vida caería en trance.
Y ya todos podríamos conocernos en una noche de viento,
en un golpe de mar, o en la luz que entra en
esa habitación sin nadie.
Pero nos quedamos mudos, tenemos miedo,
somos ecos errantes
de
alguien
que dijo la palabra un día.
Parece tan lejos la clave...
Y, callados, soportamos
el diario examen.
Y nadie contesta del todo,
nadie se atreve a decir, nadie,
que Amor es la palabra.
Una música suena para el mundo. Oídla.
Una llama se enciende. No dejéis que se apague.
MUCHACHOS EN UN ENTIERRO
Estos hijos míos han ido hoy
por primera vez al cementerio.
Disciplinados voluntariamente
y un poco serios,
se han estado vistiendo.
El se ha puesto chaqueta y corbata
y zapatos negros.
Ellas han buscado entre sus vestidos el menos
llamativo, el que hoy por vez primera
se necesitaba discreto.
Han hablado poco y me han mirado mucho
y en silencio;
casi a hurtadillas,
como pensando y creyendo
que era cosa de mayores
esto de los muertos.
"¿Qué hay que decir? "..." ¿Cómo lo hacen? "...
"¿Cuánto dura un entierro? "...
Los tres iban y venían
como preparándose para un festejo;
los tres - ellas decían: "ahora van las mujeres
también" - se tropezaban, más tiernos
que otros días, hablaban
como más certeros;
se compadecían con la muerte
un poco sonámbulos y, sin saberlo,
entraban -¡con qué audacia! -
firmemente en su reino.
De pronto han visto que morir
tiene también su argumento,
sus entradas, sus salidas
y su inevitable acto tercero.
Iban a la representación,
creo,
con un poco de curiosidad
y otro poco de miedo,
y hasta con un pedacito de la pena
del amigo huérfano.
Estaban solos de mí ante la muerte
porque yo no conocía al caballero.
Eramos como dos mitades de un fruto
nunca visto por dentro.
se miraban, y me miraban,
y no acababan de entenderlo.
Aunque no sonara mi voz,
ellos
eran
el eco...
"Un día somos espectadores
y otro día seremos
protagonistas,
centro.
Estamos en primera fila
o en la última, donde casi no vemos,
donde casi no oímos..."
"No; no era muy viejo..."
Y vuelven a mirarme
detrás de un extraño hielo,
desde la otra orilla de un río
que no cruzaremos.
Una sombra
hay en medio
del agua, una barca
sin remos.
Apenas hemos hablado
cuando han vuelto.
Venían de asomarse a la boca ávida
de la tierra, al secreto
último,
y han dejado pasar el cortejo,
sin acercarse mucho.
El regreso
era la vida misma. Y el viento
movía ya
de nuevo
las altas ramas de los árboles
de nuestro
"Parque
pequeño ".
Ha sido mejor no acompañarles,
no conocer al caballero.
Han asistido solos a un ensayo" con todo "
de lo que tanto temo.
Sé que un día
incierto
"se quedarán los pájaros cantando";
pero
¿quién dijo
miedo?
Al fin y al cabo, la muerte
no es más que eso.
A las seis de la tarde todo ha pasado,
todo empieza a alejarse en el tiempo.
A las siete de la tarde mis hijos se han puesto
otros vestidos y se han quitado
los zapatos negros.
Era como si la muerte hubiera aflojado
sus dedos.
Otro día se quedarán solos con ella,
solos y compuestos.
Mañana, mañana, mañana...
O luego, luego, luego...
Es mejor que yo no haya ido
al cementerio
porque no conocía
al caballero.
RUINAS DE UN CAFÉ
Me acompañáis ahora ante esta puerta
deshecha, hojas con lluvia enternecida,
vientre de una pared, cal percibida
por una oreja rosa, malva, muerta.
Yace mi juventud en la desierta
cueva. ¿Quién habla dentro? -" !Vida! ¡Vida!
se oye gritar. La mano que no olvida,
al ver su soledad se desconcierta.
Hay escombros con luna; son jazmines
que le roban su luz a los jardines
y traen el cuello aquél, aquella frente.
Aquí estuvo el amor; otra vez puro,
- "¡Vida! ¡vida!"-, dirá desde lo oscuro,
y otra vez matará al adolescente.
Toledo. Madrid, Edición completa. (Ilustraciones de César Olmos). Editorial Teype, Colección (La selva que navega), Núm. 1, 1973. Contiene los libros Toledo, Corpus Christi y seis sonetos, Facultad de volver, poemas relacionados con Toledo de La red y Geografía es amor, además de otros poemas de tema toledano.
Sonetos y revelaciones de Madrid. (Premio "Francisco de Quevedo" del Ayuntamiento de Madrid 1974). Madrid, Ediciones del Ayuntamiento de Madrid, 1976.
SONETOS Y REVELACIONES DE MADRID
LA PALOMA EQUIVOCADA
de otra torre venida, desnortada,
de balcón a balcón - tibia nevada -
lenta se esconde, tímida se asoma.
"No todos los caminos van a Roma",
piensa ya la paloma equivocada.
El poeta lo sabe. (¡Casi nada
sabe el poeta ya del daca y toma!).
Pero a la nieve nadie la sujeta;
libre se cree, desde el tejado al plinto,
como si fueran sus caminos diarios.
Y esto no lo sabrá nunca el poeta
ni la paloma ni su laberinto,
sino mi corazón y sus contrarios.
SONETOS A LA ALAMEDA DE OSUNA
Le ha nacido un jardín en la cabeza
a la esfinge silente, arrodillada,
y un concierto de música dorada,
tras de la verja, sin cerrar, empieza.
Golpea otoño aquí. La fortaleza
del llamador no alcanza la posada.
"¡Ah, de la casa...!" Y nadie; No; no hay nada
que despierte a la piedra en su belleza.
Desnuda espalda en la muchacha ungida;
hombros nunca vencidos por la muerte:
labios que han entregado un solo beso...
Tiene nombre quien nunca tuvo vida,
y el agua al repetirlo nos advierte
que eso es la gloria y que el amor es eso.
SONETOS EN EL MUSEO DEL PRADO
EL GRECO
Desde niños nos hemos conocido.
Yo te tenía miedo. Eras la llama
de la muerte, el sarmiento, la retama:
siempre ardiendo de amor, siempre ofrecido.
Había visto a Dios por ti, transido,
hecho hombre por ti; roja la rama
de un árbol infinito, del que ama
muriendo y en la muerte halla sentido.
Hoy que te encuentro aquí, sigues clamando,
mueres para seguir resucitando
y más me dueles cuanto más te admiro.
Ya, de niños, nos vimos en Toledo.
Tú eras el cielo y te tenía miedo,
y hoy tengo miedo al cielo si te miro.
Súplica por la paz del mundo y otros "collages". (Premio "Boscán" del Instituto de Cultura Hispánica, 1973) Barcelona, Instituto Catalán de Cultura Hispánica, 1977.
SÚPLICA POR LA PAZ DEL MUNDO Y OTROS "COLLAGES"
casi por esa mano que sostiene
mi cuerpo en la ladera agotadora.
Mis pies resbalan en la piedra húmeda,
manchada con la sangre de los héroes.
Yo mismo araño el suelo, arranco piedras
y tierra, que ahora caen en mis hermanos.
En la mitad de la montaña hablo,
pidiendo luz que ya no pueden darme
las ventanas, los ojos de los muertos.
Sobre el pretil de una azotea habían
puesto una piedra solimán. A ella
iban llegando todas las hormigas,
y, en probando a comer, caían muertas.
Y, como si enviaran mensajeras
a las que estaban como a media legua
y hasta una alrededor, para invitarlas
al solimán, veíanse caminos
llenos de ellas viniendo al monasterio.
Madre que caes, Ofelia niña, hija,
sombras del caracol, golpes sin música
de la campana hundida; catedrales,
barcos de sal, botellas a la nada,
desolación de las mensajerías,
sé que la voz no os llega, que no sirve
decir los nombres del amor.
¡Valedme!
Devolvedme la fe, la fe en el hombre,
la fe en el lobo, solo en el desierto,
criatura de Dios que acaso miedo
tiene del hombre y mata por el hombre.
Un corro de verdura había; tengo
la mirada en la casa que no existe,
las manos en la fuente que no vuelve,
y si la toco es sangre en las acequias.
No quiero ser el hombre; no, no quiero
ser el brazo que se arme contra el brazo,
el horror que entre horrores se confunda.
No quiero ser el pozo de mí mismo,
la herida de mí mismo desangrándose;
ni quiero desertar del hormiguero
donde toda armonía se destruye,
toda belleza cae, toda estatura
termina ciegamente violentada.
No quiero ser el hombre si he de serlo
fuera del techo de la paz. El hombre
que por matar al hombre se ha creído
inmortal a las puertas de la muerte.
LA SOLEDAD DE UN ROSTRO
de lo que fue hace siglos, mas sin gente.
Como contigo, un alba me rodea;
como a tu lado, oscura está mi frente.
Por otro cuerpo vas, por una idea
que trae su agudo rayo de repente,
y todo lo enriquece y lo verdea
al viento matinal, junto a la fuente.
Voy a tocar el agua, como un ciego
que sigue el muro del ayer, y luego
al ver mi rostro de hoy, hundido y triste,
cierro los ojos sobre el tiempo mío
para dejar tan solo en el vacío
brillar más puro el resplandor que fuiste.
Los cristales fingidos. (Premio "Ángaro de Poesía") Sevilla. Editorial Católica Española. Colección de Poesía (Angaro), Año X, Núm. 63, 1978.
LOS CRISTALES FINGIDOS
JUEGOS ALLÁ ABAJO
Está sonando
una guitarra.
Muchachos
y muchachas,
cantando,
la acompañan.
Suben las voces
acordadas,
distintas,
hasta mi ventana.
Ahora son ciertos los cristales
por todo lo que separan.
Su juventud y su música
y mi música callada.
Aparecen las frescas
mejillas rosadas
bajo esta nieve
asomada
a las sienes del hombre
que se resiste a afrontarla
con la cabeza
alta.
Los muchachos hacen una rueda
y cantan.
De pronto la rueda
se para,
y alguien sale del corro
hacia una muchacha
a la que besa
en la cara
como en un rito, como en una
ceremonia sagrada.
No ceden,
no bajan
los ojos de él y de ella;
exaltan
el triunfo
que se alcanza
en los días que ya no vuelven nunca.
Las cartas,
precipitadamente servidas,
marcan
la cifra ciega
de la esperanza.
¿Qué sentirá esa boca
mañana?
Vendrán otras bocas
a besarla,
a hundirse como náufragos
entre la piel dorada.
Ahora sigue sonando
la guitarra
al lado del círculo.
Y nadie la salva,
nadie puede
salvarla
de su música
dramática.
Para el que mira
todo, allí abajo, canta.
Y aquí, en los cristales
ciertos, la mirada
del hombre
se afana
por llegar a la entrada
de la tienda prohibida
y levantada
ante sus ojos.
Todos parece que se aman,
y no lo saben, ni saben
que el solitario habla
desde una torre
alta,
ya casi
derrumbada.
El sabe bien que nadie escucha,
que a nadie importa su palabra.
LOS CRISTALES FINGIDOS
Aquellos lejanísimos cristales
¿se han roto, oh Dios, o se han oscurecido?
Entre sombras camina el que ha perdido
del cielo azul las únicas señales.
Ayer de mis más altas catedrales;
ayer del corazón y su sentido;
ayer de un sueño hermoso y compartido,
con Él siempre asomado a los vitrales,
¿qué fue del hombre, qué de aquel sustento
tan traído y llevado por el viento
con cada día de la primavera....?
¿O nada era verdad? Oscuro, oscuro,
golpeó el ciego impenetrable muro.
No era la luz, pero el cristal sí era.
OTRA VEZ (I)
Otra vez, padre mío, en el recuerdo,
en la desolación del desterrado.
¡Qué poco, padre mío, te he llorado!
Voy a pensar en ti... Dudo; me pierdo.
Me cobijo en un bosque sin salida.
¡Gritad, pinos de Soria! Él nos espera
en no sé qué imposible primavera
donde el amor renacerá a la vida.
Renacerá a la vida, a la costumbre.
De ti me llegará la nueva lumbre
que libere al hogar de tanto frío.
Tú no me ves; no estás. Vuelve a nacerme,
vuelve con tu gran mano a adormecerme.
¡Qué poco te he llorado, padre mío!
LOS CRISTALES FINGIDOS (II)
Escribo, los. Tres letras no son nada,
ni tres reyes, ni tres tabas de hueso,
ni los labios unidos por el beso,
ni los cielos que traen la madrugada.
¿Y esos cristales? Carne atravesada
por la espada de un sol sin voz ni peso.
Memoria del cristal... Decid ¿qué es eso?
Ruinas de una ciudad abandonada.
Abandonada, incierta por fingida.
Fingir, cuidar y sostener a un hombre,
impedirle que vuelva la cabeza,
hacia la vida. Pero ¿qué es la vida?
Los cristales fingidos de mi nombre
que apenas dan a un patio sin belleza.
El arrabal. (Premio Internacional de Poesía Religiosa "San Lesmes Abad" en 1979). Burgos, Monte Carmelo (Viñeta: Oscar Estruga), 1980.
EL ARRABAL
cuando llega al arrabal
de senectud".
Jorge Manrique
Estas manos que tienen aún memoria,
que alojan la pasión y han provocado
un bosque, un fuego, un viento arrebatado
¿qué son sino temblor, cárcel y escoria...?
Una tierra adelantan, una orilla
del arrabal, del terraplén oscuro;
arañan azucenas en un muro
de cal donde se asoma ya la arcilla.
Estas manos que alzaron la belleza,
que hicieron del amor su fortaleza
y eran la eternidad de un tiempo breve,
torpes, y abandonadas, y distantes,
pasan sobre la nieve, como antes,
y ahora saben del frío de la nieve.
y me dijiste: "Mira, este es el hombre".
Me diste la pasión y con su nombre
la posibilidad del alfarero.
Imagen era tuya y semejanza
de Ti mismo. Creé como creaste;
tomé del mismo barro que tomaste
y alcé una criatura a la esperanza.
Hace ya mucho tiempo. ¿Merecía
la pena hacerse dios de cualquier modo
para acabar en estos sueños vanos?
¡Qué hermoso fue crear cuando creía!
En mis manos estuvo el amor todo
y todo se me ha ido de las manos.
Esta muchacha y su hermosura antigua
y su ademán de enamorada calle
que va con las ventanas de sus ojos
hacia los arcos del amor triunfante,
¿de qué lugar del sueño se ha escapado?,
¿de qué reino en que estuve hace un instante?
Hace mil años ya, pero conozco
de su piel encendida las señales.
Pasa con sus navíos por el agua;
abre sus velas; sabe de cien mares:
quieren dejarse hundir por su madera
y hacer brillar cien veces sus metales.
En la penumbra, un arenal sombrío
intenta recordar los cuerpos ágiles.
Aquí estaban un día, pero el viento
borró la oscura huella de la sangre.
La letra se refugia en la costumbre...
¡Adelante los nombres; adelante!
¿Quiénes sois? ¿Dónde estáis, sílabas muertas?
Es memoria falaz la de la carne.
Esos cabellos sueltos, esos brazos,
esos pies que se hunden, leves, graves,
esa pierna que avanza irrepetible,
ese velado pecho inalcanzable,
¿qué tejados tendrán?, ¿qué fina lluvia
harán caer en un pinar sin nadie
donde algún corazón sienta sus pasos
y estremezca los nidos al mojarse?
Señor, Tú eres el agua que ha anegado
los caminos de oro en esta tarde.
Conocían mi huella entre los pinos
que confunde la noche al acercarse.
Tenía la belleza por fortuna;
tenía un cielo azul por hospedaje,
una plaza cuadrada con palomas
y un palomar donde habitaba el aire.
Arriba estabas Tú con la mañana
llena de sol. Tu mano, dulce y grande,
se apoyaba en los hombros de la tierra,
bajaba a mis balcones a tocarme.
Hoy se han oscurecido de repente
los troncos dibujados de los árboles
donde a tientas persigo inútilmente
el testimonio de las iniciales.
No ver. Y no tocar. ¿Y oír? ¿Quién habla?
O ¿quién calla?. El silencio es tu mensaje.
Eres Tú quien escribe lo no escrito,
Tú que jamás repites lo que sabes.
Aledaños de escoria - no escoriales -
la mano, férrea, inevitable, altiva,
llamando en una puerta siempre-viva,
siempre-muerta... ¡Qué cerca las señales
del Dueño que aminora los caudales
de aquél edén con flor que nadie liba,
con agua escasa, y mísera, y cautiva
de los siete pecados capitales!
El arrabal se crece en su estrechura;
toda ciudad y toda criatura
se presentan prohibidas y distantes.
Las banderas, rasgadas por el viento,
no son en las almenas del lamento
ni sombra ya de lo que fueron antes.
Tregua, La red, Geografía es amor. Madrid. Espasa-Calpe. Colección Austral, Núm. 1634, 1982.
Nuevo elogio de la lengua española. Madrid, Real Academia Española. Ibergráficas, S.A., (el día 13 de marzo de 1983). Discurso de ingreso en la Real Academia Española, escrito totalmente en verso y contestación de Camilo José Cela.
Sonetos españoles a Bolívar. Caracas. Liminar de B.V.E. Prólogo por Mario Briceño Peroso. Editorial Arte,(Biblioteca Venezolana Ediviagro), Núm. 3, 1983.
SONETOS ESPAÑOLES A BOLÍVAR
EL RETRATO
Alta la frente, pálida y surcada
de caminos. (¡Qué bien reparte el viento
la fina red de pelo ceniciento
sobre la sombra de la piel tostada!)
Boca de un fino trazo dibujada,
ojos oscuros donde asoma atento
el ardiente volcán del pensamiento
y una viva sonrisa inesperada.
Breve la talla, angosto el pecho, el paso
decidido, y aún firme en el ocaso
midiendo cada pena en los regresos.
Todo él un campo erguido de batalla;
bajo el cuello cerrado, una medalla.
Y América temblándole en los huesos.
¡TRIUNFAR!
Contra aquella pared del triste huerto
de Pativilca, casi derribado,
como un árbol sin hojas y asomado
a la pálida luz de un sol incierto,
¿eras el genio de la guerra o muerto
estaba ya tu pecho de soldado?
¿rendía ya tu nave su costado
al abrigo oscurísimo del puerto...?
En la angustia mortal de aquella hora,
alguien te preguntó: "¿Qué harás ahora?"
Rompiendo el aire con tu voz entera,
"¡Triunfar!", dijiste. Y la palabra pudo
cubrir de flor el árbol tan desnudo
y anunciar la cercana primavera.
LA MUERTE
a bordo de la fragata"
(Palabras del Libertador antes de morir).
extintos de las venas, "No -decías-;
el lecho, no". Las cuerdas preferías:
temblor de mar y vuelo de alcotanes.
Se quebraban en flor tantos afanes
tantos triunfos de tantas rebeldías,
tantos desmesurados mediodías...
Fuera, la sombra de los capitanes.
"Vámonos ya; que lleven mi equipaje
a bordo..." Y no. Bastaba para el viaje
la mano del Señor, ya tan cercana.
Atrás, sí; la fragata que fletaste,
veinte velas que al viento desplegaste,
veinte nombres de tierra americana.
Piedra y cielo de Roma. Introducción de Camilo José Cela. Madrid, Espasa-Calpe, Selecciones Austral, Núm.123, 1984.
PIEDRA Y CIELO DE ROMA
EN LA NOCHE ROMA ES UN MAR
Sí, las sirenas de Roma son las estatuas...
EUGENIO MONTES
como una cabellera, tan oscura,
que avanzas hacia el día, sola y pura,
jugando con el viento en las esquinas...
Cúpulas que se elevan sobre ruinas,
estrellas que sonríen en la altura,
columnas que nos miden la estatura,
olas que sobrepasan las colinas.
Noche de la ciudad, abre tus fuentes:
que pasen silenciosas por tus puentes
y apasionadamente por mis venas.
En Roma son los templos los navíos;
en Roma sombra son los ojos míos;
en Roma las estatuas son sirenas.
EN LA TUMBA DE KEATS
estaba
escrito
sobre el agua".
Ni una flor, ni un poema,
ni una oración hablada...
Yo te traería
una muchacha
que he visto
esta mañana.
Se cubría con un sombrero
de paja
rodeado por una cinta
encarnada.
Tenía los brazos redondos
y la piel muy blanca;
parecía una columna cubierta
de telas agitadas;
era un enigma
para mí;
una catacumba cerrada,
una remota noticia del amor,
el mismo amor recuperando sus alas.
Se movían sus hombros, sus caderas,
porque sonaban
las cuerdas melancólicas
de una guitarra.
Ella no sabía
que estaba
al lado de la que fue
tu casa...
Te la traería ahora
para
que
pasara
un momento
junto a esta lápida
y
rozara
tu frío con la tibieza
de su falda.
Te prometo
que iré a buscarla.
Es posible que ella se asuste
-" los viejos y Susana" -
como una corza
sobresaltada,
o que acaso me siga, vagarosa
como un pálido fantasma.
Estará como siempre,
eternamente sentada
en la barbaccia
de la
Plaza
de
España.
Indiferente
y descuidada,
no se sabe un misterio
ni una rosa que estalla;
no sabe que es una evidencia de vida,
indeleble y arrebatada,
como tú eres el verso que no borrará nunca
la arena de ninguna playa...
"Sonríe el blando cielo, el leve viento
susurra, dulce: Es Adonais que llama"
Adonais, Adonais,
reja trenzada,
laberinto que a sí mismo
se engaña, súbita revelación
enterrada,
verso que en lo oscuro se tiende,
urna de oro sacra,
y en esa urna, ceniza
delicada.
Aquí yaces entre silencios,
mudo ya como una campana
descendida
de su espadaña
que un día volteó entre las cigüeñas
de nieve amanecida y desplegada.
Corazón sorprendido en un sueño,
labios en el barro y garganta
implacablemente segada.
¿Qué haces entre otros muertos?,
¿cómo respondes a quién te lama...?
La pirámide Cestio
señala
un cielo gris, ahora
con una nube malva.
He pasado la puerta de San Pablo,
cerca de la muralla.
El monte Testacio
se elevaba
sobre los vasos rotos
y los restos de las ánforas.
Minerales brazos,
asas,
cuellos, bocas hundidas,
acalladas,
que nunca tuvieron
el don de la palabra...
El cementerio de los Protestantes
es como una bandera verde y blanca
- hierba tierna y sol húmedo
entre las lagartijas rápidas -.
Nadie en la tarde
me acompaña.
Hay que aprender a estar solo y muerto
definitivamente hasta
el final de los siglos de los siglos.
(Y aquí mismo, la aljaba
de amor tuvo sus flechas
preparadas,
aquí donde la vida todavía
es una imitación de la esperanza).
Hay que morirse de cualquier manera
cada mañana...
Ella estará allí todavía,
sentada,
dejándose mirar como
si tú la miraras;
allí, quieta y ausente
como una sirena anclada;
sin pensar
en nada,
inexpugnable y hermosa,
y caiga
el que
caiga;
dejando su mano
abandonada
para que sus dedos sean
acariciados por el agua
que intenta copiar
tu ventana
en la
barbaccia
de la
Plaza
de
España.
Galiana. (Premio de Poesía "Ibn Zaydun"). Madrid, palabras previas de Jesús Riosalido. Instituto Hispano-Árabe de Cultura, Colección de Poesía (Ibn Zaydun), Núm. 8, 1986.
GALIANA
digo que sí y que sé donde está la escalera"
EL COLLAR DE LA PALOMA
En el amor no vence nadie. El hombre
no vence en el amor. El amor vence
sin nadie, sobre nadie. Es el olvido
quien pisa su coraza luminosa
un día, y luego sombra, y luego nada...
Yo no fui el vencedor. De aquel Toledo
no queda nada ya, ni de aquel niño.
El barro aquel, la tarde aquella, el tiempo
no eran verdad. La niña rubia, arriba,
no era verdad. Y yo soy la leyenda
que permanece en la penumbra, y duda.
Y nadie sabe. Y no existió Galiana,
ni el oro enfrente o la muchacha en brazos
de los balcones. Y la mano escribe
sobre otra mano pálida y distante
que se perdió en la turbiedad del río...
Aquí está aquella Puerta de Bisagra,
y el dintel, y los arcos de herradura,
la fila de troneras, las almenas
donde el azul se vuelve gris y plomo;
el Cristo de la Luz, las califales
cúpulas diferentes; la mezquita
de El Salvador, la piedra y el ladrillo;
las Tornerías y los Baños árabes;
los saledizos rojos de Santiago
del Arrabal, el Cristo de la Vega
y el cementerio musulmán; las aves
negras en el campo de oro del Corral
de Don Diego, sus muros esmerados;
las filigranas de las yeserias
con el nombre de Alá multiplicándose.
Y Galiana, y su ruina, y su memoria...
Pero te busco y tú no estás, Galiana.
Nunca fuiste. Ni yo soy. Ni mi triunfo
sirvió de nada.
Dicen que vencido
fue mi rival, y que tu mano dulce
fue el premio de mi audacia y de mi robo,
y de mi guerra y de mi duelo. Es cierto.
Es cierto: de mi duelo, sí, del duende
que me persigue, de la queja insomne
que corre, peregrina, por el río
y entristece a Toledo y lo rodea.
Eso sí permanece: la escritura
en el oído atento, el alarido
inacabable, prolongado, el fondo
de Dios que el amor tiene, y esas manos
tendidas hacia el agua que extremadas
fueron su gozosa regalía.
A veces la palabra es el silencio,
la maldición, la calma sobre el bosque;
y la huída en el mar encadenado,
y el vaso, la mortal forma de agua.
No alcanza ya el amor quien ha tenido
el amor, y al amor aquel se vuelven
los amarillos besos, y los labios
con memoria amarilla en su marchita
rosa amarilla que la edad deshace...
¿Te llamabas Galiana? ¿Se llamaba
Galiana aquella dama que corría
entre las clases por el sol del patio
y rompía las cuestas de Toledo
y abría el trigo por los cobertizos?
¿Quién es el vencedor? Y me pregunto,
el vencido ¿quién es? ¿Tú, que en la noche
gritas por el amor que yo he olvidado?
¿Tú, olvido mismo, que te enseñoreas
en esta soledad abandonada
que yo he buscado a espaldas de los dioses?
¿O esos hombros que esquivan la belleza
a esa otra mano a la que pertenecen?
(Sobre el hombro derecho se leía:
"Estoy hecha por Dios para la gloria")
Ya no se va tu santo al cielo; el río
espera inútilmente aquellos peces
rojos, precipitados, del verano:
espera al niño que endulzó la tierra
con su propio sabor. Y su albedrío
bastaba a la esperanza y al deseo.
¿O soy yo el vencedor? Los vencedores
apiñan sus trofeos, sudorosos.
No duermen. Les desvelan los laureles.
Miran en torno y están solos. Lloran
con las manos vacías de victoria,
con el hastío en las mejillas pálidas.
Los vencedores, los supervivientes,
en su torre de luz encarcelados
muestran las indelebles cicatrices
del arma moribunda, del acero
del contrario, que brilla en la alta luna
desde los ojos de su calavera.
Abren el memorial de los desastres,
las atalayas que mantiene el viento
y las arboladuras sobre el casco
del barco, destrozadas y solemnes.
Pero los señalados aún insisten:
aman sobre el amor de una mortaja
y otra mortaja. Los resucitados,
frenéticos, son muertos y lo saben.
La mano inconcebible de la nieve,
la mano diminuta del rocío,
la mano paulatina de la lluvia,
y el trueno con su voz indescifrable,
y el beso del relámpago, furtivo,
y del sol extremado, extenuante,
y el de la estrella más allá del éxtasis...
Todos son signos del amor, Galiana,
sobre el osario de los torreones,
todo labios mojados, resbaladas
gotas que la deshecha piedra absorbe.
Ya no sé dónde estaba la escalera;
no hay apoyo en la tierra ni en el cielo
para llegar a ese peldaño último
donde un cuerpo de luz y otro de sombra
inventan la armonía estremeciéndose.
Un desterrado es el amante, y tierra
la lejana mentira de su patria.
El vencedor se mira y no conoce
el barro aquel, la tarde aquella, el niño
aquel, la piel espléndida y dorada
y el sufriente silencio esperanzado.
Amar después fue comprobar el hueco
de un pozo, y un abismo, y una soga
en el cuello viviente y estrechado.
Pudo más el vencido en su agonía;
murió de amor diciéndolo, gritándolo,
y el grito permanece sobre el tiempo.
Es verdad la leyenda, y es mentira
la sucesión amante de las noches
y el canto repetido del que ama.
Es verdad la leyenda, el alarido
de un dios que desafía a Dios quejándose.
Sube el grito a las calles de Toledo;
vuelve a bajar al río y nunca cesa.
Ahora se acerca, navegado y cómplice,
vengador y rehén y testimonio.
El perdedor es un adelantado
de su propio final.
Y yo soy otro.
Soy el vencido, el que termina amando
la soledad de todos los silencios.
Las aves humilladas son más altas
que nunca, se tropiezan, se deshacen,
se arrastran como dioses que regresan.
Y aquella voz, Galiana, que es el río,
la ronca voz del río interminable,
está sonando en mí y entre los besos
que no me pertenecen y me envuelven.
Choca en el arrecife de los astros,
desprendidos de las constelaciones,
El mascarón de proa es tu desnudo.
(La voz de la paloma en el boscaje
repite su canción de rama en rama).
En las cuadernas suenan nuestros huesos.
Mis olas te acarician sobre el mar.
Galiana, amor, Galianas mías, mías,
y de la muerte ya por vencedoras.
Carta a la madre. (Premio Mundial "Fernando Rielo" de Poesía Mística). Madrid. Preliminar de Pere Gimferrer. Epílogo de Pureza Canelo. Ediciones (Caballo Griego para la poesía), Colección (Pentesilea), Núm. 10, 1988.
Carta a la madre. Original mecanografíado 1-2
Carta a la madre. Original mecanografiado 3-6
Carta a la madre. Original mecanografiado 7-8
Carta a la madre. Original mecanografiado 9-10
CARTA A LA MADRE
¡Cuánto amor hay debajo de la tierra!
Te escribo, madre mía
mirando al aterido
desnudo del crepúsculo,
en una tarde en la que ya no estás
ni puedes apoyarte en mi costumbre,
cuando unas nubes tenues, sin destino,
pretenden aliviar, inútilmente,
con un destello de color lejano
el dolor de este cielo que me sigue
o me precede, perro fidelísimo.
He arrojado muy lejos mi memoria,
y él vuelve jadeante,
sin nada entre los dientes
agresivos y blancos;
otras veces el perro del recuerdo
se queda atrás, y vuelvo la cabeza
y no hay nadie esperándome
¿Nadie ha vivido nunca en estos ojos...?
"Todavía mi queja
es una rebelión;
su mano pesa sobre mi gemido".
Tú, ¿dónde estás? No sales a tu hora.
Estrella mía, aliento
cristalizado, barro ilustre, piedra
hacia tu destrucción inevitable;
moneda de oro atesorado y mío,
ennegrecido y ciego, fría escoria
y desembocadura
de un río caudaloso
que no va a retornar hacia sus fuentes.
Te escribo desde un árbol y una rama
y en un paisaje donde estabas quieta
como una hoja perenne,
sin estación, ni nieve, ni cellisca,
ni vendaval. Estabas. Y eso es todo.
Te escribo y sé que escribo
para que no me leas;
las cartas - ya lo sabes -
son del que las escribe.
Y llora el propietario de esta carta
en la desoladora
tristeza de su verso;
el avaro de amor, lleno de espanto,
golpea muros, puertas y ventanas
ante la oscuridad del cuarto oscuro.
Mientras escribo, madre,
con cuidado, tú puedes asomarte
- aunque yo sé que nunca oiré tus pasos -
por detrás de mi hombro
para que en mí te veas prolongada
con palabras tardías y sangrantes
debajo de los astros veladores.
¿Quién va a medir mi tiempo desde ahora,
la huida levantada de los pájaros,
la inexorable perdición del sueño,
la carcoma que activa los relojes?
Porque tú eras el aire y su finísima
trama, como el arroyo en su discurso
que, cuando menos fuerza lleva, y pasa,
deja ver los diamantes de su fondo.
Si te acercas, asómate con tiento,
camina de puntillas por si acaso;
que no te vea caminar, lo mismo
que no te vi morir ayer -"ven muerte
tan escondida"- y lee un poco si puedes,
si te dejan tus ojos y separas
un momento la tierra que los cubre.
Habían ya perdido su exquisita
ventana azul y la certera espada
que llegaba a mi pecho sin herirme.
Mar viviente. Edición no venal. Madrid. Editorial Naval, 1989.
MAR VIVIENTE
MEMORIA DE MI MADRE DESDE EL MAR
Si miro el mar ahora está tu pura
mirada en ese rostro amplio y sombrío;
plata y azul, y niebla sobre un río
que alcanza ya su desembocadura.
Plata y azul. Y niebla que perdura
sobre mi corazón muerto de frío,
extraño a los rigores del estío,
sin más calor ni luz que su amargura.
Si yo durara como el mar y viera
en mi espejo tus ojos y pudiera
conservar algo tuyo todavía...
Pero mi mar termina en esta arena
y tú no durarás más que mi pena.
¿Que será de nosotros, madre mía?
SE PIDE EL SILENCIO DEL MAR
Esto son mis memorias, mis afanes,
mis confesiones hasta donde puedo,
lances de mucho amor y de algún miedo,
esfuerzos de pigmeo entre titanes.
Me dieron unos peces y unos panes:
unas palabras. Y alguien con el dedo
pronto me amenazó. Estaba en el ruedo
mi carne entre los dientes de los canes.
¿Son otros o los mismos todavía...?
Siguen ladrando... Y él no les hacía
nada... Con palos y con cuerdas pegan.
Enséñame a callar como tú callas,
oh mar, en el silencio de tus playas.
¿Son galgos o podencos los que llegan?
NEGACIÓN DE LA AURORA
Yo sé que es una música lo primero que llega;
luego es una palabra que apenas dice nada;
pero en ella ya esconde su luz la madrugada
y, vidente, se eleva desde la noche ciega.
Tú eres, mar, como un manto que se abre y que despliega
su soledad e invade la mía abandonada.
Yo fui el dueño de oro de la espuma rizada,
el dios crédulo y puro de la orilla andariega.
Vuelve a la piel la linde de aquella carne hermosa
donde el sol persistía con su lumbre celosa
y escribía belleza donde ya estaba escrita.
No amanezcas, oh mano, que todo lo desnuda,
y tú, palabra mía, quédate siempre muda
y que la muerte exalte tu apetencia infinita.
DEL CAMPO Y SOLEDAD
Del campo y soledad dije algún día...
de soledad y mar hoy me rodeo;
pero en el campo aquél pienso y me veo
cerca de aquellos pinos todavía.
Lejos ya el joven corazón tenía
la misma soledad, y soy el reo
de amor que entonces era, aunque no creo
en muchas cosas en las que creía.
Venid, pinos, al mar; palos mayores,
creced en mis navíos interiores,
que van confusamente a la deriva.
Todo es inalcanzable entre la bruma:
sobre el acantilado, la alta espuma,
y ayer, la cumbre con la nieve altiva.
EL RELOJ DE ARENA
Mis palabras se van como esta arena
por el paso sin luz de la garganta
que estrecha su caudal y que decanta
las horas, los silencios, la condena...
Las cuentas interiores de la pena
no le dejan espacios al que canta,
y hay un cristal que fija y abrillanta
y vuelve a unir lo que desencadena;
eslabones del alma fría, roja,
midiendo por instantes la congoja
para desembocar en lo sabido.
Se colmaba en lo alto con la vida
y ahora cae sin cesar, lenta y suicida,
en el pozo insondable del olvido.
Soneto a Madrid. Del libro Madrid: Historia. Arte. Vida. 1991, pág. 19.
Poesía. 1ª y 2ª ediciones. Fundación Central Hispano, 1996. Antología poética con selección, introducción, cronología y bibliografía de Joaquín Benito de Lucas.
Antología Fundamental. José García Nieto, Premio Cervantes 1996. Edición de Javier Díez de Revenga. Universidad de Alcalá, 1997. Contiene Memorias y compromisos (1966), El arrabal (1980) y Galiana (1986).
Poesía. 3ª edición. Fundación Banco Santander, 2014. Antología poética reeditada con motivo del Centenario de José García Nieto. En esta edición se incluye un "Colofón lírico en prosa" bajo el título "Sobre el oficio de poeta" con nueve textos, la mayor parte de ellos inéditos, y un "Epílogo epistolar", con la carta del poeta a su nieta Sara, "Carta para una niña muy pequeña". Selección, introducción, cronología y bibliografía de Joaquín Benito de Lucas e introducción al "Epílogo..." de Javier Expósito, responsable literario de la Fundación Banco Santander.
Quisiera tener todas las voces. Edición del Instituto Cervantes, 2014. En este libro se incluyen los versos "VIII: Palabra, sangre, mano desprendida y fecunda", pertenecientes al discurso de ingreso de José García Nieto en la RAE, Nuevo elogio de la lengua española.
Creación y memoria: Gerardo Diego-José García Nieto, Edición de Francisco Javier Díez de Revenga. Editorial Anthropos, 2014
Versos para la Navidad, Edición comentada de Fernando Carratalá Teruel. Editorial Pigmalión, 2016
Epistolario inédito Victoriano Crémer-José García Nieto (1944-1976). Edición comentada de Xelo Candeal Villa. Editorial Renacimiento, 2023
SONETO A MADRID
Centro de España, corazón, latido
de fecundas y unánimes orillas,
almena singular de las Castillas,
faro de luz, señero y repartido,
eres un libro abierto y ofrecido
-siete estrellas, setenta maravillas-;
sabe bien a qué altura creces, brillas,
quien con amor a diario te ha leído.
Corte con tu lección de cortesía,
tesoro de tu sol a mediodía,
y en los ocasos con tus oros viejos...
Madrid, no rompeolas, atalaya,
ciudad para vivir donde las haya
y evocación de un sueño si estás lejos.
Libros de prosa.
Donde el mundo no cesa de referir su historia. Murcia, Editorial Godoy, 1983. (Preliminar de Camilo José Cela).
Salutación de Camilo José Cela.
La prueba más dura y cruel a la que puede someterse a un poeta
es la de ponerlo a escribir en prosa; la mayor parte de ellos fallan y se
delatan porque la poesía quizá no sea un arte que pase por la cabeza,
como la novela o la arquitectura, sino una enfermedad del sentimiento,
como la música y la danza. El hecho de que esta enfermedad pueda ser
gloriosa, como con frecuencia lo es, no desvirtúa ni un ápice lo que aquí
se supone. Los caminos del arte, como los de la belleza, son incontables y
cualquiera puede ser bueno si es bueno el resultado obtenido.
Inversamente, el sendero de la inteligencia es único aunque pueda ser
varia su expresión. Para las artes geométricas -el toreo, el ajedrez, la poesía-
no cuenta el talento sino el dibujo que pintan las circunvoluciones de la
sesera en su laberinto, que tanto pueden dibujar la huella del genio como la
de su primo carnal: el tonto.
La cruz, el envés, de esta regla general enunciada no tiene por qué ser
cierta, y el ejemplario de los poetas inteligentes no habría de resultar
difícil de componer; quiero decir que la poesía procede al margen de la
inteligencia y que la calidad de aquélla no implica la presencia de ésta
aunque, en justa contrapartida, jamás le dañe.
Agradezcamos a García Nieto el favor que a todos nos hace al añadir
un punto de claridad a lo que ya empieza a ser claro. La literatura es la
expresión de un pensamiento que, en su origen, no tiene por qué ser
literario. La literatura es la concreción de un sueño que, en su cuna, nació
para ser olvidado. La literatura es la incisión que se hace en el tiempo
para que siga su fluir y no se tope jamás con un final redondo. No: el
tiempo, como la literatura, no tiene ni principio ni fin; lo que quizá pueda
morir redondo es el tiempo -o la literatura- de cada cual (hombre, anécdota
o período histórico, que esto importa menos).
Jorge Guillén, el altísimo poeta de quien el autor de este libro toma el
título que le da, sabe que la poesía no cabe sino en el poema; lo único que
nos falta por aclarar es la identificación última del poema que, en su más
honda esencia, no puede ni confundirse con el verso ni escindirse de la
prosa. Y entonces y una vez más: ¿dónde, los géneros literarios?.
El cuaderno roto. Oviedo, Ediciones Caja de Ahorros de Asturias, 1989. Colección "Los contemporáneos Asturianos". Sección de crítica de la revista La Estafeta Literaria.
Durante unos años, El cuaderno roto, fue una sobresaliente sección de crítica de la revista La Estafeta Literaria, que aunó el elogio de todos los lectores; sección en la que quedó bien reflejada toda la extraordinaria erudición de José García Nieto.
El cuaderno roto, al igual que la lírica de su autor "canto de la belleza y de la verdad, a través de lo real", también es un importante testimonio de una época de la cultura española, en la que José García Nieto es uno de sus principales personajes.
Literatura infantil.
Pipepaco en la selva. Madrid, (Ilustraciones de José Francisco Aguirre), Editorial Magisterio Español, S.A.
Apenas recordaba nada de lo que había pasado en los días anteriores.
Ahora, cuando abrió los ojos, se encontraba como el que sale de un profundo sueño;
un sueño que hubiera durado años y años. Estaba tendido en una playa, con trozos de
maderos y broza marina a su alrededor, y un mar azul e inmenso ante él. Las olas
llegaban despacio y casi le tocaban los pies. Un sol alto y potente le acariciaba con sus
rayos. Iba notando que el calor le hacía mucho bien y que templaba poco a poco sus
vestidos, que estaban todavía mojados. Cuando quiso incorporarse, le dolían los brazos
y las piernas. Intentó ponerse de pie con un nuevo esfuerzo, y cuando quiso dar algunos
pasos, cayó en la arena todo lo largo que era.
CARTA A LA MADRE original mecanografiado 3-6
CARTA A LA MADRE original mecanografiado 7-8
Copien trescientas Veces.
Como la maté. Marzo 1943
El Titiritero
El Indiano. Julio 1946
¡Guau....,guau....,!
El Inmortal
Josito, el descontento
El abrazo
Las cartas
El tesoro
La lamentable historia de Felipito. Julio 1972
El colegio
Pablo, come...
La cintura parisién
El vestido estampado
El ceñidor púrpura




