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" NUEVO ELOGIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA" I
Hoy he puesto mi mano, como otros días como otras noches, como otras madrugadas, en el papel, y mi mano temblaba. De pronto, me he dado cuenta del tesoro de la herencia, y de la leyenda dorada. Era dueño en un solo minuto del tiempo del poder y de la gracia, y de la fuente secreta y del bautizo de la esperanza. Me he encontrado entre los dedos no sé si un juguete o una materia sagrada, un rostro invadido por la alegría o una frente súbitamente extática. Hoy he visto que por mí vivía el supremo don de la palabra. Moneda inmerecida y refulgente, alucinante rayo, centella arrebatada, surco de una cosecha milagrosa, campo con una mies inesperada, abeja de un panal innumerable, torre de luz, almena abanderada. Me ha estremecido ver bajo mis ojos la posesión y la fragancia de lo poseído. Todo era como una fiesta en la gran plaza, donde los labios y el pensamiento se juntaban y salían a correr parejas en la arena, en la sangre del alma. Con el fulgor de cada letra, con el sonido de cada cuenta desgranada, he escrito Dios y ha aparecido un fuego en el tejado de mi casa; he escrito Amor y se ha llenado todo de hondísima templanza, de trigo recientemente cernido y de nieve sobresaltada. He escrito Madre y me ha crecido una hoja en la piel y se ha poblado un bosque en la montaña... ¿Cómo empezar?, ¿ cómo seguir?, ¿que pétalos escoger o que armas...? Hay un ilimitado paraíso en el cuadro de mi ventana. Puedo decir qué cosa son las cosas que amo y que me aman; las que aprieto como tremantes cinturas y las que me rodean como reverentes guirnaldas. Puedo elegir en el gran cofre abierto la gema deseada. Un río hay ante mí que nunca cesa, una pirámide levantada, un cielo que se estrella con la noche, un velo azul que se abre en la mañana... ¿De dónde vienes, cuerda que ahora pulso?, ¿de dónde, forma de la idea, rama de un árbol hospedado de pájaros, concha de las mas insospechadas aguas? Dicen que un día, al lado de unas líneas, que un pergamino dorado guardaba puso unas letras pequeñas y tímidas y vírgenes y marginadas, un estudiante de latín, un monje cuidadoso, y que, minuciosamente las ordenaba. Casi como lo escribo era lo que creaba; pero había un grito contenido que se hacía canto de libertad en la página. Y cada letra era un botón de rosa, una niña que abría los ojos y miraba, una pluma en un nido tembloroso, una piedra raramente cristalizada. Como la luz hermosa e indecisa que nace con el alba, iba abriendo su día lo escrito, y se extendía y se derramaba. De la pella de barro iba creciendo la criatura iluminada. Y había un mundo nuevo para el escriba; misteriosamente le acompañaba; crecía y sonaba en su pecho como el voltear de una campana. "Era entonces Castilla un pequeño rincón" y San Millán, una antorcha recatada. Iba cuidando el monje el fuego naciente en la soledad castellana. Allí estaba el manjar de los siglos de los siglos, la sed que por primera vez se saciaba, el escudo tendido entre la hierba, mas brillante después de la incruenta batalla: hogar con la tea para transmitir la lumbre, luna candente en la noche sobre la nevada, ola prestando su sangre al innúmero silencio de las playas, vaso de dos manos que se juntan para las vísperas del agua. Y ahora soy yo el que canta sólo para el que va conmigo como en el romance se cantaba. Escribo a los mil años, mil años de tierna labranza, de surcos que se han sucedido bajo el sol o sobre la escarcha. ¿Que mano llega misteriosamente a mi mano?, ¿ con que conocido ritmo me acompaña? No soy yo quien escribe, quien mueve en el aire, y canta sobre la canción, quien asalta la mansión ofrecida, sobradamente regalada. Calor, pulso, medida y número recibo que entran por los balcones de mi casa. Se acercan los aleros, los artesonados de las sonoras estancias, los teatros y los estadios cobijados, los cuévanos resonantes de la palabra; se acercan los zócalos y los frisos y los capiteles de hoja rizadas, y piden sitio y nombre, y orden, y línea, y almohada, y tiempo en el tiempo y distancia. Espacio piden para llenarlo de sentido, vasija para recoger la gracia, las innumerables y comunicantes cárcavas, la medida justa de las habitables estancias, los secretos de la hierba diminuta y la estatura de las montañas. Todo llega en una procesión caliente y sucesiva y recreada, buscando ser nombrado en la nueva parábola. Duda el labio, bebe el labio la fortuna del legado y lo proclama. Hablar es ser más hombre dentro de la hombría sustantiva, ser dueño de la música bautizada. Si no digo, no soy. No soy el que soy si no lleno el vacío de mi casa con una eterna melodía dulcemente paladeada. No eres tú hombre, hombre de enfrente, si mi voz no te llama. No puedes tú entrar en el sublime juego, en la misteriosa contradanza, en el mágico concierto, en los peldaños de la escala, en el templo de la armonía, compañera, muchacha para quien puedo ejercitar los cristales que se entrechocan en la garganta. Si tu respondes es porque has oído, es porque te señalas y te desnudas entre las ramas del innumerable bosque que anda como en la tragedia de Macbeth andaba; es porque también atesoras y guardas la clave que te pertenece, que te revela y en la que te exaltas. En este predio creo porque crees, camino porque caminas, hablo porque hablas. En el combate, en el diálogo las lanzas se vuelven cañas. El cáñamo las une, y por ellas el viento serenamente pasa. Y tú, niño que llenas de iluminada sonoridad mi casa, débilmente, torpemente, imitando, imitándonos - con qué empeño -, ensayas lo que será dominio y potestad en el tiempo: las notas primeras de la flauta. Aquí surge el manantial, aquí se rompe la tierra para que nazca la fuente. Tú eres un dios; tú traes ocultas en tu aljaba las flechas todas que ahora se afilan en la sombra preparada; tú eres un dios y vas a calmar a las fieras y vas a sobresaltar la balanza: un platillo en la tormenta que brama; otro, en la lluvia que al relámpago aplaca. Ya suena el mundo, ya grita el día, ya ríe en la hoguera la brasa, ya va a salir del parque solitario la conversación de las estatuas. Ya está el hombre dando señal de vida, señal de alma bajo el techo del templo de las cien mil lámparas. Se estremecen en el universo vicioso los labios de las galaxias. Y todavía digo yo más, dices tú más si acertamos a dar con la palabra. Niño de oro que con una naranja en la mano te acercas para decir, que ya estás diciendo y cantas, ! qué miedo de pronto! qué miedo, nubes mudas y erráticas, si el silencio reinara eternamente a nuestro alrededor, si nadie pudiera romperlo - fantasma vacío, dramático mar en calma, huesa desenterrada, corazón deshabitado de su sangre, ojo sin la blandura de una lágrima -, si nadie tuviera una lengua de fuego, de gloria, de posible añoranza, de música sabiamente, dulcemente ejercitada... A los mil años escribo sobre el amarillo de la antiquísima página. Háganos Dios los veladores, los claveros y los patriarcas, los dueños de las profecías y de la memoria resucitada; demos a los hijos, y a los hijos de nuestros hijos, la mejor forma de ganancia, el zumo de la fruta, el ojo brillante y la boca ávida. Por nosotros habla el poeta del Mío Cid, y Nebrija, y Cervantes hablan; con nosotros escribe Teresa, la mandadora y la bien mandada, y San Juan de la Cruz, el madrecito, y Fray Luis de Granada y Fray Luis de León y el Marqués de Santillana; El Arcipreste ," bien mancebo de días" que hizo "muchas cántigas de danza", y Don Juan Manuel y el Canciller de Ayala. A nuestra mano llega Jorge Manrique - nardos cubriendo una mortaja -; el autor de La Celestina, sangre en el cuello de una paloma blanca, y Garcilaso que hizo mas hermosa y nuestra la " melodía italiana"; Calderón, que es una lluvia de oro heráldica en una custodia de plata; Lope, un relámpago de azahar en la noche, un pétalo de sol en la enramada; Quevedo, una agonía que se ríe, una muerte que no vuelve la espalda; Tirso, las cuatro de la tarde en Toledo entre almendros y entre cigarras; Góngora, una panoplia brillante de " espadas como labios" y labios como espadas... "No le toques ya más que así es la rosa" , así la libertad de la rosa deshojada, así los hilos del tejido que ordena la poderosa trama de los nombres. Iluminad, amigos míos, la fachada de mi hogar escribiendo amistad y beso, y paloma y biznaga, y magnolio y laurel y tamarindo, y camino y pleamar y enramada, y ciervo y corazón, y ruiseñor y alondra y águila. Envolved en pañales cada letra antes de darla al mundo, y bendecidla por recién estrenada. Decid conmigo hermano y hombre y pétalo, y decid luz y plegaria. Decid conmigo lengua, salvación de los miedos; decid conmigo lengua para que suene patria.
II
Me he parado en el tiempo y alguien aquí se para. He mirado a lo alto y otra cabeza yergue su frente que ahora imita la luz de primavera. Lo que aquí se detiene conmigo es el lenguaje: semilla rumorosa y elevación del fruto. Lo que aquí se detiene conmigo es la palabra, esa torre, cruzada de fe, que se revela, ese corcel que pasta mis campos de ternura o levanta sus cascos a las constelaciones en la noche infinita que enmudece contigo o puebla de cadencias el cuerpo de los astros. Tú eres mi testimonio, mi cruz y mi linaje; mi estirpe, mis paredes o mis portales eres, mis tejados que esperan tu ruido con la lluvia, mis hogares que hablan con la leña quemándose; la madera que toca la amistad de los puertos, las alas que en las alas encuentran compañía, la fuente que mil fuentes escogidas enlaza, el río que recibe los ríos y los nombra finalmente y se queda solo con sus orillas. Te adueñaste del mundo limpiamente y cantando, solamente diciendo : " yo traigo la esperanza". Lo que no era nombrado no existía. La tierra prestó la emocionada cueva de sus oídos, el pálpito impaciente de un corazón unánime que esperaba en la sangre las claves sucedidas, que respira, respira, y alguien escucha y sabe. Tu mirada profunda contempló lo mirado; después sola te fuiste sin volver la cabeza. Te dejaste riquezas, ramos de territorios, arenas marineras y desiertos y bosques donde el desconocido pájaro entretenía umbrías vegetales que no alcanzaba el sol. Todo lo que miraste se cubrió de hermosura, quiero decir, de nombres, que fueron pulso y orden, y designios futuros, y amor y sal del tiempo. Fraternidades únicas llenaron los espacios. Tu ausencia no lo era, porque ya estaba el puente tendido sobre el tiempo. Podías recrearte en todo lo entregado más que en lo recibido ! Que soledad de pronto si todo enmudeciera, si el eco no llevara lo que tú le regalas! Pero nadie está solo, nadie tiembla en el miedo si alguien dice su nombre en un rincón del mundo. Ahora cierras los ojos y te ves bautizando las gracias y los símbolos y el mar y sus primicias, los campos que la luna nevaba estremeciéndolos y el monte inaccesible con nieve verdadera... Ábreme puertas, puertos, viajes y travesías. Pásame en esa barca de oro con cuadernas que, estrechadas y acordes, establecen la música; llévame al aire como la casa de Loreto para que fecundemos el porvenir sonando. Contigo voy cubierto de una ajustada tela; el hábito me hace y tú me lo has tallado: eres amor y él viste como Ausias March decía.
III
Conozco a los que hablan, los he oído; conozco a los que cantan; conozco a los que dicen la primera palabra, a los que inventan la rosa blanca del entendimiento; conozco a los que nacen con el día, a los que si se cruzan se saludan como en un musical y eterno encuentro; conozco a los que van hacia la tarde con la delgada vecindad del campo; conozco a los que salen de la mina, a los hacheros del pinar, a todos los que tocan el don de la materia; a los boyeros que en un grito juntan la sonora costumbre del camino con el destino oscuro de la rueda; conozco a los que a punto de hablar callan y ocultan la canción en el altivo pecho, y a los que baten sobre el yunque el hierro rojo; a los que están, conozco, alrededor del árbol milenario que da nombre a la plaza y ocio y sombra. Conozco a los que dicen de la vida y a los que van a conversar con ella; a los que con la nieve en la cintura de las casas se acercan y repiten sus andanzas y sus aconteceres bajo el tejado blanco de la aldea. Conozco la salmodia convenida de los que juegan con los naipes ágiles, y dicen unas sílabas y bastan. Conozco a los pastores que contienen los hatos bullidores del lenguaje y los recogen cuando cae la noche. El cuchillo del habla es su secreto, la hoz comunicante y brilladora que espera diariamente el acto vivo de la conversación como la espiga. Conozco a los que, lúcidos se cambian recuerdos y aprensiones y memorias; a los barqueros que dividen sabia- mente la flor del agua y luego unen con una sola voz las dos orillas del río y vencen con su voz las voces, los rumores con piedras del arroyo. Conozco a los que cantan sobre el ruido del taller, y se mueven, y se entienden; a los que una babel inconfundible levantan cuando suena la campana que clausura el sudor y la tarea; a los que encuentran el hogar abierto, y dejan la herramienta, y sus afanes son la palpitación de la existencia... Eres tú, niña mía, la palabra, la que nos enaltece y justifica: joya de castidad, desnudo cálido, apertura causada y oferente, afirmación del pecho y su resuello, tú, sal y cavidad donde se aloja tú, arcilla y cera, y pan como alimento, tú, palabra, esperanza del destino, confirmación de dos sobre la tierra. Yo los conozco; llevan tu estandarte en alto y, entendido , lo hermosean. Ellos son los honderos de tu cuerpo, los que te cuidan y te fortalecen, los que podan tus árboles y buscan el limo mas nutricio para el bosque. Ellos son los que eligen tu frescura, tu luz mas convincente en la arboleda, tu resplandor que desafía al fuego, tu majestad de estrella anunciadora. Yo los conozco porque ya se acercan y tú, tan suya y niña te adelantas. Palabra, nunciatura y compromiso esquila blanda, piedra salvadora, viento que arrebatado nos explica, arena que en la arena se distingue, gota que entre la lluvia es una y única. Los que te traen hacen mejor el mundo; en andas de las bocas van los nombres; porque somos nombrados existimos; vamos hacia la vida por el ruido, estamos en el mar como las islas, y es la palabra el agua que nos cerca, y nos hermana, y nos protege, y somos las llamas unitarias del incendio. Yo los conozco. Van a hablar. Escucho. Se acercan y los ídolos levantan. Abren las puertas vivas de la música, y la conjugación de los violines penetra en los dominios del silencio.
IV
Ya está completa y todavía posible, abierta y ascendida la canción. Se adelanta el tiempo de los conocimientos, y la aurora opera su prodigio. Hablan, hablaron otros de lo que era la invención del día. Se había completado un fuego; a su calor venían los coloquios. Con todo el oro, todo el viento, toda la voz del mar; las soledades compartidas, unidas con las luces primeras. Con un orden se mezclaban las claves, los enigmas. Las bocas, mudas antes, eran origen de la fiesta grande. Tuvo el hombre más extensas vecindades, hermandades más últimas y acordes... Nebrija había dicho que la lengua fue siempre compañera del imperio; pero ahora el imperio es ella misma. Ocupa paz, lugares en la tierra; aplaca la distancia, y duele menos el vacío entre dos que hablan y rezan. Este es el ámbito, el claro dominio. Hacia las costas más lejanas, hacia los campos y las selvas, hacia los ríos sin orillas, hacia los pinos y los palmerales, un cinturón sonoro hace posible que la tierra se cerque y se atavíe con el alrededor del castellano. Esta es la gran corona, ésta es la ronda; ésta, la señalada circunstancia; éste, el rastro que siguen los amantes de una voz compartida sucediéndose. Es el emperador el que ahora dice: " Señor obispo, entiéndame si quiere y no espere de mí otras palabras que estas las de mi lengua castellana, tan noble que merece ser sabida y entendida de toda aquélla gente que se precie de nombre de cristiana ". " Como trompeta con tambor resuena" , se canta en el Poema de Almería. La princesa Isabel, tercera de este nombre, reina y señora natural de España, la recibió en un código esmerado " para que florecieran las artes de la paz" Pedro Mexía, el de la Silva varia dice que lo aprendió de sus padres quiere dar como herencia en sus vigilias. Juan de Valdés, que en Cuenca fue nacido, y que escribió el sapiente Código de la Lengua, dijo que ya en Italia se tenía por galanura y gentileza saber hablar la lengua castellana, tan abundante, y tan gentil y noble. Y Martín de Viciana, nuestro renacentista, nos dice que es la lengua castellana " cortesana y graciosa, inteligible y conversable". El cordobés Ambrosio de Morales, que estudió en Salamanca, sentenció: " Yo no digo que afeites nuestra lengua castellana; lávale bien la cara, no le pintes el rostro; quítale suciedad y no la vistas bordados ni reclamos; dale buen atavío de vestido que pueda aderezar con gravedad". Fray Luis de León dijo: " Yo pongo en las palabras concierto, y las escojo, y a todas ellas su lugar asigno". Pedro Malón de Chaide, que supo enaltecer la hispana ascética, elogia las raíces españolas: " ¿ En que lengua escribieron Moisés y los profetas? En su lengua materna, la que hablaron el zapatero, el sastre, y el tejedor y el cavatierra, y así el pastor y todo el mundo entero". Y Fernando de Herrera, creador de la escuela sevillana, dice de nuestra lengua que es grave y religiosa, honesta, tierna, suave y magnífica y alta. Francisco de Medina, profesor en Jerez de la Frontera, escribe que no hay lengua tan copiosa y tan propia de significación; tan suave al pronunciarla y de tanta blandura que se dobla a la parte. De Miguel de Cervantes son palabras éstas, sobre la lengua y su abundancia: " Campo fértil, y abierto y espacioso. por el cual, fácilmente y con dulzura, con elocuencia y gravedad se puede correr con libertad, por el que los ingenios españoles con el favor del cielo, se han levantado en nuestra edad dichosa con nombre y con ventaja" Luis Cabrera de Córdoba, el autor de la Historia de Felipe Segundo, dijo que, aunque sabía de más lenguas que otras veces usó, procuró que la lengua castellana fuera mas general y conocida en toda tierra donde el sol alumbra. Y Bernardo José Alderete, que de Málaga era, dice que si los nuestros trabajasen su lengua castellana y sin afectación la ataviaran con aseo y limpieza y con cuidado puesto en lo que adorno y realce cupiera, no sería inferior a otras en el mundo alaba, y que ventaja les haría. Juan de Robles, que fue el autor del libro El culto sevillano, estima que escribirla es de ingenio ejercicio, maravilloso y de muy grande estima. El maestro Gonzalo Correas, cacereño, dice de nuestra lengua: " Como la mar las aguas de los ríos convirtió en sí vocablos forasteros", también que " es grave, llena, dulce, clara, sonora y más distante y extendida". Y José Pellicer dice de ella: " no hay otra tan fecunda y elegante". Y Feijoo nos recuerda los ingenios que supieron llegar a engrandecerla. Y Gregorio Garcés también evoca al copioso Cervantes y al verso en la arbolada de Fray Luis. Forner en sus Exequias quiere alzarle un justo monumento. Que, aunque la muerte temen y el fin de su reinado, " es dulce lamentar de sus pastores" el que encuentra el rebaño numeroso con celo de sentirse conducido al mas feliz de los advenimientos.
V
No; no quiero pensar que te extravíes, que seas el revés de lo que nombras. ¿Lo que tú has sostenido con el peso de un único sonido dulce y solo, andará por la tierra con sonámbulo temblor, con madrugada que se extinga sin alcanzar la plenitud del día? Nadie podrá encontrarte si te pierdes. Otro, con otro mundo, será el nombre, pero no aquel que optó por ser primero, víspera de algún joven paraíso. Te cambiarán como a un ropaje hermoso en tu más delicada antigüedad por algo que no sabe lo que encierras con tu primera savia en el origen. Se cubrirá tu pátina paciente, tu claridad de cuna meridiana, tu apresto de heredada lejanía, por algo que ahora venga de otro orden, de fuente peregrina e invasora. Ya se apresura y llega lo temido; ya se mueve mi labio de otro modo, cuando, tras el prodigio de los montes que han mirado el paisaje del idioma, se oculta el sol cautivo de los oros que te dieron su peso y su medida. Tú eras dócil, palabra en tus dominios; obedecías a la idea, alzabas tu música sagrada a las estrellas, pero alguien vino a desterrarte, a hundirte en la desolación o en el silencio. Tengo que responder con una lágrima a los nuevos bautizos incesantes que te quieren mudar inútilmente, mientras tú, tan hermosa y tan primera, habitas en las noches paulatinas el lugar de las desapariciones. Pero aquí me detengo a contemplarte, a llorar tu entereza y tu abandono, a despertar de nuevo en la espadaña el voltear de la campana antigua. Hasta una habitación de miel y aire llega el eco nupcial de lo perdido, que hace sus bodas con las latitudes que nos hermanan y nos sobreviven. Es como un huracán que, subterráneo, oye bramar la tierra y la confunde. Desde lo más profundo, la palabra dice el amor de los que la sembraron y escribe en las gloriosas catacumbas: " Aquí han estado antes los poetas". Ellos fueron las voces nombradoras; ellos, la sucesión de los sonidos; ellos, el pentagrama de las notas; ellos, los que salieron con el alba, y velaron las armas, y tomaron la lanza, y destruyeron los gigantes del sueño, la pereza y el olvido.
VI
No estamos solos. No estaremos solos ya nunca. Allí esperaba la leyenda hecha verdad, allí nos esperaba, apercibida y bien dispuesta la remota antigüedad, que se hacía cercanísima y nueva. Allí se anunciaba la proclamación de la arboleda. No estábamos ya solos. Otros, a nuestro lado, formaban la cadena. Oían, nos oían y seguíamos la claridad de la misma senda. Entendían, nos entendíamos ya con voces idénticas; tirábamos al aire la moneda de nuestra afirmación y del futuro de nuestra empresa. Inaugurábamos el tiempo con la misma primavera; abríamos el cielo de la esperanza con la misma certeza: emparejados, empeñados en la misma tarea. Defendíamos - pechos como escudos, lenguas como pacíficas saetas - la misma fortaleza. Se tendían los mismos puentes, descendían con las mismas cadenas, y las palabras eran, sobre las torres compartidas, las almenas empavesadas e idénticas. No estamos solos. No están ellos solos. Aquí está Eldorado para quien entienda, aquí, mejor que todos los tesoros, la incomparable riqueza, aquí, en las páginas de un libro, la riquísima herencia. A la memoria venían las primeras jornadas del encuentro, las deslumbrantes y misteriosas evidencias. El mar, inaccesible y único había abierto un día su escarcela para recoger una palabra lanzada al aire: " ! Tierra ! ". Ella fue la salutación hecha al mundo desconocido; ella la que había soltado el lazo que anudó las muñecas del Almirante - nuevo Ulises - al palo mayor de la carabela. Habían cesado los miedos y las vacilaciones y las destructoras sospechas. Dejaron de cantar - ¿vencidas o vencedoras? - las encantadoras sirenas. Una palabra - la palabra - dentro de un grito sería la primera de las que luego cumplirían la fecunda cosecha. Los recién nacidos meridianos se extenderían como venas por un cuerpo vecinal y amante que iba a ser vergel y residencia, mañana del mundo que nos duplica o nos completa.
VII
Hay algo que está andando por donde yo camino; alguien que me repite y se ajusta a mis huellas, lenguas que están diciendo las cosas olvidadas, que están resucitando lo que muerto creía. Ya llega a mi palabra la resonancia nueva, la música de hoy mismo sobre el antiguo verbo. ¿ O es aquél el que suena, el que yo tuve un día, el que en tiempos remotos se quedó en los desvanes? Hombres jóvenes vienen, impetuosos se acercan, entran en las antiguas salas de aquellas casas donde, entre polvos quietos, los muebles, recogidos, esconden su riqueza que nadie apetecía. Pero llegan los hombres nuevos, los herederos; descerrajan, revuelven cajones y gavetas, y sacan las alhajas, las preseas, las joyas, donde reconocemos de pronto lo perdido. Son los conquistadores de hoy, son los centauros de un tiempo nuevo, y, ávidos, recobran lo que es suyo, recobran lo que es nuestro, lo que de nuevo amamos porque en sus labios suena como sonó otros días en los de los abuelos, y apenas lo sabíamos. Veinte países cantan la canción regresada; hablan como se abre la flor de la memoria. y recrean los nombres y repiten los nombres la selva paraguaya, de andadura implacable, que se abre mansamente con los nombres de Cristo; el Uruguay que escucha sobre la gran llanura al payador que inventa su copla en los boliches y que mira el voleo de las boleadoras y los pañuelos rojos debajo del sombrero; Argentina con fuerza de toro en los galpones, entre gauchos cobrizos con cintura de plata, con los gallos gigantes de llameantes crestas y exvotos de la Virgen de Luján entre lazos; con Córdoba que, hablando, se adelanta a la música y vio a Manuel de Falla, solo frente a la sierra. Recreando los nombres, repitiendo los nombres, orillando azuladas timideces del lago, vienen los conductores de rebaños de llamas, femeninas, mezcladas con pacientes burrillos que manchan de ceniza la Bolivia antiplana; allí cactos con flores moradas o amarillas alzan el candelabro donde anuncian su muerte. Y recrean los nombres y repiten los nombres los guías que nos abren la catedral de Cuzco - Perú de Machu Pichu - donde era una rodela el sol, y había un pájaro que para hacer su nido deshacía las piedras con un poco de hierba. Recreaban los nombres, repetían los nombres en la ciudad de Lima, huérfana de la lluvia, como una Andalucía de trémulas campanas, y en Caracas, que baja del Ávila y su niebla, con rejas y cancelas barrocas en las casas, donde yace Bolívar, y su voz, nuestra, digo calla con la palabra libertad en la boca. Y recrean los nombres y repiten los nombres Bogotá y Manizales y Cartagena de Indias que llega en los dorados mascarones de proa, donde la caracola del castellano suena mejor, y con su acento Ximénez de Quesada le dio cuna a la lengua perfecta de Colombia; Panamá que ha tejido un cinturón de agua para partir " por gala" los dos labios de América y que trae en el lomo crestado de la iguana los tiempos en que no eran los hombres ni los nombres. Hablan en castellano las siete Salamancas que alzaron los Montejo en tierras yucatecas, donde México luce su emplumada serpiente que repta en las pirámides de dentada estatura y rueda bajo bóvedas el sol del calendario mientras canta en las ramas el " clarín de los bosques ". Y recrean los nombres y los nombres repiten mujeres habaneras que ven llegar los barcos y extienden su mirada por los cañamelares, cuando entre las maracas la palabra española es una buganvilla que en Atares se crece; como en Santo Domingo, a orillas del Ozama, donde dejó amarradas Colón sus carabelas, se reza lentamente la oración de la tarde en una iglesia abierta con velas encendidas contra la blanca luna que nieva en los jardines. Y recrean los nombres y repiten los nombres en Nicaragua, llena de lagos y volcanes, donde Rubén Darío y el " divino tesoro" de la palabra calla junto a un león dormido, y en Honduras, profunda como su nombre hermoso, y en el Monte de Plata, digo Tegucigalpa, con patios andaluces - carteles y azulejos - y ángeles que aletean bajo las catedrales. Y recrea los nombres y repite los nombres El Salvador, cuajado de agresivas colinas y de floridas chacras junto a los cafetales, y Costa Rica hablando ceceantes palabras bajo el Irazú verde con columnas de humo, donde ruedan carretas polícromas y unánimes tiradas por pequeños bueyes color canela; y Chile, prolongando el alto grito andino, ese fuego oscurísimo del reino del salitre y el verbo de Gabriela Mistral, de lodo angélico: " amanecer de siesta y oración no arribada". Y recrea los nombres y repite los nombres Ecuador cuando mide la cintura a la tierra, llenando con sus lagos los cráteres extintos; Guatemala que reza con alfombras de flores, dando al suelo la gracia y el color de un vestido, y también Puerto Rico que guarda en Río Piedras el verso y la memoria de Juan Ramón Jiménez. Y recrean los nombres y repiten los nombres, con ávida distancia , las Islas Filipinas: siete mil esperanzas que adolecen formando un fragante collar de sampaguitas que en el cuello del mundo todavía recuerdan el aroma español de la palabra.
VIII
Palabra, sangre, mano desprendida y fecunda, no sé si merecemos todo lo que nos diste. No habría tantos hombres tan cerca de nosotros si tu puente no hubiera atravesado el tiempo, si tu genio profundo no hubiera alimentado voluntades y voces y alientos y armonías. Eres el cuerpo libre, la desprendida fruta, tan entera que a veces no nos pareces nuestra; la criatura habita con otras criaturas que, vívidas, evocan la cuna y los principios. Esa es tu gloria y ésa es nuestra gloria, y ésa la figura que tienes si te vemos de lejos. Suenas de cien maneras y en cien ríos te bañas, salimos a tu encuentro como desconocidos y también comulgamos con lo que te enriquece porque en ti nos sentimos más remotos y nuestros. Tú me salvas. Te sigo. Me conduces. Te acepto. Hijo pródigo, vuelves al hogar, pero vuelves triunfante de armonías, crecida de ramaje. Temí por ti algún día, temía por mí mismo. De los propicios cielos una lluvia llegaba que a todos nos cubría, lustral y generosa. Se extendía la música por múltiples teclados, por cuerdas mas tensadas subían los sonidos. A ti, la regresada , preguntamos a veces: ¿dónde has estado? Tienes como un color distinto; te nombras por mi nombre, pero no eres la misma. ¿O sí? Ya te señala la antigua ejecutoria. Yo también he cambiado, pero te reconozco. Muy cuidadosamente he transformado el cuerpo, he rozado las alas de polvo sutilísimo y acaso te he hecho daño o he cambiado tu rostro. Pero es mejor ahora. Un mañana se acerca donde será tu reino mas ancho y verdadero, donde la sangre joven será fuente nutricia, resonancia a más altos pentagramas devuelta. " Abominad la boca que predice desgracias", dijo Rubén Darío, nuestro gran árbol, nuestra estrella más brillante sobre dos continentes. Su español era mucho más español que el nuestro, su puñado de trigo fecundó más el surco de la lengua, y su verbo trajo el jugo sabroso de " las savias dormidas" " hacia el lado del alba". Tú, palabra en el mundo; tú palabra completa, eres fuerte, y tus armas, incruentas, refulgen bajo el imperio eterno de las constelaciones: brillas más que ese cíngulo de Orión en la alta noche, brillas bajo otros cielos más que la Cruz del Sur. ¿Dónde has estado?, dime. Tú me enseñas. Te oigo. Tú me traes a la casa la lección aprendida; de la que aprendo ahora. Aventuras y acentos le prestas a mi sueño, y a tus sueños me acojo. " En espíritu unidos", " en espíritu y lengua", va a " llegar el momento de cantar nuevos himnos".
IX
A vosotros os hablo, a los que ahora tenéis en vuestras manos el milagro, a los que descendéis por estas minas, a los que trabajáis en la cantera y una luz os deslumbra en la jornada, a los que la palabra estáis cuidando, a los que la escucháis y tercamente la perseguís para alcanzar su magia; a vosotros os digo en las orillas de todos los caminos y a la sombra de la arboleda en la que entráis a diario, que no dejéis la hoz ni la labranza, no detengáis en el alfar el torno ni abandonéis el barco en la galera. No es mas hermoso el pino en su resina, ni el hundido metal cuando amanece, ni el águila real dentro del aire, ni marzo en el tejido del almendro. " Digas tú el marinero que en las naves vivías, si la vela o la nave o la estrella es tan bella".
Oíd, oíd las viejas resonancias donde cada palabra se cobija; reconstruid la vida y la aventura de su existencia, investigad su origen; viajad con ella en todas las edades, abridle aquélla luz que antes tenía, romped los altos muros que la cubren, dadle su peculiar rostro, elevadla sobre los pedestales de los tiempos para hacerla posible entre nosotros. La palabra es un credo, una costumbre, un horizonte y un desasosiego; buscadle los cuarteles de su heráldica y la tierra solar de su hidalguía. No es mas hermoso el sol en el crepúsculo, ni el mar que acoge al fuego en la tormenta, ni la cigüeña en alto con el nido, ni la ermita sonora en su espadaña. " Dime tú el caballero que las armas vestías, si el caballo o las armas o la guerra es tan bella"
A vosotros os digo, guardadores, elegidos que hacéis la centinela, los que venís de las jornadas duras donde con las tinieblas os perdíais. Tenéis la servidumbre del lenguaje y el señorío del lenguaje; el orden, el límite , la libertad y el peso, y el ala y la ocasión de la palabra. Vais a buscar su sal y su armonía sus celosías y sus certidumbres, sus campos de feraz entendimiento, sus cárceles jugosas y elegidas, sus abandonos y sus fortalezas, sus laberintos y sus vecindades. No es mas hermoso el despertar del fruto, la víspera latente en la crisálida, la flor abierta que fecunda el viento o la arista escondida del cuarzo. " Digas tú el pastorcico que el ganadico guardas, si el ganado o los valles o la sierra es tan bella"
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Ya sé que escribo a los mil años, que mi mano se mueve ahora como si fuera un junco solo que batiera todos los ríos, que descubriera la tibieza de la tierra, el peso del aire, que alertara a las criaturas y apretara todos los frutos. Oh, palabra, mi compañera, mi soledad, conmigo sola, con la que hablar a Dios un día. En tu espléndido territorio se ha hecho la luz de pronto. Surgen entre todas las claridades los peldaños hacia tu trono y la totalidad del fuego. Bajo "la voz a ti debida" eres mi heraldo y mi proclama, eres mi báculo y mi brújula, y el valladar de mi sendero por donde voy apercibido. No sé cómo ha sido el hallazgo. Ya te digo, " sin ser notada" has abierto la puerta de oro y he penetrado en tu sagrario. Me reconozco porque eres. Porque estás , te llamo y acudes. Pero te gano con esfuerzo y te conquisto a cada instante, y eres amor que me provoca y me conforta, y se adelanta a mi concierto con los hombres. Ya sé que escribo a los mil años y que no te merezco ahora cuando luces todas las galas que se espejan en mi pobreza. " Ámame más para ganarte", para llevarte de la mano sin herirte, para que veas todas las cosas que posees, de las que eres anunciadora. Si tú quisieras, " yo sería tu escudero" para servirte ciegamente que, sin los ojos, yo llevaría tu mensaje al más allá de los deseos. Digo y escribo. Y tú palabra, me representas y cautivas; no son tus rejas, son tus brazos los que me encierran tiernamente. La luz que nace de ti misma nos guiará por la tiniebla -" que el puro resplandor serena el viento"-; avanzaremos juntos al son que tú mides y acatas. Se abren el mundo y las edades, y tú serás apetecida por los que esperas y te esperan. Otros mil años de horizonte tienes delante. El río pasa, la vida pasa, y tú la llenas de plenitud y entendimiento. Tú eres sonora, dulce y llana, como trompeta y tambor suenas, eres galana y gentil eres, cortesana, abundante y noble, inteligible y conversable; eres honesta, suave y tierna, y religiosa y grave y alta, y copiosa y propia y magnífica, fértil, blanda y espaciosa, y elegante y fecunda. Ahora, palabra, no me desampares. Yo no sabré decirte tanto como te han dicho los ingenios. Me he quedado contigo a solas y, apenas levantar las alas no he podido con tu bagaje. Digo que sólo en un momento me ha vencido tu resplandor, supremo don, limpia moneda inmerecida y refulgente. Me has acercado tu hermosura y, deslumbrado, no he sabido entretenerte y descifrarte, pero contigo está mi vida y mi oficio te pertenece. Yo soy un niño, un colegial, un aprendiz de lo que enseñas. Ábreme el aula de tu pecho. Es la del alba, la hora justa de tu verdad. Vamos. En marcha. Digamos Dios y Amor y Madre . Ya no te llevo yo. Me llevas tú, de la mano, como siempre; tú, de la mano, a la mañana; tú, de la mano, al infinito. - - - - - - - - - - - - - - - Biografía |