Discurso de entrada.
Principal Arriba

 

                        

" NUEVO ELOGIO DE LA  LENGUA ESPAÑOLA"

                                    I

 

         Hoy he puesto mi mano, como otros días

     como otras noches, como otras madrugadas,

     en el papel,

     y mi mano temblaba.

     De pronto, me he dado cuenta del tesoro

     de la herencia, y de la leyenda dorada.

     Era dueño en un solo minuto del tiempo

     del poder y de la gracia,

     y de la fuente secreta

     y del bautizo de la esperanza.

     Me he encontrado entre los dedos

     no sé si un juguete o una materia sagrada,

     un rostro invadido por la alegría

     o una frente súbitamente extática.

     Hoy he visto que por mí vivía

     el supremo don de la palabra.

     Moneda inmerecida y refulgente,

     alucinante rayo, centella arrebatada,

     surco de una cosecha milagrosa,

     campo con una mies inesperada,

     abeja de un panal innumerable,

     torre de luz, almena abanderada.

     Me ha estremecido ver bajo mis ojos

     la posesión y la fragancia

     de lo poseído. Todo era como una fiesta

     en la gran plaza,

     donde los labios y el pensamiento

     se juntaban

     y salían a correr parejas

     en la arena, en la sangre del alma.

     Con el fulgor de cada letra, con el sonido

     de cada cuenta desgranada,

     he escrito Dios y ha aparecido un fuego

     en el tejado de mi casa;

     he escrito Amor y se ha llenado todo

     de hondísima templanza,

     de trigo recientemente cernido

     y de nieve sobresaltada.

     He escrito Madre y me ha crecido una hoja

     en la piel y se ha poblado un bosque en la montaña...

     ¿Cómo empezar?, ¿ cómo seguir?, ¿que pétalos

     escoger o que armas...?

     Hay un ilimitado paraíso

     en el cuadro de mi ventana.

     Puedo decir qué cosa son las cosas

     que amo y que me aman;

     las que aprieto como tremantes cinturas

     y las que me rodean como reverentes guirnaldas.

     Puedo elegir en el gran cofre abierto

     la gema deseada.

     Un río hay ante mí que nunca cesa,

     una pirámide levantada,

     un cielo que se estrella con la noche,

     un velo azul que se abre en la mañana...

     ¿De dónde vienes, cuerda que ahora pulso?,

     ¿de dónde, forma de la idea, rama

     de un árbol hospedado de pájaros,

     concha de las mas insospechadas aguas?

     Dicen que un día, al lado de unas líneas,

     que un pergamino dorado guardaba

     puso unas letras pequeñas y tímidas

     y vírgenes y marginadas,

     un estudiante de latín, un monje cuidadoso,

     y que, minuciosamente las ordenaba.

     Casi como lo escribo

     era lo que creaba;

     pero había un grito contenido

     que se hacía canto de libertad en la página.

     Y cada letra era un botón de rosa,

     una niña que abría los ojos y miraba,

     una pluma en un nido tembloroso,

     una piedra raramente cristalizada.

     Como la luz hermosa e indecisa

     que nace con el alba,

     iba abriendo su día lo escrito,

     y se extendía y se derramaba.

     De la pella de barro iba creciendo

     la criatura iluminada.

     Y había un mundo nuevo para el escriba;

     misteriosamente le acompañaba;

     crecía

     y sonaba

     en su pecho como

     el voltear de una campana.

     "Era entonces Castilla un pequeño rincón"

     y San Millán, una antorcha recatada.

     Iba cuidando el monje el fuego naciente

     en la soledad castellana.

     Allí 

     estaba

     el manjar de los siglos de los siglos,

     la sed que por primera vez se saciaba,

     el escudo tendido entre la hierba,

     mas brillante después de la incruenta batalla:

     hogar con la tea para transmitir la lumbre,

     luna candente en la noche sobre la nevada,

     ola prestando su sangre

     al innúmero silencio de las playas,

     vaso de dos manos que se juntan

     para las vísperas del agua.

     Y ahora soy yo

     el que canta

     sólo para el que va conmigo

     como en el romance se cantaba.

     Escribo a los mil años,

     mil años de tierna labranza,

     de surcos que se han sucedido

     bajo el sol o sobre la escarcha.

     ¿Que mano llega misteriosamente a mi mano?,

     ¿ con que conocido ritmo me acompaña?

     No soy yo quien escribe,

     quien mueve en el aire, y canta

     sobre la canción, quien

     asalta

     la mansión ofrecida,

     sobradamente regalada.

     Calor, pulso, medida y número recibo

     que entran por los balcones de mi casa.

     Se acercan los aleros,

     los artesonados de las sonoras estancias,

     los teatros y los estadios cobijados,

     los cuévanos resonantes de la palabra;

     se acercan los zócalos y los frisos

     y los capiteles de hoja rizadas,

     y piden sitio y nombre,

     y orden, y línea, y almohada, 

     y tiempo en el tiempo

     y distancia.

     Espacio piden para llenarlo de sentido,

     vasija para recoger la gracia,

     las innumerables y comunicantes

     cárcavas,

     la medida justa

     de las habitables estancias,

     los secretos de la hierba diminuta

     y la estatura de las montañas.

     Todo llega en una procesión caliente

     y sucesiva y recreada,

     buscando ser nombrado

     en la nueva parábola.

     Duda el labio, bebe el labio

     la fortuna del legado y lo proclama.

     Hablar es ser más hombre dentro de la hombría

     sustantiva, ser dueño de la música bautizada.

     Si no digo, no soy. No soy el que soy

     si no lleno el vacío de mi casa

     con una eterna melodía

     dulcemente paladeada.

     No eres tú hombre, hombre de enfrente,

     si mi voz no te llama.

     No puedes tú entrar en el sublime juego,

     en  la misteriosa contradanza, 

     en el mágico concierto,

     en los peldaños de la escala,

     en el templo de la armonía,

     compañera, muchacha

     para quien puedo ejercitar los cristales

     que se entrechocan en la garganta.

     Si tu respondes es porque has oído,

     es porque te señalas

     y te desnudas 

     entre las ramas

     del innumerable bosque

     que anda

     como en la tragedia de Macbeth

     andaba;

     es porque también

     atesoras y guardas

     la clave que te pertenece,

     que te revela y en la que te exaltas.

     En este predio creo porque crees, camino

     porque caminas, hablo porque hablas.

     En el combate, en el diálogo

     las lanzas

     se vuelven

     cañas.

     El cáñamo las une, y por ellas el viento

     serenamente pasa.

     Y tú, niño que llenas

     de iluminada

     sonoridad

     mi casa,

     débilmente, torpemente, imitando, imitándonos

     - con qué empeño -, ensayas

     lo que será dominio y potestad en el tiempo:

     las notas primeras de la flauta.

     Aquí surge el manantial, aquí se rompe

     la tierra para que nazca

     la fuente. Tú eres un dios;

     tú traes ocultas en tu aljaba

     las flechas todas que ahora se afilan

     en la sombra preparada;

     tú eres un dios y vas a calmar a las fieras

     y vas a sobresaltar la balanza:

     un platillo en la tormenta

     que brama;

     otro, en la lluvia

     que al relámpago aplaca.

     Ya suena el mundo, ya grita el día,

     ya ríe en la hoguera la brasa,

     ya va a salir del parque solitario

     la conversación de las estatuas.

     Ya está el hombre dando señal de vida,

     señal de alma

     bajo el techo

     del templo de las cien mil lámparas.

     Se estremecen en el universo vicioso

     los labios de las galaxias.

     Y todavía digo yo más, dices tú más

     si acertamos a dar con la palabra.

     Niño de oro

     que con una naranja

     en la mano te acercas para decir,

     que ya estás diciendo y cantas,

    ! qué miedo de pronto!

     qué miedo, nubes mudas y erráticas,

     si el silencio

     reinara

     eternamente a nuestro alrededor,

     si nadie pudiera romperlo - fantasma

     vacío, dramático mar

     en calma,

     huesa

     desenterrada,

     corazón deshabitado de su sangre,

     ojo sin la blandura de una lágrima -,

     si nadie tuviera una lengua

     de fuego, de gloria, de posible añoranza,

     de música sabiamente, dulcemente

     ejercitada...

     A los mil años escribo

     sobre el amarillo de la antiquísima página.

     Háganos Dios los veladores,

     los claveros y los patriarcas,

     los dueños de las profecías

     y de la memoria resucitada;

     demos a los hijos, y a los hijos de nuestros hijos,

     la mejor forma de ganancia,

     el zumo de la fruta, el ojo brillante

     y la boca ávida.

     Por nosotros 

     habla

     el poeta del Mío Cid,

     y Nebrija, y Cervantes hablan;

     con nosotros escribe Teresa,

     la mandadora y la bien mandada,

     y San Juan de la Cruz, el madrecito,

     y Fray Luis de Granada

     y Fray Luis de León

     y el Marqués de Santillana;

     El Arcipreste ," bien mancebo de días"

     que hizo "muchas cántigas de danza",

     y Don Juan Manuel

     y el Canciller de Ayala.

     A nuestra mano llega Jorge Manrique

     - nardos cubriendo una mortaja -;

     el autor de La Celestina, sangre

     en el cuello de una paloma blanca,

     y Garcilaso que hizo mas hermosa y nuestra

     la " melodía italiana";

     Calderón, que es una lluvia de oro

     heráldica

     en una custodia

     de plata;

     Lope, un relámpago de azahar en la noche,

     un pétalo de sol en la enramada;

     Quevedo, una agonía que se ríe,

     una muerte que no vuelve la espalda;

     Tirso, las cuatro de la tarde en Toledo

     entre almendros y entre cigarras;

     Góngora, una panoplia brillante

     de " espadas como labios" y labios como espadas...

     "No le toques ya más que así es la rosa" ,

     así la libertad de la rosa deshojada,

     así los hilos del tejido

     que ordena la poderosa trama

     de los nombres. Iluminad, amigos míos,

     la fachada

     de mi hogar escribiendo

     amistad y beso, y paloma y biznaga,

     y magnolio y laurel y tamarindo,

     y  camino y pleamar y enramada,

     y ciervo y corazón,

     y ruiseñor y alondra y águila.

     Envolved en pañales cada letra

     antes de darla

     al mundo, y bendecidla

     por recién estrenada. 

     Decid conmigo hermano y hombre y pétalo,

     y decid luz y plegaria.

     Decid conmigo lengua, salvación de los miedos;

     decid conmigo lengua para que suene  patria.

 

                                    II

 

     Me he parado en el tiempo y alguien aquí se para.

He mirado a lo alto y otra cabeza yergue

su frente que ahora imita la luz de primavera.

Lo que aquí se detiene conmigo es el lenguaje:

semilla rumorosa y elevación del fruto.

Lo que aquí se detiene conmigo es la palabra,

esa torre, cruzada de fe, que se revela,

ese corcel que pasta mis campos de ternura

o levanta sus cascos a las constelaciones

en la noche infinita que enmudece contigo

o puebla de cadencias el cuerpo de los astros.

Tú eres mi testimonio, mi cruz y mi linaje;

mi estirpe, mis paredes o mis portales eres,

mis tejados que esperan tu ruido con la lluvia,

mis hogares que hablan con la leña quemándose;

la madera que toca la amistad de los puertos,

las alas que en las alas encuentran compañía,

la fuente que mil fuentes escogidas enlaza,

el río que recibe los ríos y los nombra

finalmente y se queda solo con sus orillas.

Te adueñaste del mundo limpiamente y cantando,

solamente diciendo : " yo traigo la esperanza".

Lo que no era nombrado no existía. La tierra

prestó la emocionada cueva de sus oídos,

el pálpito impaciente de un corazón unánime

que esperaba en la sangre las claves sucedidas,

que respira, respira, y alguien escucha y sabe.

Tu mirada profunda contempló lo mirado;

después sola te fuiste sin volver la cabeza.

Te dejaste riquezas, ramos de territorios,

arenas marineras y desiertos y bosques

donde el desconocido pájaro entretenía

umbrías vegetales que no alcanzaba el sol.

Todo lo que miraste se cubrió de hermosura,

quiero decir, de nombres, que fueron pulso y orden,

y designios futuros, y amor y sal del tiempo.

Fraternidades únicas llenaron los espacios.

Tu ausencia no lo era, porque ya estaba el puente

tendido sobre el tiempo. Podías recrearte

en todo lo entregado más que en lo recibido

! Que soledad de pronto si todo enmudeciera,

si el eco no llevara  lo que tú le regalas!

Pero nadie está solo, nadie tiembla en el miedo

si alguien dice su nombre en un rincón del mundo.

Ahora cierras los ojos y te ves bautizando

las gracias y los símbolos y el mar y sus primicias,

los campos que la luna nevaba estremeciéndolos

y el monte inaccesible con nieve verdadera...

Ábreme puertas, puertos, viajes y travesías.

Pásame en esa barca de oro con cuadernas

que, estrechadas y acordes, establecen la música;

llévame al aire como la casa de Loreto

para que fecundemos el porvenir sonando.

Contigo voy cubierto de una ajustada tela;

el hábito me hace y tú me lo has tallado:

eres amor y él viste como Ausias March decía.

 

                          III

 

    Conozco a los que hablan, los he oído;

conozco a los que cantan;

conozco a los que dicen la primera 

palabra, a los que inventan

la rosa blanca del entendimiento;

conozco a los que nacen con el día,

a los que si se cruzan se saludan

como en un musical y eterno encuentro;

conozco a los que van hacia la tarde

con la delgada vecindad del campo;

conozco a los que salen de la mina,

a los hacheros del pinar, a todos

los que tocan el don de la materia;

a los boyeros que en un grito juntan

la sonora costumbre del camino

con el destino oscuro de la rueda;

conozco a los que a punto de hablar callan

y ocultan la canción en el altivo

pecho, y a los que baten sobre el yunque

el hierro rojo; a los que están, conozco,

alrededor del árbol milenario

que da nombre a la plaza y ocio y sombra.

Conozco a los que dicen de la vida

y a los que van a conversar con ella;

a los que con la nieve en la cintura

de las casas se acercan y repiten

sus andanzas y sus aconteceres

bajo el tejado blanco de la aldea.

Conozco la salmodia convenida

de los que juegan con los naipes ágiles,

y dicen unas sílabas y bastan.

Conozco a los pastores que contienen

los hatos bullidores del lenguaje

y los recogen cuando cae la noche.

El cuchillo del habla es su secreto,

la hoz comunicante y brilladora

que espera diariamente el acto vivo

de la conversación como la espiga.

Conozco a los que, lúcidos se cambian

recuerdos y aprensiones y memorias;

a los barqueros que dividen sabia-

mente la flor del agua y luego unen

con una sola voz las dos orillas

del río y vencen con su voz las voces,

los rumores con piedras del arroyo.

Conozco a los que cantan sobre el ruido

del taller, y se mueven, y se entienden;

a los que una babel inconfundible

levantan cuando suena la campana

que clausura el sudor y la tarea;

a los que encuentran el hogar abierto,

y dejan la herramienta, y sus afanes

son la palpitación de la existencia...

Eres tú, niña mía, la palabra,

la que nos enaltece y justifica:

joya de castidad, desnudo cálido,

apertura causada y oferente,

afirmación del pecho y su resuello,

tú, sal y cavidad donde se aloja

tú, arcilla y cera, y pan como alimento,

tú, palabra, esperanza del destino,

confirmación de dos sobre la tierra.

Yo los conozco; llevan tu estandarte

en alto y, entendido , lo hermosean.

Ellos son los honderos de tu cuerpo,

los que te cuidan y te fortalecen,

los que podan tus árboles y buscan

el limo mas nutricio para el bosque.

Ellos son los que eligen tu frescura,

tu luz mas convincente en la arboleda,

tu resplandor que desafía al fuego,

tu majestad de estrella anunciadora.

Yo los conozco porque ya se acercan

y tú, tan suya y niña te adelantas.

Palabra, nunciatura y compromiso

esquila blanda, piedra salvadora,

viento que arrebatado nos explica,

arena que en la arena se distingue,

gota que entre la lluvia es una y única.

Los que te traen hacen mejor el mundo;

en andas de las bocas van los  nombres;

porque somos nombrados existimos;

vamos hacia la vida por el ruido,

estamos en el mar como las islas,

y es la palabra el agua que nos cerca,

y nos hermana, y nos protege, y somos

las llamas unitarias del incendio.

Yo los conozco. Van a hablar. Escucho.

Se acercan y los ídolos levantan.

Abren las puertas vivas de la música,

y la conjugación de los violines

penetra en los dominios del silencio.

 

                      IV

 

    Ya está completa y todavía

posible, abierta y ascendida

la canción. Se adelanta el tiempo

de los conocimientos, y la aurora

opera su prodigio.

Hablan, hablaron otros

de lo que era la invención del día.

Se había completado un fuego;

a su calor venían los coloquios.

Con todo el oro, todo el viento,

toda la voz del mar; las soledades

compartidas, unidas con las luces

primeras. Con un orden se mezclaban

las claves, los enigmas.

Las bocas, mudas antes, eran

origen de la fiesta grande. Tuvo 

el hombre más extensas vecindades,

hermandades más últimas y acordes...

Nebrija había dicho que la lengua

fue siempre compañera del imperio;

pero ahora el imperio es ella misma.

Ocupa paz, lugares en la tierra;

aplaca la distancia, y duele menos

el vacío entre dos que hablan y rezan.

Este es el ámbito, el claro dominio.

Hacia las costas más lejanas,

hacia los campos y las selvas,

hacia los ríos sin orillas,

hacia los pinos y los palmerales,

un cinturón sonoro hace posible

que la tierra se cerque y se atavíe

con el alrededor del castellano.

Esta es la gran corona, ésta es la ronda;

ésta, la señalada circunstancia;

éste, el rastro que siguen los amantes

de una voz compartida sucediéndose.

Es el emperador el que ahora dice:

" Señor obispo, entiéndame si quiere

y no espere de mí otras palabras

que estas las de mi lengua castellana,

tan noble que merece ser sabida

y entendida de toda aquélla gente

que se precie de nombre de cristiana ".

" Como trompeta con tambor resuena" ,

se canta en el Poema de Almería.

La princesa Isabel,

tercera de este nombre,

reina y señora natural de España,

la recibió en un código esmerado

" para que florecieran 

las artes de la paz"

Pedro Mexía, el de la Silva varia

dice que lo aprendió de sus padres

quiere dar como herencia en sus vigilias.

Juan de Valdés, que en Cuenca fue nacido,

y que escribió el sapiente

Código de la Lengua,

dijo que ya en Italia se tenía

por galanura y gentileza

saber hablar la lengua castellana,

tan abundante, y tan gentil y noble.

Y Martín de Viciana,

nuestro renacentista,

nos dice que es la lengua castellana

" cortesana y graciosa,

inteligible y conversable".

El cordobés Ambrosio de Morales, 

que estudió en Salamanca,

sentenció: " Yo no digo

que afeites nuestra lengua castellana;

lávale bien la cara,

no le pintes el rostro;

quítale suciedad y no la vistas

bordados ni reclamos;

dale buen atavío de vestido

que pueda aderezar con gravedad".

Fray Luis de León dijo:

" Yo pongo en las palabras

concierto, y las escojo,

y a todas ellas su lugar asigno".

Pedro Malón de Chaide,

que supo enaltecer la hispana ascética,

elogia las raíces españolas:

" ¿ En que lengua escribieron 

Moisés y los profetas?

En su lengua materna, la que hablaron

el zapatero, el sastre,

y el tejedor y el cavatierra,

y así el pastor y todo el mundo entero".

Y Fernando de Herrera,

creador de la escuela sevillana,

dice de nuestra lengua

que es grave y religiosa,

honesta, tierna, suave

y magnífica y alta.

Francisco de Medina,

profesor en Jerez de la Frontera,

escribe que no hay lengua

tan copiosa y tan propia

de significación;

tan suave al pronunciarla

y de tanta blandura

que se dobla a la parte.

De Miguel de Cervantes son palabras

éstas, sobre la lengua y su abundancia:

" Campo fértil, y abierto y espacioso.

por el cual, fácilmente y con dulzura,

con elocuencia y gravedad se puede

correr con libertad,

por el que los ingenios españoles

con el favor del cielo,

se han levantado en nuestra edad dichosa

con nombre y con ventaja"

Luis Cabrera de Córdoba, 

el autor de la Historia

de Felipe Segundo,

dijo que, aunque sabía de más lenguas

que otras veces usó,

procuró que la lengua castellana

fuera mas general y conocida

en toda tierra donde el sol alumbra.

Y Bernardo José

Alderete, que de Málaga era,

dice que si los nuestros trabajasen

su lengua castellana

y sin afectación la ataviaran

con aseo y limpieza

y con cuidado puesto en lo que adorno

y realce cupiera,

no sería inferior a otras en el mundo

alaba, y que ventaja les haría.

Juan de Robles, que fue el autor del libro

El culto sevillano,

estima que escribirla

es de ingenio ejercicio,

maravilloso y de muy grande estima.

El maestro Gonzalo

Correas, cacereño,

dice de nuestra lengua:

" Como la mar las aguas de los ríos

convirtió en sí vocablos forasteros",

también que " es grave, llena, dulce, clara,

sonora y más distante y extendida".

Y José Pellicer dice de ella:

" no hay otra tan fecunda y elegante".

Y Feijoo nos recuerda los ingenios

que supieron llegar a engrandecerla.

Y Gregorio Garcés también evoca

al copioso Cervantes

y al verso en la arbolada de Fray Luis.

Forner en sus Exequias quiere alzarle

un justo monumento.

Que, aunque la muerte temen

y el fin de su reinado,

" es dulce lamentar de sus pastores"

el que encuentra el rebaño numeroso

con celo de sentirse conducido

al mas feliz de los advenimientos.

 

                           V

 

No; no quiero pensar que te extravíes,

que seas el revés de lo que nombras.

¿Lo que tú has sostenido con el peso

de un único sonido dulce y solo,

andará por la tierra con sonámbulo

temblor, con madrugada que se extinga

sin alcanzar la plenitud del día?

Nadie podrá encontrarte si te pierdes.

Otro, con otro mundo, será el nombre,

pero no aquel que optó por ser primero,

víspera de algún joven paraíso.

Te cambiarán como a un ropaje hermoso

en tu más delicada antigüedad

por algo que no sabe lo que encierras

con tu primera savia en el origen.

Se cubrirá tu pátina paciente,

tu claridad de cuna meridiana,

tu apresto de heredada lejanía,

por algo que ahora venga de otro orden,

de fuente peregrina e invasora.

Ya se apresura y llega lo temido;

ya se mueve mi labio de otro modo,

cuando, tras el prodigio de los montes

que han mirado el paisaje del idioma,

se oculta el sol cautivo de los oros

que te dieron su peso y su medida.

Tú eras dócil, palabra en tus dominios;

obedecías a la idea, alzabas

tu música sagrada a las estrellas,

pero alguien vino a desterrarte, a hundirte

en la desolación o en el silencio.

Tengo que responder con una lágrima

a los nuevos bautizos incesantes

que te quieren mudar inútilmente,

mientras tú, tan hermosa y tan primera,

habitas en las noches paulatinas

el lugar de las desapariciones.

Pero aquí me detengo a contemplarte,

a llorar tu entereza y tu abandono,

a despertar de nuevo en la espadaña

el voltear de la campana antigua.

Hasta una habitación de miel y aire

llega el eco nupcial de lo perdido,

que hace sus bodas con las latitudes

que nos hermanan y nos sobreviven.

Es como un huracán que, subterráneo,

oye bramar la tierra y la confunde.

Desde lo más profundo, la palabra

dice el amor de los que la sembraron

y escribe en las gloriosas catacumbas:

" Aquí han estado antes los poetas".

Ellos fueron las voces nombradoras;

ellos, la sucesión de los sonidos;

ellos, el pentagrama de las notas;

ellos, los que salieron con el alba,

y velaron las armas, y tomaron

la lanza, y destruyeron los gigantes

del sueño, la pereza y el olvido.

    

                       VI 

 

 No estamos solos. No estaremos solos

ya nunca. Allí esperaba la leyenda

hecha verdad, allí nos esperaba,

apercibida y bien dispuesta

la remota antigüedad, que se hacía

cercanísima y nueva.

Allí se anunciaba

la proclamación de la arboleda.

No estábamos ya solos. Otros,

a nuestro lado, formaban la cadena.

Oían, nos oían y seguíamos

la claridad de la misma senda.

Entendían, nos entendíamos

ya con voces idénticas;

tirábamos al aire

la moneda

de nuestra afirmación y del futuro

de nuestra empresa.

Inaugurábamos el tiempo

con la misma primavera;

abríamos el cielo de la esperanza

con la misma certeza:

emparejados, empeñados

en la misma tarea.

Defendíamos - pechos como escudos,

lenguas

como pacíficas

saetas -

la misma

fortaleza.

Se tendían los mismos puentes, descendían

con las mismas cadenas,

y las palabras

eran,

sobre las torres compartidas,

las almenas

empavesadas

e idénticas.

No estamos solos. No están ellos solos.

Aquí está Eldorado para quien entienda,

aquí, mejor que todos los tesoros,

la incomparable riqueza,

aquí, en las páginas de un libro,

la riquísima herencia.

A la memoria venían

las primeras

jornadas del encuentro,

las deslumbrantes y misteriosas evidencias.

El mar, inaccesible y único

había abierto un día su escarcela

para recoger una palabra

lanzada al aire: " ! Tierra ! ".

Ella fue la salutación

hecha

al mundo desconocido;

ella

la que había soltado el lazo

que anudó las muñecas

del Almirante - nuevo Ulises -

al palo mayor de la carabela.

Habían cesado los miedos y las vacilaciones

y las destructoras sospechas.

Dejaron de cantar - ¿vencidas

o vencedoras? - las encantadoras sirenas.

Una palabra - la palabra - dentro de un grito

sería la primera

de las que luego cumplirían

la fecunda cosecha.

Los recién nacidos meridianos

se extenderían como venas

por un cuerpo vecinal y amante

que iba a ser vergel y residencia,

mañana del mundo

que nos duplica o nos completa.

 

                                  VII

 

    Hay algo que está andando por donde yo camino;

alguien que me repite y se ajusta a mis huellas,

lenguas que están diciendo las cosas olvidadas,

que están resucitando lo que muerto creía.

Ya llega a mi palabra la resonancia nueva,

la música de hoy mismo sobre el antiguo verbo.

¿ O es aquél el que suena, el que yo tuve un día,

el que en tiempos remotos se quedó en los desvanes?

Hombres jóvenes vienen, impetuosos se acercan,

entran en las antiguas salas de aquellas casas

donde, entre polvos quietos, los muebles, recogidos,

esconden su riqueza que nadie apetecía.

Pero llegan los hombres nuevos, los herederos;

descerrajan, revuelven  cajones y gavetas,

y sacan las alhajas, las preseas, las joyas,

donde reconocemos de pronto lo perdido.

Son los conquistadores de hoy, son los centauros

de un tiempo nuevo, y, ávidos, recobran lo que es suyo,

recobran lo que es nuestro, lo que de nuevo amamos

porque en sus labios suena como sonó otros días

en los de los abuelos, y apenas lo sabíamos.

Veinte países cantan  la canción regresada;

hablan como se abre la flor de la memoria.

y recrean los nombres y repiten los nombres

la selva paraguaya, de andadura implacable,

que se abre mansamente con los nombres de Cristo;

el Uruguay que escucha sobre la gran llanura

al payador que inventa su copla en los boliches

y que mira el voleo de las boleadoras

y los pañuelos rojos debajo del sombrero;

Argentina con fuerza de toro en los galpones,

entre gauchos cobrizos con cintura de plata,

con los gallos gigantes de llameantes crestas

y exvotos de la Virgen de Luján entre lazos;

con Córdoba que, hablando, se adelanta a la música

y vio a Manuel de Falla, solo frente a la sierra.

Recreando los nombres, repitiendo los nombres,

orillando azuladas timideces del lago,

vienen los conductores de rebaños de llamas,

femeninas, mezcladas con pacientes burrillos

que manchan de ceniza la Bolivia antiplana;

allí cactos con flores moradas o amarillas

alzan el candelabro donde anuncian su muerte.

Y recrean los nombres y repiten los nombres

los guías que nos abren la catedral de Cuzco

- Perú de Machu Pichu - donde era una rodela

el sol, y había un pájaro que para hacer su nido

deshacía las piedras con un poco de hierba.

Recreaban los nombres, repetían los nombres

en la ciudad de Lima, huérfana de la lluvia,

como una Andalucía de trémulas campanas,

y en Caracas, que baja del Ávila y su niebla,

con rejas y cancelas barrocas en las casas,

donde yace Bolívar, y su voz, nuestra, digo

calla con la palabra libertad en la boca.

Y recrean los nombres y repiten los nombres

Bogotá y Manizales y Cartagena de Indias

que llega en los dorados mascarones de proa,

donde la caracola del castellano suena

mejor, y con su acento Ximénez de Quesada

le dio cuna a la lengua perfecta de Colombia;

Panamá que ha tejido un cinturón de agua

para partir " por gala" los dos labios de América

y que trae en el lomo crestado de la iguana

los tiempos en que no eran los hombres ni los nombres.

Hablan en castellano las siete Salamancas

que alzaron los Montejo en tierras yucatecas,

donde México luce su emplumada serpiente

que repta en las pirámides de dentada estatura

y rueda bajo bóvedas el sol del calendario

mientras canta en las ramas el " clarín de los bosques ".

Y recrean los nombres y los nombres repiten

mujeres habaneras que ven llegar los barcos

y extienden su mirada por los cañamelares,

cuando entre las maracas la palabra española

es una buganvilla que en Atares se crece;

como en Santo Domingo, a orillas del Ozama,

donde dejó amarradas Colón sus carabelas,

se reza lentamente la oración de la tarde

en una iglesia abierta con velas encendidas

contra la blanca luna que nieva en los jardines.

Y recrean los nombres y repiten los nombres

en Nicaragua, llena de lagos y volcanes,

donde Rubén Darío y el " divino tesoro"

de la palabra calla junto a un león dormido,

y en Honduras, profunda como su nombre hermoso,

y en el Monte de Plata, digo Tegucigalpa,

con patios andaluces - carteles y azulejos -

y ángeles que aletean bajo las catedrales.

Y recrea los nombres y repite los nombres

El Salvador, cuajado de agresivas colinas

y de floridas chacras junto a los cafetales,

y Costa Rica hablando ceceantes palabras

bajo el Irazú verde con columnas de humo,

donde ruedan carretas polícromas y unánimes

tiradas por pequeños bueyes color canela;

y Chile, prolongando el alto grito andino,

ese fuego oscurísimo del reino del salitre

y el verbo de Gabriela Mistral, de lodo angélico:

" amanecer de siesta y oración no arribada".

Y recrea los nombres y repite los nombres

Ecuador cuando mide la cintura a la tierra,

llenando con sus lagos los cráteres extintos;

Guatemala que reza con alfombras de flores,

dando al suelo la gracia y el color de un vestido,

y también Puerto Rico que guarda en Río Piedras

el verso y la memoria de Juan Ramón Jiménez.

Y recrean los nombres y repiten los nombres,

con ávida distancia , las Islas Filipinas:

siete mil esperanzas que adolecen formando

un fragante collar de sampaguitas

que en el cuello del mundo todavía recuerdan

el aroma español de la palabra.

        

                              VIII

 

Palabra, sangre, mano desprendida y fecunda,

no sé si merecemos todo lo que nos diste.

No habría tantos hombres tan cerca de nosotros

si tu puente no hubiera atravesado el tiempo,

si tu genio profundo no hubiera alimentado

voluntades y voces y alientos y armonías.

Eres el cuerpo libre, la desprendida fruta,

tan entera que a veces no nos pareces nuestra;

la criatura habita con otras criaturas

que, vívidas, evocan la cuna y los principios.

Esa es tu gloria y ésa es nuestra gloria, y ésa

la figura que tienes si te vemos de lejos.

Suenas de cien maneras y en cien ríos te bañas,

salimos a tu encuentro como desconocidos

y también comulgamos con lo que te enriquece

porque en ti nos sentimos más remotos y nuestros.

Tú me salvas. Te sigo. Me conduces. Te acepto.

Hijo pródigo, vuelves al hogar, pero vuelves

triunfante de armonías, crecida de ramaje.

Temí por ti algún día, temía por mí mismo.

De los propicios cielos una lluvia llegaba

que a todos nos cubría, lustral y generosa.

Se extendía la música por múltiples teclados,

por cuerdas mas tensadas subían los sonidos.

A ti, la regresada , preguntamos a veces:

¿dónde has estado? Tienes como un color distinto;

te nombras por mi nombre, pero no eres la misma.

¿O sí? Ya te señala la antigua ejecutoria.

Yo también he cambiado, pero te reconozco.

Muy cuidadosamente he transformado el cuerpo,

he rozado las alas de polvo sutilísimo

y acaso te he hecho daño o he cambiado tu rostro.

Pero es mejor ahora. Un mañana se acerca

donde será tu reino mas ancho y verdadero,

donde la sangre joven será fuente nutricia,

resonancia a más altos pentagramas devuelta.

" Abominad la boca que predice desgracias",

dijo Rubén Darío, nuestro gran árbol, nuestra

estrella más brillante sobre dos continentes.

Su español era mucho más español que el nuestro,

su puñado de trigo fecundó más el surco

de la lengua, y su verbo trajo el jugo sabroso

de " las savias dormidas" " hacia el lado del alba".

Tú, palabra en el mundo; tú palabra completa,

eres fuerte, y tus armas, incruentas, refulgen

bajo el imperio eterno de las constelaciones:

brillas más que ese cíngulo de Orión en la alta noche,

brillas bajo otros cielos más que la Cruz del Sur.

¿Dónde has estado?, dime. Tú me enseñas. Te oigo.

Tú me traes a la casa la lección aprendida;

de la que aprendo ahora. Aventuras y acentos

le prestas a mi sueño, y a tus sueños me acojo.

" En espíritu unidos", " en espíritu y lengua",

va a " llegar el momento de cantar nuevos himnos".

 

                            IX

 

    A vosotros os hablo, a los que ahora

tenéis en vuestras manos el milagro,

a los que descendéis por estas minas, 

a los que trabajáis en la cantera

y una luz os deslumbra en la jornada,

a los que la palabra estáis cuidando,

a los que la escucháis y tercamente

la perseguís para alcanzar su magia;

a vosotros os digo en las orillas

de todos los caminos y a la sombra

de la arboleda en la que entráis a diario,

que no dejéis la hoz ni la labranza,

no detengáis en el alfar el torno

ni abandonéis el barco en la galera.

No es mas hermoso el pino en su resina,

ni el hundido metal cuando amanece,

ni el águila real dentro del aire,

ni marzo en el tejido del almendro.

" Digas tú el marinero

que en las naves vivías,

si la vela o la nave o la estrella

es tan bella".

 

Oíd, oíd las viejas resonancias

donde cada palabra se cobija;

reconstruid la vida y la aventura

de su existencia, investigad su origen;

viajad con ella en todas las edades,

abridle aquélla luz que antes tenía,

romped los altos muros que la cubren,

dadle su peculiar rostro, elevadla

sobre los pedestales de los tiempos

para hacerla posible entre nosotros.

La palabra es un credo, una costumbre,

un horizonte y un desasosiego;

buscadle los cuarteles de su heráldica

y la tierra solar de su hidalguía.

No es mas hermoso el sol en el crepúsculo,

ni el mar que acoge al fuego en la tormenta,

ni la cigüeña en alto con el nido,

ni la ermita sonora en su espadaña.

" Dime tú el caballero

que las armas vestías,

si el caballo o las armas o la guerra

es tan bella"

 

A vosotros os digo, guardadores,

elegidos que hacéis la centinela,

los que venís de las jornadas duras

donde con las tinieblas os perdíais.

Tenéis la servidumbre del lenguaje

y el señorío del lenguaje; el orden,

el límite , la libertad y el peso,

y el ala y la ocasión de la palabra.

Vais a buscar su sal y su armonía

sus celosías y sus certidumbres,

sus campos de feraz entendimiento,

sus cárceles jugosas y elegidas,

sus abandonos y sus fortalezas,

sus laberintos y sus vecindades.

No es mas hermoso el despertar del fruto,

la víspera latente en la crisálida,

la flor abierta que fecunda el viento

o la arista escondida del cuarzo.

" Digas tú el pastorcico

que el ganadico guardas,

si el ganado o los valles o la sierra

es tan bella"

 

                        X

 

  Ya sé que escribo  a los mil años,

que mi mano se mueve ahora

como si fuera un junco solo

que batiera todos los ríos,

que descubriera la tibieza

de la tierra, el peso del aire,

que alertara a las criaturas

y apretara todos los frutos.

Oh, palabra, mi compañera,

mi soledad, conmigo sola,

con la que hablar a Dios un día.

En tu espléndido territorio

se ha hecho la luz de pronto. Surgen

entre todas las claridades

los peldaños hacia tu trono

y la totalidad del fuego.

Bajo "la voz a ti debida"

eres mi heraldo y mi proclama,

eres mi báculo y mi brújula,

y el valladar de mi sendero

por donde voy apercibido.

No sé cómo ha sido el hallazgo.

Ya te digo, " sin ser notada"

has abierto la puerta de oro

y he penetrado en tu sagrario.

Me reconozco porque eres.

Porque estás , te llamo y acudes.

Pero te gano con esfuerzo

y te conquisto a cada instante,

y eres amor que me provoca

y me conforta, y se adelanta 

a mi concierto con los hombres.

Ya sé que escribo a los mil años

y que no te merezco ahora

cuando luces todas las galas

que se espejan en mi pobreza.

" Ámame más para ganarte",

para llevarte de la mano

sin herirte, para que veas

todas las cosas que posees,

de las que eres anunciadora.

Si tú quisieras, " yo sería

tu escudero" para servirte

ciegamente que, sin los ojos,

yo llevaría tu mensaje

al más allá de los deseos.

Digo y escribo. Y tú palabra,

me representas y cautivas;

no son tus rejas, son tus brazos

los que me encierran tiernamente.

La luz que nace de ti misma

nos guiará por la tiniebla

-" que el puro resplandor serena

el viento"-; avanzaremos juntos

al son que tú mides y acatas.

Se abren el mundo y las edades,

y tú serás apetecida

por los que esperas y te esperan.

Otros mil años de horizonte

tienes delante. El río pasa,

la vida pasa, y tú la llenas

de plenitud y entendimiento.

Tú eres sonora, dulce y llana,

como trompeta y tambor suenas,

eres galana y gentil eres,

cortesana, abundante y noble,

inteligible y conversable;

eres honesta, suave y tierna,

y religiosa y grave y alta,

y copiosa y propia y magnífica,

fértil, blanda y espaciosa,

y elegante y fecunda.

                              Ahora,

palabra, no me desampares.

Yo no sabré decirte tanto

como te han dicho los ingenios.

Me he quedado contigo a solas

y, apenas levantar las alas

no he  podido con tu bagaje.

Digo que sólo en un momento

me ha vencido tu resplandor,

supremo don, limpia moneda

inmerecida y refulgente.

Me has acercado tu hermosura

y, deslumbrado, no he sabido

entretenerte y descifrarte,

pero contigo está mi vida

y mi oficio te pertenece.

Yo soy un niño, un colegial,

un aprendiz de lo que enseñas.

Ábreme el aula de tu pecho.

Es la del alba, la hora justa

de tu verdad. Vamos. En marcha.

Digamos Dios y Amor y Madre .

Ya no te llevo yo. Me llevas

tú, de la mano, como siempre;

tú, de la mano, a la mañana;

tú, de la mano, al infinito.

           - - - - - - - - - - - - - - -

Principal                   Arriba                   Libros            Biografía