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No; no es pueril rebeldía, de niños malcriados, por que nos quieren lavar las orejas. Se trata de algo que nos parece mucho más importante. Nos han anunciado unas reformas en el café Gijón. Pocos días hace que en estas mismas páginas se ha hablado de las horas literarias de este café; mejor aún: de la totalidad literaria de sus horas. Esto hace que podamos disertar ahora con un desparpajo inusitado y sin tener miedo a suspicacias sobre una encubierta publicidad. Además, hoy se trata de enfrentarnos un tanto con la empresa y sus amenazadores proyectos.

  Madrid es una ciudad de características vagas, informes, diríamos que casi milagrosas. Cuando no hay paisaje hay manera; donde falta la historia palpitante se encuentra la renovada memoria; contra el documento o la prueba monumental aparece la más nueva categoría del gesto. Más Corte que cortijo. Y por Corte, cortés, que no quita lo valiente, y sabia, graciosa en su amaneramiento. Y esas maneras, esas sus buenas maneras se las dan o sus hombres, o sus calles, donde el aire goza y se libera como en pocas partes del mundo, o sus interiores, donde ese mismo aire se recorta también con los más sorprendentes encantos ambientales. Algunos de esos interiores más evidentemente conseguidos, más rigurosamente contrastados, son los de sus cafés. Pero los de sus cafés "cafés"- que si para tranquilidad del cliente se reitera la palabra cuando se quiere asegurar la calidad de la consumición, bien vendrá, de momento, adoptar la misma fórmula para garantizar la vitola del establecimiento-, no la de esos sustitutivos con los que no sabemos a que carta quedarnos. Porque estamos padeciendo una era febril de escayola monumental más o menos florida, que va a hacer que dentro de unos años, de muy pocos años, se nos caigan a pedazos las paredes, como ahora se nos cae el alma al ver lo poco que acertamos en ese dificilísimo arte, en esa delicadísima cirugía de la decoración. Y al café Gijón le está amenazando una de esas reformas que puede ser pérdida de muchas cosas para todos. Pérdida de la personalidad, por lo menos; y hasta pérdida del nombre ante las últimas exigencias de la novedad o de la ostentación. Yo os diré como ejemplo que, cerca de mi casa, hay una tienda que en mis veinte años de vida madrileña se ha llamado: primero, "Ultramarinos"; más tarde, tras la consiguiente reforma, "Comestibles finos", y hoy, sobre mármoles y lunas de sala de fiestas, se llama ya "Grandes Mantequerías".Pero si la obsesión de una tiendecilla, de garbanzos puede ser la de convertirse en un palacio del fiambre, donde el caviar se expenda en papel celofán con las manos del dueño impresas en buen oro, las aspiraciones de un café no deben nunca ser las de convertirse en una "boite". No, querido café Gijón, por muy "demodé" que usted se encuentre en las lunas de sus amables espejos. También están bastante estropeadillos la catedral de León y el teatro de Mérida, y todavía no se nos ha ocurrido transformarlos en un rascacielos y en una plaza de toros.

  Si; yo ya sé que un café no es el Partenón; que acaso no merezca la pena pararse en estas cosas, pero insisto en que nuestra vida, nuestra vida madrileña y literaria, puede pedir que se defiendan sus esencias hasta donde lo humano nos lo permita. Claro que aquí lo humano acaso esté embarrado por esa enojosa palabra del negocio que antes hemos rozado y con la que tan poco nos gusta tropezar. Pero hasta ellos, hasta ese grupo de escritores que, poco a poco y a través de muchos días van siendo algo consustancial del café Gijón, han pensado alguna vez en cambiar de profesión, en salirse de sus casillas, y al día siguiente, con el nuevo afán de la nueva jornada, han vuelto con más ahínco a la tarea a veces ante esa estratégica mesa entre las dos ventanas, dejando que la luz de Recoletos llene de posibilidades las cuartillas. Así un café, tan obligado ya a tantas cosas, no debe morirse de celos por ser estadio de fútbol o cine de la Gran Vía. Porque, al fin y al cabo, dentro de cien años, todos calvos, y si el café ha perdido su nombre y su gracia, "si la sal ha perdido su sabor", ¿quién se los devolverá?... Sus hombres de hoy, sus amigos de hoy, habrán ido desapareciendo; se habrán perdido, buscando desalados por Madrid un lugar donde conversar, donde "quedarse", esto que va siendo tan difícil en nuestro ajetreado "no vivir". El antiguo café Gijón- transformado en Dios sabe qué- acaso se haya enriquecido, acaso se haya hundido bajo sus marmóreas presunciones, pero ya no será, como ahora, ocasión de amistad; de bullebulle juvenil y hasta de cuadros generacionales. Ya no "saldrá en los papeles". Y ¿quien sabe qué vale más?.

  Hay que temer a la escayola, a la inestable y presurosa "barra", a las arañas de innoble vidrio. Todo eso puede llevarse una  fisonomía, unas gentes, un estilo. Y, la verdad, no se puede derribar de un golpe algo en lo que intervienen tantas graciosas costumbres, tan diversas atenciones, aportaciones tan generosas. Todo lo que sobre esas mesas se ha escrito, cuando se ha hablado a su alrededor, tiene sus encantos casi ornámentable, transformadores y hasta eternos. Y si a las palabras se las lleva el viento, queda siempre el sitio desde donde fueron alzadas, y queda la memoria, y queda el sabor. Y queda ese apoyo imprescindible para la mirada cuando se vuelve hacia atrás buscando "lo que hemos sido".

                                                                              (Viñeta de Esplandíu)

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