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Pipepaco nunca supo cómo había llegado allí. Apenas recordaba nada de lo que había pasado en los días anteriores. Ahora, cuando abrió los ojos, se encontraba como el que sale de un profundo sueño; un sueño que hubiera durado años y años. Estaba tendido en una playa, con trozos de maderos y broza marina a su alrededor, y un mar azul e inmenso ante él. Las olas llegaban despacio y casi le tocaban los pies. Un sol alto y potente le acariciaba con sus rayos. Iba notando que el calor le hacía mucho bien y que templaba poco a poco sus vestidos, que estaban todavía mojados. Cuando quiso incorporarse, le dolían los brazos y las piernas. Intentó ponerse de pie con un nuevo esfuerzo, y cuando quiso dar algunos pasos, cayó en la arena todo lo largo que era.
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