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TÚ Y YO SOBRE LA TIERRA
No le digas a nadie que me hastía la rosa; cuando llega a los labios, su verdad me subleva que el pétalo no tenga tu seda primitiva o que esté en una torre distinta a tu cintura.
No le digas a nadie que júbilos y páginas y dolores del tiempo para mi piel, resbalan sin dejar una lágrima o un mundo diminuto donde se enciende toda tu ausencia indeclinable.
Pero vendrá un día cuando todos los libros te esperen a la puerta de su primer capítulo para que tú les digas: "Abrid; ya soy llegada".
Y entonces aves, mundos, silencios y adjetivos llenarán a la rosa de esencias y evidencias por tí y en tí, a tu lado, maravillosamente.
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He venido a la tierra hoy - nueve de septiembre - buscándote en la puerta de este otoño vacío. Nadie sabe que tengo menos años que nunca y que sólo conozco tu contorno inmediato.
He venido a la tierra, arrancado de un sueño donde hacía contigo los lagos y las frutas, donde la tela tersa de todas las mañanas buscaba enamorados dardos de nuestros dedos.
Y tú no estás o vives fuera de mi costumbre. Lejanías te roban, te someten; te cercan litorales ajenos a mi fácil llegada.
He perdido mi viaje, mi pulso y mi camino, y encuentro ahora en todo lo que te amó y amaste el ala y la mirada de tu paso de estrella.
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Te he llamado esta noche -cuatro de la mañana- cuando mi inmsonio hacía su balance sin cifras, cuando estaban los álamos -! tan lejos de mi almohada !- diciéndole a la luna su verso delgadísimo.
Te he llamado esta noche y he abreviado distancias con mis ojos abiertos, casi desorbitados, buscadores de oro, donde la sombra, entera, derramaba su vino capaz e interminable.
Te he llamado esta noche con la voz que me nace con alas y con remos desde mi cuerpo inmóvil para buscar tu sueño deseado y distante.
Si un día te llegara, aunque ahora lo desee, yo no sería nunca para tí más que un ruido de otoño derramado dentro de tus cabellos.
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