MEMORIAS Y COMPROMISOS

                                                                                                          

  COMPROMISOS ANTIGUOS        

 

Tengo algunos antiguos compromisos de los que quisiera

        liberarme ahora recordando.

Por ejemplo  aquel con el niño pobre y no sé si mi amigo

       de Covaleda solo y rubio y ralo de pelo atento ante la

       nieve y nuestra puerta haciéndome envidiar su rueda

       fresca con la llanta de corteza oscura y el corazón

       amarillo hecha del tronco de un pino joven serrado

       limpiamente.

O aquel con el perro que vigiló la muerte de mi padre y

       se quedó luego mucho tiempo terco y gruñendo bajo

       la caricia temblorosa en el mismo lienzo que  sos-

       tuvo la caja mirándome hondo y transparente y

       acuoso mejor que yo le miraba.

O aquel  con el asistente de mi tío a quien daba ver-

       güenza mirar a las criadas y quería compartir

       mi tristeza poniéndose muy serio después.

O aquel con la niña  a quien quise regalar un frasco

       de colonia que cogí vacío no sé dónde y que me

       llenaron en la droguería mientras yo apartaba

      los ojos del suceso y sobraba un poco y yo

       creo que dije no importa y luego no se lo dí a

       ella porque quedaba triste y feo en el estuche

       viejo con tiempo y polvo entre el terciopelo

       rojo que no fui capaz de adecentar.

O aquel con el titiritero de largo cabello nazareno

       de cuya sangre espesa huí asustado y con asco

        porque le salía de la boca.

aquel  con el muchacho que forcejeó conmigo

        en lo alto de una peña cerca de San Servando

        por evitar que yo colocara  la bandera pirata

        mientras otros le arrengaban desde lejos y se

        dejó vencer yo sé que se dejó en el momento justo.

O aquel con la morena bailarina delgada en la escalera del

        carro de la feria sonriendo apenas cuando yo pasaba 

       después de las clases de la tarde y un día

        separando la cortina con los dedos pintados cerca

        de la cama donde dormiría y se alejaba.

O aquel con el librero de viejo que después que otros dos

        se negaron aceptó los libros del curso ya aprobado

        y  me dio unas monedas y mi madre esperaba fuera.

Tengo algunos otros compromisos antiguos de los que no me

        acuerdo y de los que entonces sé que no podré

        nunca liberarme.

       

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                     EL LAZARILLO     

 

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         SÓLO UNA FRUTA

 

Mis  hijos son pequeños todavía.

Diariamente en la mesa,

llega la hora de la fruta,

y tengo que pelar una manzana

o una naranja.

Yo tengo prisa por terminar de comer.

Para mí la mesa suele ser una obligación

no demasiado grata.

Pienso que pierdo el tiempo

pelando esta manzana que miro silencioso.

Pero tomo el cuchillo y enseguida mi oficio

cobra una dimensión de no sé que importancia.

( Me acuerdo de aquel jefe que tuve

hace ya muchos años.

Era muy alto, y me parecía

menos hostil que otros.

Allá arriba, en las sienes, le brillaba

el blanco cabello inicial

como a ciertos actores de cine

de tópica atracción entre muchachas

aún adolescentes.

Tenía yo entonces poco mas de veinte años.

Y él hablaba así - mientras yo escuchaba -

con otros compañeros:

" Yo creo que el hogar

es sentarse a la mesa diariamente

y pelar fruta para cuatro"...

Otro día se murió;

sí, joven todavía.

Y cuando me dijeron que había muerto

yo solamente pensé en la mesa enorme de su casa,

sola con unos cuantos frutos

esperando aquel ademán cotidiano

y un débil malhumor que ya no volvería.)

Ahora, todos los días tomo el cuchillo, y tengo

que pelar la manzana o la naranja.

Me molesta, me aburre.

Siento que pierdo el tiempo,

que debo levantarme de la mesa

para hacer algo que creo más importante.

Pero me acuerdo de aquel hombre,

y cojo el cuchillo,

como agarrándome a la vida

que tengo todavía

entre estos niños y junto a estas frutas.

             

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                                       1936 - 1939

 

Como quien desatara ahora un paquete de cartas para decir

            al nuevo amante "quiero que sepas que no me importa

            nada el otro tiempo, que ya no hay huella alguna, que

            ya no reconozco lo que me hizo sufrir" , abro aquella 

            ventana de la cárcel donde ni siquiera " la mentira y 

            la envidia" me tuvieron encerrado.

Yo sé lo que es el miedo, y el hambre, y el hambre de mi madre

           y el miedo de mi madre; yo sé lo que es temer la muerte,

           porque la muerte era cualquier cosa, cualquier equivocación

           o una sospecha; porque la muerte era un accidente en la

           primavera, una pared contra la ternura, un día con boca de

           muerte, y dientes de muerte y esperanza mortuoria.

Yo sé lo que es enfermar en una celda, y defecar entre ratas que 

           luego pasaban junto a tu cabeza por la noche...

¿ Qué me decís ahora los que creíais que sólo me han movido a 

           cantar los lirios de un campo imaginario, y la rosa de papel,

           y la novia como Dios manda...?

¿qué me decís los que me visteis pronto limpio y peinado, como un

           niño que quiere llegar con puntualidad al colegio sin que

           nadie adivine el estrago de su corazón familiar?

Aunque también os digo que todo era hermoso cerca de la muerte

           menos la muerte misma.

Respirar, y amar de lejos, y morder un pedazo de pan era hermoso.

Y era hermoso que me prepararan un hato de ropa limpia, y que

           me hiciera llorar el olor que traían las sábanas.

Y todo era como nacer cada día, y cada día era más bello que la 

            propia esperanza, y reír tenía un valor más profundo que el

            profundo pozo de la inquietud, que la oscura caverna de la

            impotencia...

Gracias, Señor, por haberme dejado sin heridas en el alma y en el

            cuerpo, por haberme dado la salida sin odio, por no tener

            lista de enemigos, ni lugares donde llorar por el propio

            desamparo...

Yo sé lo que es amor; de lo demás no sé.

Quito el balduque porque ahora es tiempo.

He leído en un periódico: " Voici enfin les lettres de Víctor Hugo

             á Juliette Drouet".

Se abren ahora porque ya no importa.

Así yo quiero abrir mi corazón, desatando la cuidada cinta que le

             rodeaba sin herirle, y quiero que leáis estas cartas antiguas

             que el mar violento de mi patria trajo hasta el arenal de mi

              juventud absorta e invadida.

Os juro que no hay una sola gota de sangre que haya querido 

             conservar fresca sobre el tiempo; que quisiera haberme

             dolido más para ofrecer ahora reparación con mi olvido,

             o mejor, con mi memoria reclinada en la triste memoria de

             mi hermano, como aquel que en la noche del invierno se 

             junta al caminante, y no pregunta, y une su frío al frío como

             alivio...? No oís cuánto he callado? ¿ Qué piedra iba yo a

             arrojar contra los añicos de vuestros cristales? ¿ qué cuenta

             podía pasar a los muertos o a los hijos de los muertos?

Ahora quito la cinta de las cartas. Leed; leamos. Son amor vencido.

             Tiempo del corazón. Males del hombre. Golpes de España...

             Quemo lo que es mío. Yo, solo, me he quitado " el dolorido

             sentir".

   

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