MAR VIVIENTE

                                                                                         

   MEMORIA DE MI MADRE    

            DESDE EL MAR

 

Si miro el mar ahora está tu pura

mirada en ese rostro amplio y sombrío;

plata y azul, y niebla sobre un rio

que alcanza ya su desembocadura.

 

Plata y azul. Y niebla que perdura

sobre mi corazón muerto de frio,

extraño a los rigores del estío,

sin más calor ni luz que su amargura.

 

Si yo durara como el mar y viera

en mi espejo tus ojos y pudiera

conservar algo tuyo todavía...

 

Pero mi mar termina en esta arena

y tú no durarás más que mi pena.

¿Que será de nosotros, madre mía?

 

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SE PIDE EL SILENCIO DEL MAR 

 

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             NEGACIÓN DE LA AURORA

 

Yo sé que es una música lo primero que llega;

luego es una palabra que apenas dice nada;

pero en ella ya esconde su luz la madrugada

y, vidente, se eleva desde la noche ciega.

 

Tú eres, mar, como un manto que se abre y que despliega

su soledad e invade la mía abandonada.

Yo fui el dueño de oro de la espuma rizada,

el dios crédulo y puro de la orilla andariega.

 

Vuelve a la piel la linde de aquella carne hermosa

donde el sol persistía con su lumbre celosa

y escribía belleza donde ya estaba escrita.

 

No amanezcas, oh mano, que todo lo desnuda,

y tú, palabra mía, quedaté siempre muda

y que la muerte exalte tu apetencia infinita.

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     " DEL CAMPO Y SOLEDAD "

 

Del campo y soledad dije algún día...

de soledad y mar hoy me rodeo;

pero en el campo aquél pienso y me veo

cerca de aquellos pinos todavía.

 

Lejos ya el joven corazón tenía

la misma soledad, y soy el reo

de amor que entonces era, aunque no creo

en muchas cosas en las que creía.

 

Venid, pinos, al mar; palos mayores,

creced en mis navíos interiores,

que van confusamente a la deriva.

 

Todo es inalcanzable entre la bruma:

sobre el acantilado, la alta espuma,

y ayer, la cumbre con la nieve altiva.

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         EL RELOJ DE ARENA

 

Mis palabras se van como esta arena

por el paso sin luz de la garganta

que estrecha su caudal y que decanta

las horas, los silencios, la condena...

 

Las cuentas interiores de la pena

no le dejan espacios al que canta,

y hay un cristal que fija y abrillanta

y vuelve a unir lo que desencadena;

 

eslabones del alma fría, roja,

midiendo por instantes la congoja

para desembocar en lo sabido.

 

Se colmaba en lo alto con la vida

y ahora cae sin cesar, lenta y suicida,

en el pozo insondable del olvido.

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