LA HORA UNDÉCIMA                                                                                             

                                                                                              

       

       DIOS EN LA TARDE    

 

Como cuando era niño, Dios parece

que es el sol que enrojece ahora la tapia

y que extiende su aliento hacia nosotros

 y que temblamos en su vaharada.

 

Si pudiera poner en esta tarde

mi corazón tendido a la ventana,

y pudiera apresar ese sol último

hasta que entre mi sangre se quedara.

 

Plátanos que alargáis la sombra amiga,

elegida prisión de mi jornada,

patio de soledad con Dios caído,

abatido clavel, bandera arriada.

 

Si pudiera decirme de una vez

y no volviera a hablar, y Tú me hablaras

sólo una vez también; ¡ay, labio mudo,

beso sin acercar, fuente sin agua!

 

Dios vecino de mí, desconocido,

vacío que en mi culpa se amuralla;

busco en la tierra el grano y picoteo

contra la piedra y la desesperanza.

 

Yo tuve un día el trigo y lo conozco,

y la gota del vino rojo... Estabas

como en mi soledad estás ahora

y con mi soledad me desamparas.

 

Si pudiera dejar el alma mía

"entre las azucenas olvidada",

y ella olvidara el tiempo y la memoria,

y Tú en mi corazón me recobraras...

 

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     LA HORA UNDÉCIMA

                             I

 

Era como la espalda de la amada,

que se aleja un instante - para siempre -

y es de todos el aire todavía

que en la distancia la retiene.

Y queremos llamar, y las palabras

sabidas no obedecen...

Si; era como la espalda de la amada,

donde ya se ha hecho tarde, donde crece

la sombra de la tarde, donde el día

se gusta aún, y no puede

volver... Era la espalda acariciada...

! Adiós! ! Adiós !...Y solo el viento tenue,

en las ramas movidas, contestando;

sólo las manos juntas, confidentes,

contestando, perdiéndose...

¿ O era el niño de oro, caminero,

allá entre los olivos...? ( Una fuente.

Batres, el triste adobe ante el castillo;

señoríos hundíendose.

Garcilaso, del pecho bien herido,

y no de amor la muerte...)

El niño mira, sí, nos va mirando,

nos acecha, sostiene

nuestros ojos; nos mira combatiendo

y se sabe más fuerte...

¿ Era el niño de Batres que miraba

- y fue un momento solamente-,

aun mirando, mirándonos y dándonos

de su pan, de su suerte...?

¿ Era el niño apoyado en unas piedras;

comiendo en unas piedras; suficiente

de luz, bien asistido

de la luz...?

                    Y no entiende

la sed de pronto alzada como un lobo,

la envidia con la lágrima, los dientes

con los dientes.

                           Amigos de aquel día,

¿visteis algo en mis ojos?, ¿ se presiente

la luz...?, ¿ se ve la luz al mismo tiempo?,

¿ puede alguien compartir la luz?, ¿beberse

la luz con los demás...?

                                       Miraba el niño

a no sé que praderas mías, verdes

todavía; sus puños diminutos

golpeaban mis paredes

de silencio,

mis piedras de abandono,

mi cegada colmena, la simiente

del corazón, allí, entre la cizaña,

perdida, malcreciendo, confundiéndose...

 

Digo, quiero decir, que era la espalda

de lo que nos vacía y nos devuelve

a un reino en que los solos gritan solos.

Digo, quiero decir: junto a la fuente

de Batres, una tarde había un niño

comiendo de su pan, y yo fui huésped

de su casa, invitado de su mesa,

y vi una enorme mano sosteniéndole...

Y me volví, desalentado y solo,

ciego de luz ante la luz hiriente.

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