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HABLANDO SOLO
CINCO HOMENAJES A RUBÉN DARíO
YA NO TENGO MIEDO
"Yo, siencioso, en un rincón tenía miedo" R.D. No; ya no tengo miedo. De noche, algunas noches hace mucho tiempo, con miedo dentro de los ojos y entre las manos encontradas solas, y en los labios, sin la oración de pronto, sin el beso todavía, creía ver vacíos gigantes que avanzaban y pasaban hundiéndome. Y estar solo era peor que temblar bajo la planta de los que llegaban. Era hace mucho tiempo; quiero decir, ayer por la mañana, no hoy por la tarde en que, acaso, se acaba mi jornada de hombre. Entrar en la tempestad, en el concierto, acogerse a sagrado en la mano del padre, mirar a la cintura de la madre, aún esbelta, caminar daba miedo; aunque era todo tan hermoso en la propiedad de los otros que pretender un pedazo de actividad, de compañía, era temeridad o sueño. ¿ Con qué, de qué armas echar mano, cómo incorporarse a la fila sin que se notara, escandalosa, mi bisoña amargura, mi incapacidad de llegar a aquella marca mínima, para tocar el puesto ambicionado? Fuera, las arboledas, aunque sangrantes, pobladas, florecidas, cerraban celosas los innumerables caminos al abridor inerme. Era mejor quedarse sin entrar; no pedir, no empezar nunca a disputar, a desalmarse amando; era mejor quedarse allí donde el vacilante susurro de una preparada hojarasca, tendida como cuna, proporcionaba un poco de música al tímido desamparado. Pero ya no tengo miedo. Aunque he salido, no tengo miedo; aunque estoy en plena corriente, con mi balsa medio hundida, y brillante lúcida y desarticulada por el furor del oleaje, casi tocando el bajo fondo de la arena sin nombre, no tengo miedo, o no tengo sentido del peligro - sí, Dios mío, sí tengo -, o la desesperanza -! qué extraño! - me sostiene. He salido; había que salir y darle cara a esto que llamamos luz; había que encontrarse con el día solemne de los tributarios, de los procesionales, y de los disciplinantes. Y aquí estoy en el centro con la palabra en los labios como una flor mordida con descuido, o como el portor en el trapecio que sabe que de sus dientes puede pender la vida de alguien. No; no es soberbia; tú me lo has enseñado, tú que humilde o poderoso, no sé, has vencido después de tener miedo, has dado confianza a los hombres en este destierro inaudito. No tengo miedo, porque basta una palabra para andar, para rezar, para unirse a Dios o a los siervos; una sola palabra pronunciada con fe ahuyenta la soledad en el cuarto oscuro del niño, en el cuarto oscuro del hombre, en el cuarto oscuro del mundo. - - - - - - - - - - - - - - - LOS SONETOS DEL HOMBRE QUE VUELVE LA CABEZA
A PALOMA
Hoy he visto en tus ojos, niña delgada y mía, la oscuridad primera del amor, en sus fuentes, una arboleda hundida, con cien ramos crecientes, alzaba su esperanza dulcemente sombría.
En tus ojos estaba toda la lejanía de mi niñez. Pasaban por ellos tiempos, gentes, que tenía olvidados...Hija mía, ¿no sientes en su noche la estrella que a mí me guió un día?
No; no sigas. Las sendas, cegadas de maleza, te harán caer. Y quiero detenerte. Y no puedo. ! Qué poco vale el hombre que vuelve la cabeza!
Pero yo soy el daño, yo mismo la torpeza; tengo miedo a mi sombra, tengo miedo a mi miedo, a la herencia en tus ojos de mi propia tristeza. - - - - - - - - - - - - - - -
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