DEL CAMPO Y SOLEDAD

                                                                                                   

PRIMAVERA DE UN HOMBRE 

     (Primer recuerdo de Soria)

 

Por Soria está ya la sierra pura

enseñando su azul entre la nieve,

y entre el bajo pinar el cielo breve

tendrá otro azul: aquel de mi ventura.

 

Sala de la niñez, fresca hermosura

que abril a levantar en mí se atreve;

aire de ayer que al pecho de hoy conmueve,

gota de luz entre mi sangre oscura.

 

Cómo volver los ojos, hacia dónde,

si a este grito de Dios nadie responde,

del Dios niño que todo lo podía.

 

A Soria llegará la primavera.

Siempre hay tiempo de amor para el que espera:

¡Señor, di que no es tarde todavía!

 

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         SI NO EN MIS OJOS...

    ( Segundo recuerdo de Soria )

 

Si no en mis ojos, en mi sangre queda,

Soria, tu corazón entero y frío,

dando silencio y soledad al mío

que se aleja de tí y en tí se enreda.

 

! Que hielos desde Urbión a Covaleda

y qué honda el agua en el pinar umbrío!

La carreta de leña sobre el río,

el grave leñador junto a la rueda.

 

Allí, empezaba todo, allí las alas

entraban libres, locas, en las salas

de la tierra salvando su relieve.

 

Era un niño jugando entre los leños

del bajo hogar. Las llamas y los sueños

morirían en flor junto a la nieve.

 

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                   EL AMOR

                    SONETO

 

 Quiero que estés en mí cuando yo muera,

que tu labio anhelante y apretado

sea luego una flor que haya logrado

desde la oscuridad mi calavera.

 

Que haga posible al fín tu primavera

a costa de mi polvo machacado,

y lo que con la vida no te he dado

con la muerte te dé de otra manera.

 

Que busque entre los huesos de mi frente

una cueva que guarde tu semilla

y responda en abril a tus llamadas.

 

Y que sea a tus pies, eternamente,

aunque tierra, la tierra sin orilla

que hoy te niegan mis venas limitadas.

 

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                EL AMOR

                 SONETO

 

Soy esto sólo, un grito que se ordena

para cantarte a tí recién venida,

un ala inesperada y decidida

que roza en esa piel, en esa arena

 

de tus hombros, y ciega se encadena

al brillo de tu pelo, donde anida

la nieve mas alzada y escogida

de tu frente: la sien o la azucena.

 

Y nada más y nada menos, eso

que a tanta luz responde, a gracias tantas

que el aire lo resuelve en un murmullo;

 

un momento de ardor, un libre beso,

una ceniza ya que tú levantas

de un fuego más antiguo que éste tuyo.

 

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