ORP      CORPUS CHRISTI Y SEIS SONETOS

                                                                                     

            CORPUS EN TOLEDO

   

Fue aquel día. Aquel niño fue. Tendía

sus lienzos, en el sol, el sol. Estaba

quieto el río, lentísimo, yacente;

enhebrando los puentes, muelle, el agua.

Castillos a la escucha. Ay, ¿hacia dónde?

Enhiesto San Servando, áureo Galiana,

torres con el gran tiempo recogido,

patios de soledad, cifra almenada.

Fue aquel día, aquel día. Puertas graves

y lúcidas abrían su mañana.

Fue aquel día, Señora de los Valles,

al otro lado del milagro alzada;

aquel día, Jesús sobre la Vega,

que la mano de amor desenclavabas;

aquel día con rosas de Casilda,

con oros de Ildefonso en las espaldas,

con la piedra de luz ante su Cristo

por los cascos del potro resbalaba…

Fue aquel día. Y yo, niño, conocía

por vez primera a Dios. Y comenzaba

el misterio, el encuentro; oh sí, esperado

con la indecisa claridad del alba;

ya en el lecho despierto, ya vigía

de Dios, entre la sombra la mirada.

 

   Entró la luz, y yo labraba cuna,

tela tejía, templo levantaba,

mesa cubría de ávidos manteles,

alimentaba en el hogar la brasa.

Fue aquel día teniendo todo el pecho

con un trigal naciente; toda el alma,

como un bosque de innúmeros caminos

y en la umbría, la miel ensimismada;

un bosque traspasado de resina,

un bosque con la hundida y fácil agua,

un bosque con los nidos palpitantes

y con la verde hierba intimidada.

En mí tenía a Dios por vez primera:

Dios origen, anuncia, forma, causa,

Dios quebrado por mí, para mí entero,

clave de mi infinita resonancia,

secreto de mi paso entre los hombres,

senda para mi pie facilitada.

Fue aquel día, y quemaba Dios delgado,

Dios vecino, mi Dios que en Sí se estaba.

 

   Tenía yo en el tiempo, por fortuna,

la redondez frutal de aquella plaza.

Veía mis balcones en el aire

como una exaltación, una atalaya

para mirar a Dios desde su altura,

al Dios que descendía y se entregaba.

En el azul intenso algunas nubes,

portadoras de Dios y navegadas

por Dios, hacia mis puertos de ventura

dirigían su quilla inmaculada.

Era Zocodover un crisol vivo;

las calles, de violeta, despeñaban

ríos de sombra de las altas velas

-Toledo era una nave empavesada-,

que, heridas por el viento, dulcemente,

unían los tejados de las casas.

Todos los mediodías, estallando

de luz sobre la luz, se arracimaban;

todas las gracias de Toledo iban

pidiendo a Dios su apetecida gracia,

buscando a Dios, rendidas y tremantes,

soñando a Dios, humildes y unitarias.

Un arco, el río, con la plata viva;

una razón, la catedral flechada;

una paleta de amarillos cálidos

el Tránsito que el Greco transitaba;

un peto de guerrera piedra altiva

por los estribos y el arzón de Alcántara;

por San Martín, un cigarral bajando,

cantando y desgranando  sus cigarras;

un momento posible de la espuma

jugando por los Baños de la Cava;

por San Juan de los Reyes, las cadenas

sueltas de amor y desencadenadas;

por los ojos del Tajo miradores,

el Miradero abriendo sus acacias,

y en las hoces, que al cabo se extendían

hacia las tierras rojas de la Sagra,

versos de Garcilaso sosegando

precipicios que Góngora cantara…

 

   Fue aquel día, aquel día. El niño mío,

el niño yo, niño anhelante, estaba

sobresaltando de pasión las cosas

de la tierra de Dios, por Dios. La guarda

del corazón montaba su vigilia

y por los pulsos se me esperanzaba:

guerrero en una arena sin contrarios,

esperaba impaciente la batalla;

mesnadero de Dios, iba gozando

de mi mesnadería y mi mesnada.

El niño que yo era se sabía

Niño de Dios y, entre la gente, el ascua,

El incendio de Dios iba creciendo

Y en sus lenguas ardientes me estrechaba.

 

   Allí estaba el Señor. La calle era

la residencia que Él glorificaba.

¿Qué hora puntual de Dios iba en mi pecho

creciéndome la fe entre campanadas?

¿Qué silencio del mundo quieto en torno?

¿Qué acogimiento en lo que contemplaba…?

Pasaba Dios; pasaba el árbol mágico

de la casa de Dios. Dentro, Él estaba.

El artificio escalador del oro

se sucedía y se multiplicaba;

se dividía para hacerse mínimo

cerca de Dios con su oración tallada.

Porfiados encajes de columnas

ascensiones en flor se disputaban;

todo el deslumbramiento no podía

entenebrar la cereal crisálida.

Dios era Dios; bullía entre los oros,

nacía entre los oros, derramaba

sobre los hombres gratitud. Dios era

Dios. Veía en mi Dios arder la llama.

Dios era Dios, y dentro de mi pecho

todo su incendio se justificaba.

 

   ¿Fue aquel niño, Toledo? ¿Es aquel niño

de ayer el que hoy pregunta, espera, pasa

junto a este amor que Tú, sobre los días,

creces, esparces, amaneces, lanzas?

¿La ciudad elegida, permanece

-Puerta del Sol y del Cambrón, Visagra-

cerrando, custodiando lo guardado

entre las primaveras renovadas…?

Y este hombre, mi Dios, y este Toledo,

heridos en el tiempo, di, ¿te cantan,

te tienen, como entonces, cobijado?

¿Qué es un hombre ante Ti? ¿Y un niño que habla?

Pasa de nuevo. Naces, oh Dios, siempre;

Niño Dios, Hombre Dios, sin cesar pasas.

Junio va hacia un estío toledano;

Son las doce de Dios en esta plaza.

Se abre mi corazón entre las ruinas

-oh, renacidas torres del Alcázar-;

libre mi corazón encarcelado

-oh, salvadora fe de Leocadia-;

vuelve a las venas el temblor antiguo,

vuelve la sangra que perdí –Posada

de la sangre, mi Cristo de la Sangre:

crucificada orilla de mi casa-,

y la voz que nació con aquel día

vuelve con aquel día a la palabra.

Dios está aquí. Mi Dios aquí me encuentra.

Dios está aquí. Yo soy el que aquí estaba.

  

      AMIGOS DE LA INFANCIA

            

Son todos vuestros años la denuncia

de mi tiempo en la tierra, amigos míos,

orillas que recuerdo, deltas, ríos

donde el acabamiento ya se anuncia.

 

No hay elección posible; no hay renuncia

posible. No hay regreso de estos fríos,

aunque busquen los tristes ojos míos

la niñez que en los vuestros se pronuncia.

 

Y no soy yo. Sabéis que el retratado

es otro. Os esforzáis en ver copiado

aquél que fui en el aire de Toledo.

 

No busquéis más. No miréis. Os pido

que ceguéis en las sombras del olvido,

ojos que me asustáis desde mi miedo.

 

   INVIERNO EN ZOCODOVER

  

No amar a nadie en esta tarde f ría,

no amar a nadie, y de ternura

llenarlo todo, todo de amargura

por esta sed de amante todavía.

 

Plaza de mi niñez vieja y vacía,

donde mi triste corazón perdura,

como esa rama sensitiva y pura

que amenaza el invierno en su porfía.

 

No amar de amor a nadie. Y mirar cielos,

árboles y ventanas, techos, suelos,

donde el amor, amor, te sujetabas,

 

donde toda esperanza hallaba nombre.

No amar, y que en la tarde no se asombre

nadie…Zocodover, tú me mirabas.

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