Principal Biografía Adaptaciones

La versión de "Las mocedades del Cid" de José García Nieto y José Hierro, se incorporó a la colección Obras del Teatro Español.
Nota de los Adaptadores
Dos comedias, acaso distintas por concepto y estructura, componen "Las mocedades del Cid", que escribió el valenciano Guillén de Castro, poeta y dramaturgo de "vivo ingenio", en palabras de Lope de Vega, que se gozó con su amistad y que en distintas ocasiones dio cuenta de su talento. Dos comedias que aquí se han unido -no sabemos si con censurable atrevimiento- para someterlas al tiempo habitual en una representación a la manera de las de nuestros días. La primera de ellas está sostenida y vertebrada por los amores del Cid con Jimena; la otra, se fortalece con el aura del Campeador en la rigurosa y varia coyuntura histórica por donde discurren sus hazañas. Dos períodos elegidos por el autor con sabia discriminación y en los que se valora de dos formas distintas la singular figura del héroe.
La habilidad del dramaturgo para arrancar de las mejores fuentes del Romancero lo que había de convertirse en sus manos en dividida y ponderada sustancia teatral, sabemos que le dio fama singular y que le hizo saltar más allá de nuestras atenciones nacionales. Corneille toma "Las mocedades del Cid", las lleva a su lengua, y toda una época del teatro francés va a girar alrededor de la invención del valenciano. Cuando Napoleón decía de Corneille: "Si él viviera, yo le haría príncipe", pensamos que era el espíritu de nuestro Cid, valorado por Guillén de Castro, lo que dictaba la frase del Emperador. Porque el autor de "Las mocedades" ha sabido dar realidad al personaje, vitalidad y gracia, que arrancan de una poderosa claridad expresiva. La acción lidia con la palabra en ambas comedias en una igualada contienda de difícil sesparación.
De aquí que pareciera arriesgado -y lo ha sido, verdaderamente- reducir y podar, sacrificar muchos versos, y aun algunos tiempos de la acción, en beneficio de la jornada normal de atención para nuestros espectadores. Sin embargo, hay en las dos comedias determinados trances y situaciones que discurren paralelamente a la línea dramática esencial, y de éstos hemos creído que podía prescindirse sin grave lesión para los valores últimos y totales. Así ocurría con ese inserto del "leproso", que quizá enojara por su dilatado tratamiento, o con las escenas del Rey Alonso y Zaída.
El verso de Guillén de Castro es siempre dúctil, musical y jugoso, pero de todos sus valores sobresale el de su limpia economía para servir con justeza al diálogo. Esto no quita nunca belleza ni fragancia al parlamento, y sorprende la facilidad con que el autor nos informa y nos suministra los "detalles exactos" sin descender de sus excelentes cimas verbales. Prescindir de muchas de estas gracias ha sido labor penosa y lenta; pero creemos que dé término adecuado donde se han cumplido nuestros propósitos. En esta reducción la figura del Cid puede asomarse al escenario con primeros planos de más acusado relieve que no nos dejarán perderle, que nos distraeran menos al mantenernos en su más estrecha circunstancia. La preocupación del autor por ser minucioso en el tratamiento de personajes, históricamente principales, pero dramáticamente accesorios, ha podido quedar sacrificada aquí para que el Cid mantenga la talla que Guillén de Castro supo darle en lo fundamental.
Así, los personajes y situaciones que permanecen pueden formar un coro más cerrado e intenso, y, en un espacio más corto, las dos comedias aspiran a incidir como unidad no facilmente separable. Muchas de estas libertades -de obligada servidumbre- están tomadas también pensando en la esfera de conocimiento sobre la que se actúa cuando el tema tiene una tradición y una densidad popular como el de hoy.
Sobre estas tímidas y provisiones explicaciones, que por ahora no se duelen excesivamente de los "desperfectos", queda la esperada y definitiva opinión de los que se disponen a ver y a escuchar.
JOSE GARCIA NIETO Y JOSE HIERRO
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