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PRONUNCIADO POR EL EXCMO. SR. D. CAMILO JOSÉ CELA
Señores Académicos : Entra hoy en casa una de las voces líricas más claras de nuestro tiempo y de nuestra lengua, esa bendición de Dios que acabamos de oír cantar en verso, tal como debiera haber sido uso en todas y en cada una de las recepciones de los cien poetas académicos que por aquí pasaron hablando en prosa, quizá a veces sin saberlo, como el burgués gentilhombre de Moliere, que llevaba cuarenta años en la ignorancia. La historia de la Academia es larga y aún está por escribir ( tengo el pálpito de que a nuestro recipiendario le rueda por la cabeza la saludable idea de investigarla, ordenarla y redactarla) pero, desde el primer discurso editado, el que pronunció don Javier de Quinto, también sobre la lengua, el 13 de enero de 1850, hasta hoy, nadie usó la poesía para cumplir con el igual rito que hoy nos convoca. Y aclaro lo que no sería preciso ni recordar siquiera: que Zorrilla, pese a llamar Discurso poético a su pieza oratoria, no rozó del todo la poesía aunque se expresara en verso correcto. Señalo con piedra blanca el hecho gozoso, y me detengo en las mismas lindes de suponerlo insólito, de que en la Academia Española, llamada por la gente de la calle - y sus razones tendrá para hacerlo así- la Academia de la Lengua, entre un creador de la lengua. Alegrémonos ante la evidencia, aunque fuere un poco cicatera, pensando, con el áureo Goethe, que la alegría y el amor son las dos alas de las grandes empresas: tal la que quizás espere a nuestra casa a partir de este momento en el que, según síntomas, se le devuelve el aprecio al cultivo de la literatura, la lengua del alma, para Cervantes, y el más seductor, el más engañoso y el más peligroso de los oficios todos, al decir de John Morley Burke. José García Nieto acaba de decirnos que su mano tiembla sobre el papel al darse cuenta del tesoro, de la herencia y de la leyenda dorada que nimba la lengua que maneja: la española. Ha sido preciso que la libertad llegara derramando sobre todos su rocío benevolente, para que los españoles pudiéramos proclamar nuestro gozo de serlo y nuestra fortuna de poder hablar el español en voz alta y lozana y arrogante porque no es solo nuestra lengua sino también nuestro orgullo. Demóstenes decía que la raza de los poetas es la dueña de la libertad, y nuestro ilustre recipiendario, siguiendo la pauta de Horacio, pregona a todos que su placer más dilecto y hondo y cordial ha sido el de ir encerrando palabras en la alada y rigurosa medida del verso. Un aura de paz orea hoy los nobles ámbitos de esta casa, porque también un clarinazo de paz acaba de sonar para nuestro deleite y esperanza; el zurrado Antonio Pérez llamó a la esperanza el viático de la vida humana. Los poetas son los heraldos de la paz y su voz se apaga con infinita tristeza cuando la paz no florece y grana en próvidos racimos; de ahí que la poesía quiebre con el horrísono fragor de los trances de armas, de las yermas situaciones que alejan al hombre de la paz, esa noción que es la umbría de las conciencias y no el páramo de los corazones; que no es jamás lo adivinado y si siempre lo gozado con noción plena de lo que se posee, y que tampoco es nunca el silencio sino, en todo instante, la orquestada e inteligente sinfonía. El poema nace de las raras nupcias del poeta con el azar, y la poesía, a lo que supone Jorge Guillén no reside sino en el poema. Acabamos de escuchar un hondo poema en el que la poesía late y vive con su alma y su entusiasmo al servicio de la lengua: esa herramienta que ahora es espíritu. Al referirme a aquella poesía que solo puede vivir en paz he aludido, claro es, a la lírica - la cultivada siempre y sin desmayo por José García Nieto - y a veces se me ocurre cavilar que no hay suerte alguna de poesía distinta de la que señalo. Dejemos a los historiadores la dura prueba de caminar por ese callejón sin salida. José García Nieto acaba de cantar el supremo don de la palabra, usamos sus idénticas sílabas ceñidas, con el fulgor de cada letra, con el sonido de cada cuenta desgranada, para rendirse y rendirnos de emoción y de pasmo ante esa misma palabra, su palabra y la nuestra, que lleva mil años volando, como el halcón zahareño, a esta banda de la mar, y cinco siglos hendiendo el aire mágico, al igual que el cóndor altivo, a la otra costera del agua. No deja de tener su paradójico y bellísimo misterio el hecho de que se precise de la palabra para decir y cantar y explicar la palabra, ese mágico huevecillo de las ideas y las emociones, los deseos y las imaginaciones, los sueños, los propósitos y hasta las ambiciones. José García Nieto acaba de expresarnos en español y en palabra española su amor al español y a la palabra, su tributo a la lengua en la que nacemos y cantamos y amamos y nos peleamos y morimos. Y también escribimos, en verso y prosa, para el mejor orden de nuestro pensamiento y la más adecuada y ceñida cuna de cuanto vemos u oímos o imaginamos. Con la lengua que nuestro pueblo histórico nos ha regalado podemos nombrar la gema deseada, el río que jamás cesa, la pirámide que se levanta, el cielo que se adorna de estrellas con la noche, el velo misterioso que se abre cada mañana. En la palabra de nuestro poeta anida una noción hermosa, la de la atónita gratitud. José García Nieto, con sus enumeradas y engarzadas razones de amor al español, declara también su amor a la poesía, la bellísima doncella de que nos habla Cervantes, casta, honesta, discreta, aguda y retirada. La poesía es amiga de la soledad - sigue Cervantes - y las fuentes la entretienen, los prados la consuelan, los árboles la desenojan, las flores la alegran y, finalmente, deleita y enseña a cuantos con ella comunican. Pienso que este prosista y aquel poeta, al moler y acariciar la espiga de sus enamoradas corduras, están hablando de la paz. También pienso que no hay más paz que la del alma, la caldera del sistema nervioso y sus adornos -la memoria histórica, el entendimiento político, la voluntad moral - y, aún más allá, también pienso que la paz no es otra cosa que el racimo de las mil paces juntas, cada una fluyendo por su más eficaz y mejor aceitado releje. A veces pienso de otra manera o, anegado en mi propia y confusa paz, ni siquiera pienso: que ésa es la servidumbre de quien busca la paz con buenos deseos de encontrarla ( por ejemplo, S.Juan de la Cruz cuando nos advierte: Nunca el hombre perdería la paz si olvidase noticias, etc. ) Si no digo, no soy, acaba de decirnos nuestro recipiendario con adivinación precisa. No soy el que soy si no digo, si no lleno el vacío con la palabra. Si no decís, ! hombre de Dios!, no sois, no sois ni aún el que sois: decid conmigo lengua, salvación de los miedos; decid conmigo lengua para que suene patria, nos pide el poeta. Y le pedimos la palabra prestada para decir: decid conmigo lengua para que suene paz. Recordemos, con Séneca que nadie ama a su patria por grande, sino por suya, y declaremos nuestra verdad: buenos son y abiertos los mil caminos de la paz si a la paz conducen y en paz, que no con guerras y otras falaces calamidades. Empiezan a voltear en nuestra casa tan querida las campanas de la paz, los bronces que jamás debieron haber cesado de tañer en paz. Abrimos hoy nuestras puertas aun hombre en paz, y el hombre en paz perdona, en aras de la paz, porque no guarda memoria del pretérito que jamás debe adjetivarse para no dañar la paz que brindo con mi gesto más rendido porque la paz, como Dios, existe o no existe ( y allá cada cual con sus fes y sus esperanzas y aun sus caridades ), pero ni se fracciona ni se condiciona. Me he parado en el tiempo, y alguien aquí se para. La paz es hija de las exactas y honestas nupcias del orden - esa pura justicia - y la justicia - ese orden sin mácula - y muere, incluso antes de enseñarse, si sus padres no están sanos como manzanas. Huyamos del orden al que temía Montaigne cuando lo motejaba de virtud triste y sombría, y hagamos nuestra la hermosa identificación de Amiel: orden significa luz, paz, libertad interior y gobierno de uno mismo. Y recordemos que Ortega quería ver al hombre libre y dueño de sí mismo. Lo que aquí se detiene conmigo es el lenguaje. Hablo de la justicia, el otro pilar e la paz, y en el oído me resuena, como un susurro, la voz de Teógenes, el sabio virtuoso, cuando dice que todas las virtudes están comprendidas en la justicia. Lo que aquí se detiene conmigo es la palabra Nuestro recipiendario sigue el prudente consejo de Unamuno, dice su palabra, y sigue su camino - ahí la torre y el corcel y las constelacines -, y deja que a la palabra la roan hasta el hueso. Cuando el poeta, en noble y solemne verso alejandrino, exclama: !Qué soledad de pronto si todo enmudeciera, si el eco no llevara lo que tú le regalas !, se está doliendo, con muy íntimo y empavorecido dolor, del desierto que acecha al hombre que hace almoneda de la palabra para caminar, con el espíritu mudo y desnudo, hacia la muerte, el reino del olvido y el silencio en que se paran todos los relojes, se esfuman todas las órbitas y se desmayan todos los afanes sin que uno sólo pueda mantenerse en pie. No; el poeta conoce a los que hablan, y habla; conoce a los que cantan, y canta; conoce a los que dicen la primera palabra, y sigue sobre sus huellas porque esgrime el cuchillo del habla que es su secreto. Para Juvenal la ira arma el verso, pero en la aljaba de nuestro poeta, en su carcaj de bellísimas sorpresas y refulgentes y acordadas solfas, no duermen los dardos de la ira sino las delicadas y civiles flechas de la cordura y las velocísimas saetas de la clemencia, esa herramienta con la que no saben trabajar sino los elegidos. Nuestro poeta no tiene la llave de la caja de los truenos pero sí la misteriosa cifra del plantel de nombradas bendiciones que es la lengua. Y en la bendición no cabe la mentira, ya que Unamuno nos advierte que nada que no sea verdad puede ser de veras poético. Señores académicos: Entra hoy un poeta en nuestra casa. En nuestra casa hacen falta muchos poetas porque la lengua no se mueve y crece si no es a golpe de adivinaciones, a latido de sorpresas, a chorros y a lágrimas de palabras que resucitan de la ceniza del tiempo y de la dulce escarcha de la memoria ( quiero decir: de la insípida nieve del olvido). Entra hoy en nuestra casa el poeta que hacía poesía lírica, poesía pura, en el momento en los vates escalafonarios ponían su numen al servicio de los más hueros gestos grandilocuentes, o se prestaban, con aplaudida y recompensada sumisión, al elogio del fingido pecado capital con antifaz doméstico: la avaricia, la ira y la envidia. ! Dios nos libre ! Entra hoy en nuestra casa el poeta de Víspera hacia ti, la única poesía amorosa que se hacía en la deshabitada y yerma España de 1940, la España dejada de la mano de la misericordia, cuando las musas no soplaban sino endechas a las vírgenes de palo y a los títeres del gran guiñol de la tamaña historia que bien hubiera podido ser puesta en esperpento por el Marqués de Bradomín. Aquí tenemos al huésped de Luisa Esteban, que compuso los versos que habrían de crecer - el tiempo por medio y Dios mediante - en Geografía es amor, la delicada pintura de España con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Aquí está el hombre que escribió Del campo y soledad en verso esculpido e incansable, con Garcilaso en el recuerdo. Y Tregua, las páginas con las que rompió el silencio de un lustro y fueron galardonadas con el Premio Nacional Garcilaso. Y Sonetos por mi hija, de los que dijo Juan Ramón Jiménez en carta recogida por Francisco Garfias: " ! Que hermosos son ! a veces me pregunto: ¿ en qué nos aventajan los llamados clásicos a nosotros ? ¿ En qué bellezas han ido más cerca de la belleza esos clásicos ? Sonetos como estos tuyos - sigue Juan Ramón -, el segundo, el cuarto, todos, ¿ no son como los de Garcilaso, Lope, Góngora, Quevedo, Calderón o mejores, más enteramente mejores? ". Y La Red, que reúne más sonetos - al decir del autor, sus mejores sonetos -, el libro que esta corporación otorgó el Premio Fastenrath hace ya cerca de treinta años. Y Los tres poemas mayores: El parque pequeño,en el que canta al hijo; Elegía en Covaleda, en el que llora al padre muerto hace ya casi tantos años como el poeta tiene, y La hora undécima, en el que bucea en el incierto destino del hombre. Y Hablando solo, con sus cuatro homenajes a Rubén Darío, el doloroso infante de Nicaragua, y sus Sonetos del hombre que vuelve la cabeza.Y Memorias y compromisos, poemas en los que rompe con toda forma y narra el estupor del dolor, la angustia del dolor y la necesidad de verlo y nombrarlo. Quizá quienes vienen detrás, quiero decir los jóvenes, debieran detenerse un punto en estas memorias con lagunas ( decid con Antonio Machado: Sólo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás, etc. ), y en estos compromisos, los unos antiguos, distantes los otros y todos hondos y emocionados, para conocer hasta que punto la poesía puede ser el soporte de los más nobles y hermosos modos de decir la verdad y la belleza de la verdad que nos acompaña. Gracias, Señor, por haberme dejado sin heridas en el alma y en el cuerpo - y estas palabras no son mías sino de nuestro recipiendario en su estremecedor poema 1936-1939. Quienes tuvieron la fortuna de venir más tarde a nuestro duro escenario, quizá debieran buscar en estos versos la cifra de las actitudes históricas honestas, que también las hubo. Cervantes llamó a la Historia émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir. El tiempo corre y aun vuela, las acciones duermen en la memoria para siempre, el pasado no vuelve jamás aunque lo llamemos con artes mágicas, el presente arde y el porvenir es un arcano insondable. Entre todos estamos escribiendo la historia, quien con letras de oro y muy solemnes ringorrangos, quien con la menuda y gris letrilla de la paciencia y otras virtudes, y todos somos actores y espectadores de la farsa, a veces dramática, que se representa en este apasionante y enamorado y violentísimo telón de fondo al que llamamos España: nuestra patria y la tierra que debiera ser nuestra madre aunque, al decir de Lope de Vega, más venga a resultar nuestra madrastra y la zonza y pasmada alberguera de quienes no siendo de aquí, vienen avasallando. !Ay, dulce y cara España, madrastra de tus hijos verdaderos, y con piedad extraña piadosa madre y huésped de extranjeros! Nuestra historia de hoy se escribe con el buen deseo de no mirar para atrás más de lo justo, que hubo a quien convirtieron en estatua de sal por volver la cara sin permiso. José García Nieto, en su poema Súplica por la paz del mundo - que fue Premio Boscán - suplicó en verso por la paz del vapuleado mundo nuestro, vuestro y de todos, dolido por los horrores de la guerra. Para Santo Tomás la paz es la tranquilidad del orden y, principalmente de la libertad. Nuestro poeta es un hombre tranquilo, ordenado y liberal. Nuestro poeta, en Sonetos y revelaciones de Madrid - Premio Francisco de Quevedo - nos narra el caserío de la villa y su espíritu y su misterio. Y en Los cristales fingidos, canta amores y realidades y ausencias y presencias. Y en El arrabal se alza, como siempre, maestro del bien pensar y bien rimar y bien decir verdades como puños. Viene a sentarse ahora entre nosotros, señores académicos, un poeta hondo, cortés y laureado, tres adornos que decoran su trayectoria por la vida y por la literatura. Todos sabemos que su incorporación a nuestra tarea, sobre honrarnos y honrar a la Real Academia que hoy le abre sus puertas, ha de ser beneficiosa a los fines que perseguimos, y siempre elegante en la forma, bien medida en la intención, prudente en la expresión y sabrosa en el fondo y en la substancia. Quisiera terminar tomando prestadas y casi ce por be algunas de las palabras que ante este mismo pupitre y hace ya más de un cuarto de siglo, pronunció mi admirado maestro de humanidades y conductas don Gregorio Marañón. La Real Academia Española, guardadora celosa de cuanto sea honor ilustre de nuestra lengua, cumple hoy un deber al recibir a José García Nieto y al celebrar su admirable discurso, que bruñe nuestra lengua esplendorosa y tan querida. Excmo. Sr. Don José García Nieto, de la Real Academia Española, sed bien venido a vuestra casa. Pero antes de recibir la medalla y verla brillar sobre vuestro pecho, permitidme que eche un poco la mirada atrás. En el año 1944 me dedicasteis un libro; en el año 1955 os cristiané un hijo varón, y ahora, en este 1983, os recibo en esta casa. Estamos en paz en las justas de amistad que han venido a resultar nuestras vidas. Siguiendo, punto menos que a plana y renglón, la famosa carta de Voltaire al abate Olivet, podría despediros en esta tarde solemne diciéndoos: Adiós , querido compadre; aunque seáis académico, os considero y estimo de todo corazón. - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
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